Deduzco que el lector curioso se percatará de que el título de esta reflexión se inspira en una entrada singular de Manual de zoología fantástica, la cual parece provenir de la imaginación de Borges más que de otro autor o tradición. Digo “parece”, porque no pretendo demostrarlo. Basta leer entre líneas para sospechar que es así: el estilo, las fuentes en las que Borges dice basarse, la anécdota, suscitan ese efecto. Se nos cuenta que en la China legendaria del Emperador Amarillo había dos reinos, el especular y el humano, que, a pesar de sus diferencias, vivían en paz. De pronto, los seres de los espejos atacan y se libran batallas encarnizadas. El Emperador los vence con su magia y los encierra en el lugar de donde provienen, obligándolos a repetir los actos humanos, reduciéndolos a ser nuestro reflejo.
La inclusión del Emperador Amarillo no es casual. Si bien Borges se refiere a esta figura en más de una ocasión en su obra, es probable que tuviera en mente El libro de Bái Zé a la hora de idear la entrada en el Manual. Cabe precisar que esta referencia no es explícita. En un juego tan típicamente suyo, el escritor argentino altera lo que en teoría afirmaron el Padre Zallinger de la Compañía de Jesús y Herbert Allen Giles, el célebre sinólogo británico. En lo que atañe a Bái Zé, según la leyenda, esta vaca de la mitología china se encontró al Emperador y le dictó una guía sobre las 11,520 criaturas sobrenaturales del mundo para prevenir sus apariciones y asaltos. El dignatario mandó a poner por escrito el libro indicado, que está perdido desde tiempos inmemoriales. Sabemos de su existencia, porque algunos fragmentos sobreviven en otros textos chinos. Tal vez éste sea el trasfondo para que, en la ficción borgeana, el Emperador Amarillo derrote a los seres especulares mediante las artes arcanas.
Ahora bien, si el espejo suele ser un símbolo de horror en la obra de Borges, la entrada sugiere otra lectura de lo especular: el vínculo de los animales y los seres humanos. Solía creerse que los animales eran espejo de la condición humana como si una parte de nosotros se reflejara en ellos. Así ocurre en el Physiologus, una compilación anónima de historias y leyendas alegóricas sobre animales, plantas y minerales, que circuló en griego en el siglo IV de la Era Común y quizá desde antes. Muchas alegorías allí reunidas se asocian de una u otra manera con Cristo o aluden a cuestiones de esa religión. Verbigracia, el fénix renace de sus cenizas al tercer día, el castor es modelo de castidad, ya que se castra por sí solo y le arroja sus genitales al depredador que va en su busca, o el aroma de la pantera atrae a los animales, mas repele al dragón, que equivale al demonio. Se dice que este libro es un antecedente de los bestiarios medievales europeos, puesto que la criatura de la que se escribe se retrata con características humanas.
Me desagradan la palabra “bestiario” y las connotaciones negativas que, en español, tienen “bestia” y “animal”. Y que no son exclusivas de nuestra lengua. Suele hablarse de los animales como seres “irracionales”, dominados por el instinto, sin cultura, cuya naturaleza se opone a la nuestra. Como si la realidad fuera así de simple. De los problemas incontables de hoy día, uno de los peores es la extinción masiva en curso, que se denomina la sexta de cuantas se han suscitado en la historia de la Tierra y que, a diferencia de las demás, se atribuye a la actividad humana más que a otros factores. Bestiario: conjunto de bestias. Por más que rehúse el término, ya está fijo y no lograré cambiarlo. Podría considerarse un mal menor, baladí si se quiere, comparado con la extinción terrible que estamos provocando.
Pero no cerraré mi cavilación en tono lóbrego. Los seres vivos y los inanimados son un estímulo de la imaginación humana, un detonante de nuestra expresión. No es de sorprender que en cada lengua y tradición haya creaciones orales e incluso escritas, pues la naturaleza nos ha tocado profundamente desde el principio de las eras. Contamos con mitos, refranes, dichos, adivinanzas, salmos, máximas, aforismos, poemas, sonetos, leyendas, fábulas, cuentos, obras dramáticas, ensayos, corridos, microrrelatos, poemarios y hasta novelas enteras sobre animales y otros organismos. También tenemos los tratados de historia natural y biología de Aristóteles, Plinio, Linneaus, Darwin, Wilson, que son igual de valiosos y necesarios.
De la literatura antigua a la contemporánea, tanto en el hemisferio oriental como el occidental, tal es la fuerza con que la naturaleza vivifica nuestro ingenio. Por enumerar algunos ejemplos asombrosos, pienso en la mariposa de Zhuang Zhou; el gato de La leyenda de Genji que, en vez de ser motivo como lo son los animales y las plantas, es personaje en dos largos capítulos; el reino fabuloso del Preste Juan; los perros parlanchines de Cervantes, cuya historia proviene de otros cánidos de las letras árabes e indias, y de la que dispone Rosario Ferré para criticar de manera saludable la literatura hispanoamericana en El coloquio de las perras; los caballos engorrosos de Swift; el gato narrador de Sōseki; el Odradek y el aforismo subversivo de Kafka (“Una jaula salió en busca de un pájaro”); el perro súper-inteligente de Stapledon; las moscas que figuran en las páginas de Rafael Bernal y Tito Monterroso; las hormigas y la migala enigmática de Arreola; la vaca conmovedora y cambiante de Antonio Di Benedetto; la chica criada por los lobos de Angela Carter; el unicornio como símbolo en Iris Murdoch y revolución en Angelina Muñiz-Huberman; la fauna del porvenir de Dougal Dixon. Y no podría descartarnos, ya que, para Caspar Henderson, lo que nos distingue de otras criaturas no es que seamos bípedos, sino que somos musicales; es decir, bailamos, cantamos y nos expresamos por medio de la palabra. Acaso los que habitamos el mundo de los espejos somos los seres humanos, inspirados a reproducir los actos de los animales como si fuéramos su reflejo.

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