Dos poemas de Ángela Almendra Almonaci Buendía

Hoy cumplo un mes sentada en la misma posición.
Pongo un documental sobre Borneo.
Miro.
Tengo fuerzas para hacer algunos apuntes:
Un calao cariblanco en evidente estado de desnutrición
es seducido por el éxodo nocturno
de miles de murciélagos.
Tanta es el hambre que ignora
su pico gigante hecho para recoger bayas, 
no mamíferos al vuelo.

Pauso el video.
Compruebo la textura de mis músculos.
Nada nuevo.
Las moscas con sus crías se multiplican, 
el olor invade cada centímetro cuadrado de esta casa.

Reanudo.
Me doy prisa y concluyo:

Comedores de fruta descomponiendo 
coágulos de sangre en el estómago.

En otro intento por salvarme 
lavé todos los trastes de la comida
y me encontré un hueso una vez se disipó la espuma.
Estaba limpio de tejido. Tal vez hasta hueco de médula.
Ha sido esta casa, esta ciudad.
Este espacio-tiempo dentado no deja nada cuando se alimenta.
A veces el atisbo,
el vislumbre al enjabonar un cuerpo 
diez kilos más delgado.
Sí, en la regadera recordé el hueso y algo más:
la espuma fue, hasta que la hice desaparecer,
lo último que quedaba de su carne.

Ángela Almendra Almonaci Buendía (Texcoco, Estado de México, 2001). Estudiante de
Lengua y Literaturas Hispánicas en la FFyL UNAM. Ha colaborado en Punto de
partida, Irradiación, Red Universitaria de Mujeres Escritoras, Espejo Humeante y
Revista Pluma. Actualmente es editora en la revista Valium 10.


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Escritora invitada
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