Uno asumiría que cualquier cosa que va o viene, ya es. Ya posee ser. ¿Todo objeto en movimiento tiene ser? En México podemos responder con toda certeza que no estamos seguros. Aquí las cosas vienen siendo.
Puesto que cualquier cosa es posible, preferimos indicar que la entidad conserva el ser en cada punto de su trayectoria. No vaya a ser que a medio camino desaparezca. Los mexicanos somos los filósofos del devenir siendo.
Lo anterior, desde luego, es falso. ¡Ni es nada! Bueno, sí. Es absurdo. Si usted no había escuchado este uso del venir siendo no confíe en mí para la explicación. De paso…nunca confíe en mí (¡ni en los elfos!). En realidad, “lo que viene siendo” se usa como una especie de marcador que quería ser formal y accidentalmente resultó coloquial. A ojo de buen cubero, me parece que se ha desemantizado, ya no importa el significado sino el objeto que introduce en la oración; a veces para enfatizarlo (Ofrecemos lo que viene siendo el corte de caballero), a veces para atenuarlo (Quería pedirte lo que vienen siendo unos mil pesos).
Pero me interesa jugar a que sí tiene significado.
Los mexicanos gerundian porque están bien conscientes de que en cualquier momento pueden dejar de existir. No es cosa nueva. Así nació nuestra cultura. Bolívar Echeverría lo dijo respecto a la Malinche: ella vio el riesgo máximo de la colisión entre las civilizaciones europea y mesoamericana, la alta probabilidad de aniquilación absoluta. Entonces optó por negociar, resignándose a las inevitables pérdidas, aceptando la catástrofe, pero con fe en la resiliencia. Y aquí hablo de resiliencia en el sentido chido, no ese que ha caído en la autoayuda o el que se limita al panfleto: la resiliencia como la capacidad de un sistema para mantener la autocreación al adaptar sus estructuras ante perturbaciones internas o externas; o, incluso, la subcreación de un sistema adicional para sostener las estructuras previas.
Conscientes de su fragilidad existencial y fieles a la recomendación del Señor, los mexicanos devienen siendo.
Esto deriva en dos actitudes:
- Estamos siendo a cada rato: sabemos que todo está a medio hacer, nos reconocemos como una piedra deforme que pulimos todos los días. Y, por mucho que avancemos, el mundo nos la despule por la noche (sí, con albur y todo: somos víctimas y victoriosos simultáneamente. Pasivo-activos ¡yei!). Entre paréntesis: ¡Bendita la distinción entre ser y estar! Así como El Quijote, a veces pienso que tiene más sentido de este lado del charco. Paréntesis dentro del paréntesis: tener más sentido es, literalmente, activar más significados en contexto (bueno, eso sería semióticamente); o, en otros términos, actualizar más potencias.
- La actitud goliardesca: todos los días hay fiesta. ¡Carpe diem chngsm!
Pero pero perooo… eso no es lo mejor. Lo bueno lo bueno tiene que ver con eso que tanto le cuesta a la visión extranjera del norte porque sólo tienen a la mano una de nuestras caras, la de las redes sociales y los FanFests. La singularidad del Homo mexicanus es que combina las dos operaciones de manera continua y a diferentes escalas:
Típicamente, las civilizaciones han dividido los tiempos de la vida en tiempos de trabajo y tiempos de fiesta. Acá en el Sur Global, la colonización de las horas nos ha forzado la mano, entonces no nos queda más que trabajar festejando. Pero no es tan simple como esos anuncios noventeros de líquidos limpiapisos donde un ama de casa estereotipada se la pasa bomba trapeando al ritmo de un chachachá blanqueado.
Eso sí, podemos rescatar un elemento del clip comercial. El ritmo.
La doble operación de la mexicaniza (iba a decir “la doble condición”, pero no estamos necesariamente obligados a ella; la aprendemos como estrategia y optamos por ejecutarla en diferentes grados y con variaciones individuales dependiendo de otras condicionantes ‒las que sí son reales‒, además del carácter propio), la doble operación de la mexicaniza consiste en la segmentación táctica del día para insertar la fiesta a como dé lugar. La llamaremos “merequetengue subordinado”.
Exempli gratia: hace poco un coreano en TikTok se preguntaba cómo le hacen los mexicanos para festejar por tanto tiempo (party so hard! -ibnida). Los coreanos fueron el primer capítulo de la celebración en una fiesta que duró más de un mes. La cuestión es que para el coreano contemporáneo ‒cada vez más dependiente del Tío Sam‒ la lógica de la fiesta es prácticamente la misma que la del Occidente-“democrático”-liberal. Esa que ha absorbido los tiempos laboral/fiesta y establece agendas estrictas para ello. Las “temporadas” de las series siguen ese patrón, también las de la moda y los veranos e inviernos del cine. O, en una escala más pequeña y godín, los juebebes y el fin de semana en Tepetongo.
Mientras para nosotros el Mundial 2026 fue una fiesta, para los visitantes o las sedes anglogalas fue una forma de vacacionar. Las vacaciones no son una celebración auténtica; les falta carnaval. Son un folleto interactivo, con márgenes bien delimitados, colorcitos bien escogidos, mapas didácticos, riesgos mínimos, seguro de vida y all inclusive. El turismo se vende como una pausa momentánea de la rutina para desplazar a los consumidores hacia una vida imaginaria en otro escenario. A salvo. En esa vida simulada se contemplan momentos de descanso. Las vacaciones se programan, igual que la semana laboral.
Monsiváis vio en el Mundial de 86 un México revestido de turismo azteca, pero al menos en esta ocasión hubo mucho más, la alberca del hotel se desbordó. A diferencia de la vacación industrializada, la fiesta auténtica no tiene programa porque es un estado anímico. Es un momento carnavalesco con su propia economía, más antigua, más peligrosa. Nada de tarjetas o billetes, la oferta es alta: éxtasis absoluto; pero el depósito es exigente: el cuerpo completo. Y a veces no hay devoluciones.
¿Cómo le hacen los mexicanos para echar el party so hard?, pregunta el amigo coreano. Haciéndolo. No con planeación, más bien, ingresando a un estado alterno de la existencia. Si intentáramos coordinarlo más, sería imposible. De este lado del mundo, no podemos detener el flujo de la vida laboral ni esperar a terminar la chamba porque, para entonces, se habrá terminado el Mundial o la fiesta patronal o la feria o el pretexto. Entonces montamos la fiesta sobre el trabajo.
Si el surglobalense quiere vacacionar o festejar, renuncia al descanso. Y sí, sí hay algo aquí de denuncia a los efectos secundarios de la colonización, pero, a decir verdad, esto es más un homenaje. No me interesa exclamar “¡los mexicanos son un desmadre!” así a secas. Me interesa desentrañar el desmadre. El homenaje es a la resiliencia, concretamente al proceso de su gestación. No es necesario sufrir una herida brutal para resiliar. En el sistema diario de la vida resiliamos todo el tiempo; adaptamos el cuerpo a la estructura que sea necesaria. Con tal de seguir la fiesta. Porque a lo mejor morimos mañana. Porque somos lo que viene siendo. El latinoamericano y sus hermanos desbordan las agendas y los límites de las instituciones que programan el tiempo.
(Al respecto, ¿qué esperaban la FIFA, el Gobierno Mexicano y los turistas de parque temático? ¿De verdad pensaban que íbamos a usar los techos como techo y los pisos como suelo?)
Bueno, ¿y el ritmo dónde queda en todo este asunto?
¡Ahí está! La resiliencia cotidiana es la infraestructura de nuestro bailongo. El ritmo es su proceso. Vamos a ordenarlo para que quede clarito:
- El ritmo es posible por la segmentación de un periodo: un verso en poesía, un compás en la música… ¡Ojo!: también un horario en el día.
- El ritmo surge de la acentuación que se hace en alguno de los segmentos: en el verso son las tónicas; en el compás, los pulsos; en el horario… Llamémoslo “acento vital”.
Por ejemplo: Cada vez que termino una secuencia de trabajo (generalmente eso implica presionar el botón “enviar” en alguna plataforma), prendo un cigarro. Ya sé,son muchos cigarros al día, eventualmente tendré el valor de dejarlo, pero ese no es el punto por ahora. El punto es que mi cigarro es un microepílogo que marco con el cuerpo en un momento de breve gozo liberador. Es la cortinilla o, mejor aún, la transición en el montaje de mi película. Un montaje continuo e incesante.
Hay personas que, en lugar de fumar, revisan las notificaciones en su celular. Me refiero a esos pequeños rituales de cierre de secuencia vital, pues. - De acuerdo, hasta aquí no hay nada específicamente mexicano-máxico, todos experimentamos el ritmo y lo producimos. ¡Y no es exclusivo de los humanos tampoco! Un biólogo habrá pensado ya en varios ejemplos de ritmo natural. El cacomixtle que nos visita a las 7:00 p. m. colecta nuestra ofrenda diaria con sigilo y, después de comer, se pone a jugar con sus hermanos en la azotea: hay un cambio de intensidad que silencia o acentúa su noche. Las rosas del jardín de mi abuelita esperan pacientes la lluvia anual para vestirse de gala: en esa escena a velocidad andante hay un ritmo visual que pasa de la mirada interior hacia la mirada exterior. Y existen proporciones distintas; un compás de las rosas equivale a mil compases nuestros.
- Como en la música, el patrón rítmico aporta un elemento esencial al género. A veces definitivo.
¿Cuál es el Ritmo Máxico?
El movimiento continuo y contrastante, análogo al contrapunto en semicorcheas o al isosilabismo y el encabalgamiento:
El ritmo mexicano tiene TDAH. Entre cada acción ‒cada pulso‒ se intercala otra voz que contrasta con la anterior. De paso, inserta un cadereo y unas sincopitas, porque nuestro barroco no es alemán. Esto aplica a escala histórica (las tres grandes voces colectivas en nuestras raíces) y a escala de jornada: lunes, teclas, enviar, cigarro, calor (Natura es una voz, desde luego), ventilador (nuestra réplica), teclas, fuga de gas en el oxxo, enviar, Dr. Simi corriendo por su vida, cigarro, bomberos, chisme vecinal, cigarro of course por supuesto, policías ¿y a qué vienen?, pinches cerdos, cigarro, rezos a la Virgencita y qué bueno que no pasó a mayores, cigarro, debate sobre el taco en un grupo de whatsapp de lectores de Tolkien, antojo, taco, otros dos campechanos por favor, y cómo andan y reclámale a tu familia porque no han venido, ¿y si sí?, teclas, temblor, tambor, stickers de bolillos, bolillos reales, cigarro, tormenta eléctrica, teclas, enviar, niño Dios con playera del Tri, frío, pónganse su suéter, partido (y yo teclasenviarcigarro), temblor artificial de la afición, y que cheimbau eso y que beso de tres, ¡México es beso de diez!
Y todo el párrafo anterior ha sido pura broma porque, en realidad, el ritmo no se desencadena como una serie de yuxtaposiciones a secas. La próxima hablamos de la sintaxis específica (la subordinación del merequetengue), por ahora, cierro lo del ritmo:
El secreto de la sinfonía maxicana… eso que encanta ‒literalmente, aquello que produce encantamiento‒ es que posee un sentido. Aquí entiéndase “sentido” como “dirección” y también como “significado”. En el fondo, México Máxico es una invocación. Podría parecer caos absoluto. Pero no. Aunque incluye una buena medida de azar, nunca cae en el caos puro porque la Malinche nos enseñó a virar antes del borde del abismo. El azar también recuerda a la urbanidad monstruosa. Y lo es en parte. Sin embargo, el secreto va por otro lado, rebasa la ciudad. De hecho, va por dos lados a la vez:
La pieza inicia con pulsos bien marcados, es la rutina laboral, que enmarca la escena. Pero en sus huecos se van colando, poco a poco, fiestecitas. Fiestas inventadas sobre el azar. (Voy camino al trabajo y de repente me encuentro a un perro sobre el toldo de un carro. Saludo al perro, no al conductor.) Conforme se desarrolla el día, las fiestecitas se van fugando, van envolviendo a la jornada; el trabajo, por su parte, se concentra hacia el interior hasta disolverse. Son dos sentidos simultáneos, centrípeto (el trabajo) y centrífugo (la fiesta). O, en otras palabras, una lavadora adentro de una taza de baño. Doble huracán de cuyo ojo brota la vida. Al día siguiente, el sol vence y otra vez la lucha de la fuga contra el centro.
En la modernidad más moderna, instituciones y algoritmos pretenden cosificar la vida. Pero aquí diario la revolvemos hasta que vuelvan a florecer las pulsiones primigenias desde el núcleo. Aquí, de sol a sol, creamos y destruimos el cosmos.



