El celador le quitó las esposas al chaval. El chaval tenía diecisiete años y respondía a todo lo que le preguntaban los agentes; incluso se echaron unas risas. ¿Yo? Hacía lo imposible por que no se me notara el tembleque. Ahí, dentro de la celda de interrogatorios, se escuchaba el barullo de los jóvenes presos que arengaban fuera. Nuestro único contacto con el exterior era un pequeño ventanuco que dejaba pasar una cuña de luz. Allí, se adivinaba un trocito de azul del cielo que me sosegaba un poco.
Un año más joven que yo, el chaval era una celebridad ahí dentro, y por eso las arengas. Lo escoltaron hasta quedar frente a mí, los dos rodeados por una docena de agentes. Por un momento creí que estábamos en un ring y empezaría una pelea sin cuartel. El muchacho me recorrió con la mirada, y mientras lo hacía, la sonrisa se le fue evaporando del rostro.
Sin más, el juez de instrucción dijo “Preparados… ¡Ahora!”.
No dio tiempo a prepararme. El chaval, dubitativo, me sujetó del cuello con suavidad.
—La cogí del cuello… así —empezó el chico, con una cara tranquila, de ojos desmayados. La sorpresa había desaparecido de su cara. Sus manos estaban frías y solté un “¡Ah!” que lo descolocó. Es solo una actuación, ¡vamos, demuestra tu valía!, me animaba. Las luces y las cámaras del séquito de policías gravitaban sobre nosotros, deslumbrándome. No seas niña, esto es lo que quieres hacer. Me concentré en el ventanuco y sus retazos de azul.
—Y después, ¿qué hiciste? —preguntó el juez de instrucción dentro de aquel cuadrilátero, que sentía cada vez más caldeado.
—La golpeé… con una piedra que encontré en el suelo —dijo el chico.
A una señal del juez, un agente le facilitó una piedra de atrezo. En la mano del chaval, aquella pieza de espuma sintética tenía toda la pinta de una filosa piedra.
—¿Lloró? ¿Qué hizo la víctima?
El chaval se volvió al juez, y sin inmutarse, como si mencionara cómo le había ido en las vacaciones, dijo:
—Sí… Chilló, manoteó… Intentó escapar. Me insultó, me mordió, pero la cogí bien. Entonces me suplicó. Intentó golpearme.
El hedor que desprendía el chico, sus ojos, la piedra, el encierro en esa sala… todo me hacía sentir una indefensión terrible. El juez no tuvo que ordenarme nada: sin recurrir a ninguna técnica histriónica, el llanto fluyó y resbaló por mis mejillas; debí palidecer tanto que el chaval cambió la expresión neutra a una de auténtica preocupación.
—No, por favor, ¡por favor…! —balbucí, mientras le manoteaba en el pecho. Sentí que me desvanecía. El chaval, con los ojos muy abiertos, se volvió al juez, como pidiendo permiso. Este le apuró, impertérrito:
—¿Y bien? ¿En qué parte la golpeaste?
—Le… le di. Así.
Y me dio con la espuma en la sien izquierda una, dos, tres veces. Sentí el trozo de esponja rebotar suavemente contra mi cabeza, una sensación eléctrica que me provocó arcadas. Me sacudí intentando reproducir el efecto de los golpes, pero por un momento, mi cuerpo no era mío: era el de esa chica de la que hablaba el juez de instrucción tan tranquilamente. Contrólate, venga, contrólate.
—¿Gritó?
—No, señor.
Cerré los ojos, y quedé de espaldas al suelo.
—¿Sangró mientras la golpeabas?
—No, señor.
Estaba muerta, y lo que venía después poco importaba. Habíamos terminado.
Abrí los ojos, y para mi sorpresa, el chaval también estaba llorando. Se limpió las lágrimas con los puños, y apretó la mandíbula. Los agentes rieron y le murmuraron: “Se te ha ido la hombría, niño”.
La mayor parte de los agentes salió de la sala, llevándose cámaras y micrófonos. Ahora venía otra parte difícil: controlar los temblores, que sentía muy vivos dentro de mí. Aún no me reponía de todo aquello, cuando el juez de instrucción se acercó y me soltó:
—El imputado quiere hablar contigo.
No entendía nada. Hacía lo imposible por dejar de temblar.
—¿Por qué?
—Solo ha dicho que quiere hablar un momento. A solas.
La cabeza me daba vueltas. ¿Qué se supone que debía decir? El olor a encierro no me dejaba pensar; era algo tan denso que no lograba habituarme a él. Todavía podía sentir las manos frías del chaval acariciando mi garganta. Asentí con la cabeza. A una señal del juez, esposaron de nuevo al muchacho de pies y manos, y lo inmovilizaron a una silla. Esto último me inquietó: no era común ver tanta seguridad.
—Esperaremos aquí fuera. —Y cerraron la puerta.
Por un momento me pareció que estábamos dentro de una burbuja. Fuera, los gritos de los presos se difuminaban. El sudor agrio que emanaba por los poros del chaval minaba mis fosas nasales, e incluso había impregnado mis ropas.
—¿Cómo te llamas? —dijo. Su voz sonaba tranquila, sin ninguna inflexión.
—¿Tiene importancia?
—Para mí, sí.
Dudé. Descubrí su mirada clara, penetrante. Apreté los puños repetidas veces.
—¿Por qué querías verme?
—¿Eres actriz profesional?
Mi cara de sorpresa ante la pregunta debió ser cómica, pero el chico siguió imperturbable, esperando mi respuesta.
—No. Pero estudio en una academia de artes escénicas. La policía me contrató para esto.
—¿Representas las muertes? ¿En serio?
—Sí.
—Hostias… ¿Y cuántas has representado?
—Esta fue la número siete.
—Joder. ¿Y cómo sales de eso? Es decir, se ve que te afecta. Hiciste que me afectara, fue jodidamente alucinante… Para mí, eres una profesional.
No sabía si sentirme halagada u horrorizada por lo que me decía el chico. Tras el sopor inicial, me rehice y le dije:
—Si quiero llegar a ser una buena actriz, tengo que pasar por cosas así. Mi profesora me anima.
El chaval sonrió. Se rascó la sien, y dijo:
—Me gustaría verte algún día en la tele. Yo, ya ves… —Ahogó la frase. Se estremeció.
—Yo creo que…
El chaval me miró. Sus ojos reflejaron la luz que se colaba por el ventanuco, y parecían dos chispas azules.
—¿Qué es lo que crees? Dímelo, ya me estoy acostumbrando en esta mierda de sitio.
—Lo que hiciste es terrible, pero podrás salir de aquí… un día. Eres joven.
El chaval lanzó una risotada, y me dedicó una mueca parecida a la de un lobo. Las sombras de la sala amplificaban su horrible gesto.
—¿Qué harás cuando salgas de aquí? —dije. El chico dejó la mueca lobuna de golpe; parecía sorprendido.
—Me pueden dar un porrón de años… tendré tiempo para pensar, digo yo…
Sus palabras se apagaron como una vela que se consume. Miró hacia el ventanuco, sus trocitos de azul. Miraba la luz, y adiviné en sus gestos que quizá pensaba en el error cometido, en que su condena era real y que los años de encierro eran algo tan corpóreo e irreparable como su crimen.
—Mira. —De su bolsillo sacó una fotografía doblada en cuatro, y la apoyó en la mesa con la palma de la mano. Lo hizo con tanta fuerza que di un brinquito. Miré la foto. Ahí, una chica sonreía de frente a la cámara que la había capturado.
Era otro peinado, otra sonrisa y una mirada que escondía una inocencia que yo ya había perdido hacía tiempo. Fuera de eso, la chica de la foto era idéntica a mí. Sentí un hormigueo en la nuca. Me levanté de la silla, y sin apartarle la mirada al chaval caminé hacia la puerta.
—Espera. No me dijiste tu nombre.
—La próxima vez que nos veamos, te lo digo.
—¿Crees que me ha perdonado?
Me detuve en seco. Esta vez sus ojos se debatían en una inquietante súplica. ¿Qué se supone que tenía que responder a eso? ¡Solo trabajaba representando gente que ya no se podía defender! Respiré hondo.
—No.
El chico suspiró. Asintió con la cabeza.
—Pero quizá, un día, te perdone. Te queda tiempo aquí, ¿no? Tú mismo lo has dicho.
Vi en el chico un atisbo de sonrisa limpia, sin chulería, sin lobo, sin nada oculto detrás: solo era una sonrisa. Era el gesto mínimo de alguien que recibe algo inesperado, algo que me hacía pensar en el azul del cielo que se recortaba en el ventanuco.

Mauro Barea (Cancún, 1981). Coordinador en talleres literarios Archipiélago, y del taller de escritura creativa en el Centro La Paz para adultos mayores en Cádiz, España. Mención honorífica, Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2022. Ganador XX Certamen de cuento 2017 de Ávila (España). Becario del PECDA (2025).



