BITÁCORA DE ADÁN / AÑO 2037 / DÍA 39 DE LA MISIÓN / 80% DE OXÍGENO.
Cuando era niño mis tíos me regalaron una pijama de Buzz Lightyear, ese día me fui a dormir con la pijama puesta y soñé que era un buzo espacial que nadaba entre olas de meteoritos y pescaba estrellas fugaces. Al despertar decidí que me convertiría en astronauta cuando fuera grande. Ahora, mientras visto mi traje de la NASA y floto a la deriva en el vacío del espacio, me pregunto si debí mantener tal ilusión.
Más que un informe detallado para registrar en mi bitácora, necesito recapitular mi vida mientras me encamino a la muerte, la memoria es mi salvavidas en este momento.
En mi infancia jamás me perdía las tardes de ir a cazar culebras en el río. Junto a mis primos, y con resortera en mano, metíamos los pies en el agua, con el lodo fresco entre nuestros dedos, listos para dispararle a cualquier bicho que se moviera. La ropa que los tíos nos mandaban del gabacho deslumbró a mis padres con la posibilidad de un futuro mejor, tanto que se atrevieron a irse de Veracruz.
Ir a una High School en California con otros hispanos me ayudó a no sentirme tan solo, pero cuando me uní al Ejército ya no fue lo mismo. Daba igual si era el mejor piloto, los cabos ignoraban mi insignia de capitán y me mandaban a limpiar las mesas sucias. "¿Hablas inglés?", me preguntaban con sonrisas torcidas al escuchar mi acento perfecto. Uno me dijo orgulloso que "no sonaba como mexicano", como si aquello fuera un cumplido. Poco a poco el tono oscuro de mi piel apagó el resplandor por mi nuevo rango.
Creo que por eso practiqué tanto el paracaidismo o el buceo profundo. Sobrevivir a deportes extremos era mi manera de seguir cazando culebras. Luego me postulé para astronauta, ya lo había conquistado todo menos el cosmos.
A mis papás nunca les gustó la idea, ellos veían el cielo como el lugar del descanso eterno, no como una frontera que también se podía cruzar. Lo único que me pedían eran nietos que nunca les di porque no me interesaba ser padre. A veces siento como si la bóveda celeste me hubiera castigado por profanarla con los lanzamientos a la atmósfera. Que Dios tenga en la gloria a mis viejitos, yo sé que no se encuentran en esa masa de nubes enfermas, provocadas por el calentamiento global. Ellos decidieron quedarse cuando la Casa Blanca ordenó evacuar a los búnkers subterráneos ante la toxicidad del aire. La orden decía "todos los ciudadanos", pero había filtros: verificación de residencia, historial crediticio, exámenes médicos. Mis padres vieron la lista de requisitos y decidieron que ya no estaban en edad para lidiar con la burocracia, sin importar cuánto les rogara y les prometiera que los dejarían pasar.
Para lidiar con el duelo, me refugié en los libros de física y las teorías de la relatividad de Einstein. Me obsesioné tanto con esos conocimientos que busqué crear algún objeto que agilizara los viajes en el espacio. Como la resortera de mi niñez, diseñé y construí un detector de ondas para predecir los agujeros de gusano y ayudarnos a movernos más rápido en el sistema solar. Logré calcular la distancia precisapara lanzar los cohetes que llevarían a la humanidad al planeta rojo e integré el detector en mi traje de astronauta. Tardaríamos un par de generaciones en originar una atmósfera donde se pudiera respirar.
Cuando se reiniciaron los viajes al espacio, viví tanto en el firmamento como debajo del suelo por un par de años. Este ir y venir ya me era familiar desde antes de que se acabara el mundo, cuando extrañaba mis días en México y luchaba por darle la residencia a mis padres en Estados Unidos. Sin pasado ni futuro, y ahora tampoco sin presente.
Creo que mi relato no está completo. Por ello voy a reproducir la última conversación que tuve con la NASA.
BITÁCORA DE ADÁN / AÑO 2037 / DÍA 35 DE LA MISIÓN / 100% DE OXÍGENO.
—Tenemos buenas noticias…
—¡Pero yo tengo mejores! Calculé las coordenadas para lanzar los cohetes. Si los números no me fallan será en cinco días, y el otro lado del agujero nos dejará cerca de Marte…
—¡Adán! La llamada es para informarte que debes abortar la misión.
—¿Cómo?
—Agradecemos tu servicio por todos estos años. Tu última tarea será volver.
—¿Por qué?
—Se acordó enfocar nuestros recursos en mejorar la sociedad bajo la corteza.
—¿Y el agujero de gusano?
—Regresa, es una orden.
BITÁCORA DE ADÁN / AÑO 2037 / DÍA 40 DE LA MISIÓN / 50% DE OXÍGENO.
Han pasado horas desde mi última entrada. Hice un nuevo registro porque el traje me alertó que se me acaba el suministro. No sé si es porque siento el final respirándome en la nuca, pero quiero confesar que consideré la opción de mudarme a las tripas del planeta. Sin la luz solar, mi piel alcanzaría ese tono pálido que necesitaba cuando iba al ejército.
Pero, ¿qué me esperaba al volver? ¿Una placa, una compensación y una palmadita en la espalda? ¿A dónde se irían los huesos descalcificados, los daños a la vista, los mil y un achaques que me dejaron estos años de viajes espaciales? Si todo seguirá adelante, ¿podré hacer lo mismo yo?
Esas eran las preguntas que me paralizaron al salir a revisar el fuselaje de mi nave. La tarea me sirvió de pretexto para prolongar mi estancia en la órbita. Al reparar el daño causado por la basura cósmica, quise guardar el cautín en mi cinturón de herramientas. Por tener la mente en otro lado no acerté y el instrumento huyó de mis manos. Me solté de la escalera para alcanzarlo. Agarrar la condenada herramienta me costó quedarme colgado de la nave. El cordón de seguridad era lo único que me ataba a un futuro en la Tierra. Tras disiparse el susto, me quedé ahí, sostenido como si fuera un bebé y la oscuridad el vientre que me resguardaba, con el cordón umbilical sirviendo de puente. Volteé a ver a mi único testigo, la Luna, que en ese momento se encontraba en su etapa menguante, para pedirle claridad.
Me propulsé con el traje, pues cuenta con un sistema de nitrógeno frío diseñado específicamente para escenarios de rescate autónomo. Pero solo ahí llegué a comprender a mis padres. Para ellos, aceptar su muerte no fue un acto de cobardía, sino una apuesta por la dignidad. Dejé ir el cautín y las herramientas y fue como si me liberara de la casa grande pero vacía que me esperaba. La única herramienta que salvé fue mi navaja, con la que rompí el cordón de seguridad para saltar sin paracaídas.
Sé que mi testimonio es una bomba de tiempo. Mientras más hablo menos oxígeno me queda. ¡Por eso grito! Porque no hay partículas en el espacio que transmitan el filo de mis palabras. Mi historia es un intento de dejarle una cicatriz al silencio.
BITÁCORA DE ADÁN / AÑO 2037 / DÍA 41 DE LA MISIÓN / 10% DE OXÍGENO.
Estuve cerca de rendirme cuando recordé el agujero de gusano. Ya avancé lo necesario como para alcanzarlo, el problema es que aún me faltan un par de kilómetros. Puedo invertir la poca energía del traje en propulsarme, al hacerlo consumiría el aire que me queda para respirar. Sobreviva o no, quiero dejar testimonio de esto.
Inicio la cuenta regresiva. Calculo la dirección. Desvío la corriente de energía. Estoy a punto de lanzar la última piedra contra la serpiente.
Tres, dos, uno. Despegue.
Me arrojo, soy un cometa que hará impacto. Veo el agujero de gusano, es una barrera de luz azulada que baila sobre sí misma. Me envuelven los destellos que llegan desde el otro lado. El traje me asfixia al atravesar esta masa pesada pero transparente.
Salgo con la espalda recostada en la superficie, me coloco en posición vertical. Aire limpio y salino. Todo a mi alrededor es mar. Con un brazo me quito el casco y el traje se empieza a llenar de líquido.
Hay algo a lo lejos, algo que me oprime la garganta. No estoy llorando, son gotas de agua salada. Tengo que quitarme el traje y terminar con esta bitácora.
Solo así podré nadar hacia la orilla, hacia la desembocadura del río.

Discover more from Palabrerías
Subscribe to get the latest posts sent to your email.



