Tinta y cuerpo | Ser una comedora de corazones 

Carne. Deseo. Prohibido. 

Así de duro te pega El amor es hambre de Ana Clavel. Sin avisar, ni pedir consentimiento, como un bocado que no sabes si te encanta o si te remueve tanto que lo escupes. Esta novela no se lee, se traga sin pensarlo antes de quemarte. Porque también es un texto que arde, donde el amor no se sirve a cucharadas, sino en cuerpos tibios, en cocinas experimentales, en la boca de una niña que aprende que querer es lo mismo que devorar. 

Desde la primera vez que lo leí (y ya van varias) sabía que no era suficiente escribir una reseña, así que esto es una confesión: yo también confundí el hambre con cariño. 

Te lo pongo en perspectiva. Hay una escena en específico en la novela en la que Artemisa, la protagonista, es untada con miel para deleite de sus padres, sí, ella se convierte en un elemento de sus juegos amatorios. Al crecer busca replicar lo mismo con su tutor y con los demás hombres mayores que se cruzan en su historia (suena como a Lolita, ¿no?). Específicamente ese recuerdo en la narración revuelve el estómago, es un torbellino de sabores que, por un lado, calienta el deseo que existe entre los padres y, por el otro, confunde lo que la niña construye en su psique a partir de ese momento. 

Como una adicta, Artemisa cae una y otra vez en el mismo patrón de consumo: hombres mayores que ella, lobos devoradores de pequeñas caperucitas, caballeros que cumplan el rol de quedarse. De este modo vive sin distinguir el amor sano de la herida; no sabe el límite entre lo permitido y lo prohibido, y va detrás de la miel sin cuestionar de dónde viene la necesidad de comerla. Y yo también fui esa (sin la parte de la miel untada, ¿ok?). Reaccioné desde la herida y la posesión, desde la ansiedad al abandono, haciendo de todo para que no me soltaran. 

Eso es lo que duele, no la crudeza del erotismo, sino la ternura con la que Clavel te toma de la mano para clavarte un cuchillo ardiendo, dice el dicho que es para no amargar la carne de la víctima. La protagonista ama a manos llenas, de inventos culinarios y extravagantes especias, de novedades carnívoras aderezadas con culpa, con el toque exacto para cuestionar cuanto yo comí para evitar que me dejaran. El amor es hambre no va de sexo, sino de la receta que nos inventamos para merecer que se queden. Y duele porque funciona. Es evento canónico endulzar el daño con miel para que escoza menos. 

Clavel suelta la frase “El amor es el sentimiento más voraz”, sin miramientos ni ganas de contener nuestra alma. Porque tiene razón: no todos sabemos amar bonito. Devoramos a cualquiera si con eso logramos hacer que se queden, convirtiéndonos en un lobo feroz más que en una caperucita roja. Nos comemos al otro con tal de retenerlo mientras le dejamos mordernos el cuerpo para sentir que existimos. Toxicidad pura. Intercambiamos caricias, regalamos nuestra carne a cambio de ser vistos porque somos igual que Artemisa y vamos confundiendo amar con tener hambre de validación. 

Así que lo erótico no está entre las sábanas de la protagonista, ni en su cocina, ni en el bosque donde se ocultan los lobos acechando con ojos grandes para comerte mejor; está en la incomodidad de lo que te niegas a ver, en reconocer que quizás tú también tengas hambre de amor. Clavel no te sirve carne cruda (o sí, quizás), te sirve una pregunta: ¿viniste a devorar o ser devorada? 

R. Raemers es el seudónimo bajo el que escribe Verónica Cortés (Ecatepec, 1995). Es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas de la UNAM. Es escritora, tallerista y narradora visual con especialidad en el erotismo femenino. Sus cuentos han sido publicados por revistas independientes como Palabrerías, Irradiación. Revista de Literatura y Cultura y el Fanzine Ultramar, así como en la revista Punto en línea (UNAM). Participó en la antología de cuento infantil Sobre la tela de una araña (Momo, 2022).


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