4 poemas en prosa de Marti Lelis

Nos cayó la noche a mediodía y nosotros, animales de palabras, continuamos metidos en el tiempo para extraerlo de lo escrito. Tejidas en un manto, esforzadas configuraciones de vocablos vienen a tender sus orlas sobre los objetos y, queriendo ocultarlos, nos revelan en cambio sus figuras tras la seda; dictan su lección de transparencias como alas de libélula posada en una espiga, que se mece bajo el sol inconmovible. Nosotros, animales de palabras bajo el velo, tejemos en la sombra de la luna un mundo sin historia, imágenes sin tiempo.


Invicta, si alguien me lee, seguirás imperturbable en la fábrica de fantasmas, esas voces que te preceden y te siguen. Tú, inmutable: te arrebato la sombra y también digo tu negra luz en símbolos que inscribo en la frente de hieráticas estatuas. No pido que te importen mis palabras. Dirás “hasta aquí” y seré un puñado de cenizas. Pero, si alguien me lee, bailarás secular tu danza —y el movimiento delata vida— alrededor de mis letras dispersas en las redes, como peces de mar o río. Si alguien me lee, magro alimento, mínimo asombro, no serás tú la pescadora; apenas la que me ha disgregado, señora de la consagración o del olvido, no serán para ti los peces, peces en la mar para las redes.



Yo viví en tierras de neblina, pero era un niño. No percibí las posibilidades de la bruma, ese andar entre nubes a ras del suelo. Viví cerca del mar y nunca me pregunté por sus abismos, el nadar lento en lo oscuro de criaturas centenarias y terribles. Viví en la selva entre serpientes y aullidos, perseguí y me persiguieron, tribus olvidadas de seres más antiguos, hambrientos y antiguos, expertos en dardos y venenos. Viví en el desierto, los lobos me temían, y yo temía a las criaturas de la noche, a las cavernas y a los acantilados. Y fui creciendo. Mi piel se cubrió de escamas, mi sangre se volvió ponzoña, un doble párpado me protege de la arena y de la sal. Vivo ahora donde quiero, conservé los pulmones y en el cuello me nacieron branquias, finas membranas entre los dedos y bajo los brazos; la patria de las aves también la llamo mía, sobrevuelo montañas y veo de lejos las ciudades, en las que también viví y donde atrás dejé a mis semejantes. De un continente a otro viajo, busco a una mujer de mi estirpe, pero yo no sé si sobrevive alguna raza semejante a los dragones.

Entre dos que tres ocupaciones, el poema se resistía al papel o a la pantalla, lo iba escribiendo en la memoria, pero en la memoria no hay número de páginas y, para reencontrar un pasaje debía “leerlo” completo, este repetir avasallante que no se lleva bien con los semáforos ni con la gente en la fila de los bancos. Día con día yo estaba como ausente, no callado sino balbuciente, con el murmullo entre los labios, tan cerca y tan lejos del “buenos días”. Y la voz: usted está más cerca, como en el espejo, más cerca de lo que aparenta. Usted podría tener un accidente. Pero no, no estaba distraído, usted podía ir a la farmacia, orientar sobre calles a un turista, escribir su novela y ese artículo científico y, aun así, continuar con el poema, con esa vaga arquitectura de la fantasía en un mundo simultáneo donde las palabras no estaban para pedir el postre y la cuenta sino para dejarla verde a la lógica y a la sintaxis, enredada en una gramática imposible donde la razón era más fantasma que antigua preceptiva.

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Marti Lelis (México – 1968). Ha escrito A propósito de San Juan y otras miniaturas (2016) y la novela corta La noche fragmentada (BGR, 2022). Premio Estatal de Cuento 2015, Tlaxcala. Premio Estatal de Poesía 2016, Tlaxcala. Publicado en revistas digitales como Penumbria, Anapoyesis y Sofón; sus textos están en varias Antologías impresas y digitales.

Escritor invitado
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