Narrativa | Un reloj propio | Rafael E. Quezada

Tenía ganas de orinar y no estaba seguro de poder contenerse. Era una sensación ardorosa debido a la combinación de los nervios con el café de la mañana, el cual operaba en su organismo como un potente diurético. La camioneta saltaba al pasar los topes y el zarandeo le revolvía la vejiga. Pero El Tutsi no quería ir más despacio, iba echando carreritas con el microbús de la ruta 7. 

—Hubieras orinado en la gasolinería. 

—Entonces no me andaba.  

—Por ahí tengo una botella para emergencias —dijo El Tutsi—. Ricolino, pásele una botella aquí al Bonáis.  

—Guácala, que se aguante —respondió el aludido desde la zona de carga. 

Circulaban por el Eje Central Lázaro Cárdenas. Pronto llegarían a Tlatelolco y ahí se estacionarían. Tenían la rutina bien estudiada. El viejo siempre daba un paseo después de la comida, recorría Manuel González hasta el nuevo centro comercial, donde se quedaba horas tomando té y leyendo periódicos. Era preciso interceptarlo justo antes, en la esquina de la calle Lerdo. El golpe estaba cuidadosamente planeado hasta el mínimo detalle y no podía fallar. El lugar del encuentro era el más adecuado, pues había unos puestos de tortas antes del cruce que cubrirían la operación.  

—Está ruco, pero dará pelea —dijo El Bonáis— Debemos estar al tiro con los bastonazos. 

—Todavía no discutimos cuánto vamos a pedir —dijo El Ricolino. 

—Eso es lo de menos. Primero el levantón. Ya después pensamos en el billete. 

El Tutsi manejaba como si estuviera en la película Rápido y furioso, pero El Bonáis ya no quiso discutir. Tenían el tiempo encima. No sólo eran las ganas de orinar, también le preocupaba que el viejo lograra escapar. Sólo tenían una oportunidad, la más pequeña falla les echaría a perder meses de cuidadosa planeación. Y no lo permitiría, carajo, ni de chiste. Para darse valor, traía en su bolsillo una lista de todas las cosas que compraría cuando cobraran el rescate. Para empezar, un carro, un BMW grandote, convertible. Así Mildred ya no le daría el avión o lo barrería con la mirada al encontrarlo en el camión de Tacuba. Luego se la llevaría a Los Cabos o a Tulum. Le compraría un iPhone y una faldita de lino o unos zapatos de marca francesa. Para consentirse él mismo, le había echado el ojo a un reloj de oro sólido, 24 quilates, exhibido en la vitrina interna del Monte de Piedad. Sólo una vez en su vida había tenido un reloj propio: un Casio digital de imitación, con lucecita fosforescente, regalo de su abuelo por las fiestas decembrinas. La bandita de la colonia Morelos lo asaltó tres días después y le dieron una patada en la cara por suplicarles que le dejaran el reloj. Ahora todo sería distinto. Se imaginó la tremenda esfera dorada resplandeciendo en su muñeca. Las doñas chuleándolo, los dones mirando con envidia, los lacras midiendo su distancia como hacían con los peces gordos del hampa. De esa forma, todos en el barrio sabrían en dónde estaba el varo verdadero y nadie se atrevería a faltarle al respeto.  

Se estacionaron atrás de un tráiler. Un minuto después apareció el viejo, bastón en mano, arrastrando la pierna maltrecha, enfundado en un chaleco de tejido. El Tutsi y el Ricolino lo conocían nada más de vista. El Bonáis los había puesto en antecedentes: era pensionado de Pemex, tenía conexiones importantes en el sindicato y por eso recibía, clandestinamente, una doble pensión. Poseía terrenos en Morelos y Tlaxcala, los cuales alquilaba para la siembra (sin hacer preguntas sobre los productos de la siembra). Una mina de oro, había rematado y lo pensaba sinceramente. Casi pudo escuchar el sonido de la caja registradora en las bocas de sus amigos, como ocurría en las caricaturas del Canal 5.  

—Ya es hora —dijo el Tutsi. Se colocaron los pasamontañas. El Bonáis pensaba: debo permanecer calladito, ni una palabra, ni siquiera una mentada de madre. El Ricolino abrió la puerta de la zona de carga. El Tutsi traía la única pistola que habían conseguido en la tienda de empeño. Las municiones las había robado de su padrastro, un militar retirado y alcohólico. 

Los tres descendieron. El Ricolino cubría la retaguardia. El Tutsi y el Bonáis llegaron corriendo hasta el anciano y este experimentó una transformación súbita. De pronto la pierna estropeada recuperó su antiguo vigor, comenzó a repartir bastonazos a la altura de las cabezas y por poco le quita el arma de la mano. Si disparaban y herían al anciano, todo habría sido para nada. El Tutsi se llevó un golpe en la rodilla y otro en la cara, que casi le tumba definitivamente el diente podrido. Finalmente, El Bonáis logró reducirlo al sostener su cuerpo endeble por la espalda y levantarlo. Pesaba tanto como una caja vacía. El Tutsi le colocó la mano en la boca para acallar sus alaridos, pero tuvo que retirarla cuando sintió el ardor de la dentadura postiza clavada en sus dedos. Los dientes salieron volando y le llenaron el pasamontañas de saliva densa, justo a la altura de los orificios oculares.  

Lograron llevarlo hasta la camioneta. Un grupo de curiosos se había juntado en la esquina y amenazaban con acercarse. El Tutsi les mostró el arma para mantenerlos a raya. Alguien cruzó Manuel González a toda prisa para detener una patrulla. Mientras, el Ricolino batallaba con las piernas del viejo, quien repartía patadas y se resistía a entrar en la cajuela. 

—¡Chingada madre! —rugió el Bonáis. No pudo contenerlo, le salió del alma, del centro remoto de su pinche hartazgo. Al instante el viejo dejó de patalear. Intentó girar la cabeza, pero el Ricolino lo empujó a la zona de carga como si fuera un saco, subió a su lado y cerró la puerta tras de sí. Luego le amarró las manos y los pies. El Tutsi arrancó en reversa sobre la misma calle, desquitando la adrenalina en acelerador, hasta la esquina más próxima en la cual giró violentamente. Tenían que alejarse de las avenidas o el tráfico les impediría escapar y quedarían registrados en las cámaras del C5. Escuchaban la sirena de la patrulla, pero no la veían. Zigzaguearon durante media hora hasta estar convencidos de que ya nadie los perseguía. 

—¡A güevo, chingá! —dijo el Tutsi. El Bonáis sentía la boca pesada y se recriminaba en silencio: pendejo, no debiste hablar, pendejo.  

—Oigan —dijo el Ricolino— algo le está pasando a este ruco. 

—Sí, algo le está pasando —dijo el Tutsi—. Le estamos dando un levantón. 

—Hablo en serio. Ya no se mueve. Creo que no está respirando. 

El Bonáis giró la cabeza. Entre las ventanilla de la cabina vio al anciano quieto, con los ojos abiertos en dirección al parabrisas. Lo observó durante cinco minutos en los cuales el viejo no parpadeó ni una vez. 

—Párate —le dijo al Tutsi. 

—No mames, ¿cómo quieres que me pare? 

—¡Que te pares, carajo! 

Entraron al estacionamiento subterráneo de un centro comercial. Escondieron el vehículo detrás de unos pilares, amparados también por la oscuridad. El Bonáis se bajó a toda prisa, abrió la puerta de atrás y se montó sobre el viejo. Trató de tomarle el pulso y no lo encontró. Tampoco respiraba. 

—¡Qué le hiciste, hijo de la chingada! 

—¡No le hice nada! —se defendió el Ricolino. El Tutsi también se acercó. Revisó los bolsillos del viejo y sacó su cartera, un teléfono celular del año del guajolote y un pastillero. Los medicamentos estaban intactos. 

—Se le paró el cucharón —dictaminó. 

—No mames, no mames, no mames… —El Bonáis se agarraba la cabeza y se jalaba el cabello—. Ya la cagamos. 

—No necesariamente —dijo el Tutsi—. Nadie sabe que está muerto. Hay que pedir el varo y chance nos lo depositan. Después ellos que se ocupen de encontrarlo. 

—¿Y qué hacemos con este? —dijo el Ricolino, moviendo al viejo con la punta de su zapato. 

—Yo me encargo —respondió el Tutsi. 

Acordaron que lo más adecuado en ese momento era separarse. El Tutsi se iría con la camioneta, se desharía del cadáver y de toda la evidencia. Al Ricolino le tocaba hacer la llamada. El Tutsi le dijo:  

—Ya sabes, tranquilo, aquí tus chicharrones truenan o el viejo vale verga. Les pides 500 mil. 

—Nos tocaría de a… ¿de a cuánto? 

—No sé. 

—A la verga, voy a pedir 600. 

—Qué la chingada. 

—Así ya sabemos que nos tocan 200 a cada uno. 

—¿Y yo qué hago? —preguntó El Bonáis. 

—Tú te vas a tu casa y te estás muy calladito. Luego nos hablas y nos dices qué pedo por allá. 

El Bonáis salió del estacionamiento por la entrada de coches. Caminó hasta la estación del metro y se dirigió a su casa. Tenía la impresión de que cualquier persona a su lado podía ser un policía. Sentía el sudor frío en la espalda y en el interior de los calzones. Era un líquido helado y por eso supo que todavía no se orinaba. Con la emoción hasta se le había olvidado que tenía la vejiga a medio reventar, pero pronto volvió a sentir la opresión en el vientre. Por eso, lo primero que hizo al abrir la puerta de su casa fue correr hasta el baño. No hizo caso de toda la gente congregada en la sala: tres tías, un tío y un puñado de vecinos chismosos. Su madre lloraba en el comedor. Escuchó sus gemidos hasta que los ocultó el ruido de la orina escurriendo en la taza. El olor a amoniaco se parecía al de la gasolina que exudaba la camioneta durante la persecución. Como si el coche también tuviera miedo y se fuera orinando por el camino. Salió más descansado, pues también aprovechó para orearse la ingle.  

Los secuestradores acababan de llamar, aunque no les permitieron hablar con el anciano. Pedían un millón de pesos. Su madre abrazaba la fotografía que normalmente se empolvaba sobre la alacena. La imagen era del abuelo cargando al Bonáis, cuando este cumplió cinco años. También fue el día en que el niño recibió su primer y único reloj.  


Rafael E. Quezada cursa un doctorado en Letras en la UNAM. Autor de El hambre del mundo (Ediciones del Lirio, 2023). Ganador de los premios Memorial 68, 2015; Punto de Partida, 2017; XXI Certamen de Relato Corto "Eugenio Carbajal" 2024; y Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2025.


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