Ensayo | En los tiempos de Quignard

Europa en el siglo xvii: guerra santa entre católicos y protestantes, Reforma y Contrarreforma, el Rey Sol y los Austrias, Monteverdi y Moliere, Johannes Vermeer como punta de lanza en los Países Bajos. Tiempo de pelucas y armas de chispa; cañones, zapatos de tacón, porcelanas. Ya en su libro más famoso, Todas las mañanas del mundo (1991), Pascal Quignard (Francia, 1948) visita este escenario para señalar el relumbre de la perla deforme ahora engastada en el cristal del tiempo, y hacer del barroco presencia y motivación de una historia en cuya médula el recuerdo se vuelve espíritu de época. En El amor el mar (2023), el autor francés hace una nueva incursión y elabora una novela que observa el ocaso de un mundo donde los personajes parecen condenados a la desaparición silenciosa por el amor, la música o la indolencia. Entre sus páginas, las voces históricas, como la de la princesa Sybila, o ficticias como la de Meaume, grabador que por cierto protagoniza otra de sus novelas, Terraza en Roma (2000), se mezclan para generar un gran retablo en donde el estilo de Quignard ―de por sí complejo― recurre al lirismo para construir una obra de tono pausado y musical. 

Hatten y Thullyn, dos de los protagonistas, son los instrumentos que apoyan al resto de la orquesta: una suerte de doble concertino que el lector sigue con el entusiasmo de alguien que se enfrenta a un hecho difícil de comprender. Se trata de un par de músicos, laudista y violista respectivamente, que se enamoran, pasan una temporada en el idilio de un hogar pequeño hasta que la incertidumbre y un extraño deseo de libertad, los separa. Lejos una del otro, prolongan su pasión a través del siglo, atravesándolo con la certeza de haber sobrevivido a un amor doloroso que subsiste en su memoria. La novela se convierte entonces en una despedida prolongada, un canto al deseo y un réquiem por el Barroco que se desvanece al desvanecerse el recuerdo de los dos amantes. Escribe Quignard: “Las despedidas casi siempre toman la forma de la borrasca. Pero la tristeza también las deja en estado de estupor en el movimiento que crean”. Ese estupor es el que mueve a los personajes, la certeza de un pasado idílico al que ya no pueden acceder, el ocaso del orden siempre fijo de la antigüedad. Mientras un sinfín de cambios se producen a su alrededor, el grupo de músicos y pintores que aparecen en la historia se cuestionan sobre la pertinencia de su arte. Monsieur de Saint-Colombe, Monsieur Blancheroche, Meaume, la princesa Sybila, Hatten, Thullyn, Jakob Froberger, a quien regresaré en un momento, y tantos otros, se pierden en el tiempo, pero no están abatidos por la ausencia, sino más bien estupefactos ante la rapidez tormentosa de su siglo.

“¿Qué es el mundo barroco? Un preludio salvaje”, se pregunta y se responde Hatten en los últimos capítulos. Y me hace pensar que la novela puede leerse como una despedida, pero también como una advertencia de la vorágine que vendrá en el siglo xviii con la edad moderna, del cambio de pensamiento que menciona Octavio Paz en Los hijos del limo (1974): la transformación del tiempo, desde un pasado sorprendido de sus logros hacia un futuro irónico. No por nada la cronología de la novela llega hasta junio de 1789, en los albores de la Revolución Francesa. Quignard, mediante sus personajes, fija el rumbo de unos soñadores que en lugar de pretender cambiar el mundo, como lo intentaron los románticos, buscaban volverse intérpretes de una proliferación musical y pictórica que los sobrepasó y los terminó por fundir con el silencio.

Un aspecto de la trama en apariencia contingente, pero que, al tratarse de la aparición de una sensibilidad distinta, vale la pena abordar es el caso de Jakob Froberger, un clavecinista histórico (1616-1667) que amalgamó la escuela de música alemana con la italiana y compuso piezas con títulos del tipo: “Meditación hecha acerca de mi muerte futura, la cual se toca lentamente y con discreción”. Él pronto se roba el protagonismo y pone en juego una sensibilidad que presiente el neobarroco lezamiano o el neobarroso de Perlongher. Así, aunque el amor de Hatten y Thullyn es la fuerza incendiaria que transita la novela, la vida de Froberger, su deseo prohibido y su personalidad se convierten en un contrapunto necesario que dota de un sentido diferente a la novela de Quignard. Sus acciones parecen guiadas por la conciencia de lo finito traducida en una alegría vital que desdeña el porvenir y se instala en una contemplación del ahora. Por ejemplo, cuando le piden una copia de sus piezas y él contesta que “son improvisaciones” para, acto seguido, quemarlas en presencia de Hatten; o cuando, en otra escena, se encuentra con un muchacho frente al mar y, después de caminar con él por la playa, el narrador advierte “se descubrieron por primera vez completamente desnudos”. De este encuentro nace la felicidad: “Hay una verdadera alegría en descubrir por sí mismo, con la mano, en el silencio, nuestro origen salvaje”. O, ya casi al final de su vida, cuando deambula por el muelle y mira a los hombres: “¿qué podía ser más bello que los jóvenes aprendices completamente desnudos bajo su gran delantal de piel, brillando de sudor?”. Froberger recorre las páginas de la historia multitudinaria que elabora Quignard y se constituye como una ola que encuentra en el instante breve de su vida una música bicéfala que mira al pasado para precipitarse hacia el futuro desde un presente constituido como único asidero de felicidad.

En contraste, el amor marino de Hatten y Thullyn está condenado a la lejanía, a mirar desde su vejez el idilio maravilloso y, por lo mismo, fugaz que tuvieron. Quignard necesitaba de estos personajes para elaborar un entramado ficticio sobre el cual restituir un tiempo, el Barroco, y una serie de sujetos históricos, de entre ellos el más interesante Jakob Froberger, reunidos durante las Guerras Santas y luego dispersos por Europa a raíz de un accidente ―la caída de un músico por unas escaleras― y del desencanto general que sintieron ante el mundo cambiante. Exclama Hatten: “¡Lástima por nosotros! Cavamos de pronto un espacio donde, sin alejarnos, tomándonos muy fuerte de la mano, nos perdimos”.

El amor el mar como restitución que le otorga a cada uno su espacio en la dinámica del tiempo no se constituye propiamente como una novela histórica en el sentido tradicional del género. La intención de Quignard pareciera ser la de reconstruir una época desde la modernidad. En Salambó de Gustave Flaubert o en Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar hay una restitución, sí, pero también un intento por serle fiel al pasado. La restitución de la novela histórica, en este sentido, hace que su lector asuma ese pasado y lo habite como si se tratara de un tiempo vívido, un tiempo nuevo que tensa la realidad empírica del lector. Ya sea las llanuras del norte de África o las campañas de Roma en Oriente, los autores de novela histórica buscan crear una ilusión de realismo, aunque la trama esté construida desde una distancia que cierra el mundo contado, lo encapsula y lo clausura para que llegue a los lectores como una obra terminada que señala su historicidad. El amor el mar, sin embargo, aunque construye una sensación de finitud al mostrar el ocaso del Barroco, se abre camino con una mirada distinta al de la novela histórica tradicional. Dicha mirada ofrece una perspectiva en donde aquello que se cuenta del pasado deja de ser una cápsula y alcanza el presente del autor: aquella voz que se oculta tras los juegos de la primera o la tercera persona y cuyo nombre no es necesariamente el de Pascal Quignard. La mirada que atrae el pasado para formar un puente entre ambos polos queda manifiesta en el capítulo VI, llamado “Las ruedas chirriantes de la carreta”, del apartado final, “El malecón”. Aquí el tiempo cambia con brusquedad, la narración se transforma con un golpe de página, deja las postrimerías del siglo xvii y se interna de pronto en una época muy cercana. No hay transiciones, ni avisos, ni umbrales; el cambio es absoluto, a pesar de que solo durará dos páginas: “No sé por qué escucho tan nítidamente, cada vez más nítidamente, a medida que mis dedos logran sostener el tubo de baquelita de un rotulador, endureciéndose sobre el teclado de la computadora, por la noche, las ruedas de la carreta de mi tío cervecero que chirrían en el pequeño pueblo de Chooz”.

En unas líneas, el autor lleva al lector hasta el presente desde el que se escribe la historia, luego lo arroja al tiempo de su tío, cuando, según nos sigue contando, no había camiones, ni tractores, ni aparatos. Finalmente, regresa al Barroco y a la voz de la princesa Sybila. Este paréntesis podría parecer caprichoso si no se tiene en cuenta el resto de la obra. Me parece que “Las ruedas chirriantes de la carreta” brinda la clave para pensar El amor el mar como un relato que se extiende hasta el presente y habla de otro ocaso, tal vez el del nuestro, el del tiempo que desaparece, el de la modernidad inaudita. Pensada de esta manera, la obra de Quignard deja de ser solo una representación histórica y se transforma en una obra sobre la pérdida y la despedida. Como Froberger piensa acerca de su propia música, acaso en la escritura de una novela que mira hacia el pasado desde los cambios del presente haya un acto de amor por lo que ya no será.

Héctor Justino Hernández. Ha publicado los libros Dimorfismo (Pasto verde, 2019), La isla que nos llama (Editorial IVEC, 2021), La máscara de Miguel (Editora de Gobierno, 2021) y Acaso un descubrimiento a mitad de la noche (Iridiscencias, 2025). En próximas fechas aparecerá su primera novela Tu cuerpo es la casa que habitamos (Penguin Random House, en el sello Reservoir Books, 2026). Fue acreedor de la beca del Programa de Estímulos a la Creación y el Desarrollo Artístico, Veracruz (2022), en la categoría de novela y becario de la segunda generación del Taller de Novela UNAM. Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas y maestro en literatura mexicana por la Universidad Veracruzana y director general de la revista literaria Tintero Blanco.


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