Narrativa | Falta de tacto, por Ana Sofía Semo

Lorena se hizo una herida profunda en el dorso de la mano derecha. Usó el mismo tenedor con el que, segundos antes, había desmenuzado las fibras del filete de res en salsa de adobo para llevárselo a la boca. Era la primera reunión del grupo de amigos después del confinamiento, las sillas de la mesa del comedor las ocupaban sus viejos conocidos con rostros y cuerpos cambiados luego de los dos años de introspección obligada. A la vez que el grupo se deleitaba admitiendo anécdotas, el sabor a cartón mojado rebrotaba en la boca de Lorena al ver en su plato los pliegues del filete en adobo. 

—¿Cómo le decía a mi hijo que me había vuelto incapaz de hacer aritmética básica? — declaraba una de las asistentes ante el grupo. 

Las botellas de vino tinto corrían. Réplicas volaban de un lado a otro de la mesa. Hablaban sin respirar lanzando ráfagas de historias. Menospreciaban sus peores noches de angustia y enfermedad entre chascarrillos; fingían haber adiestrado su miedo a la muerte. 

Lorena ya había dejado de escuchar. 

—Lore, ¿estás bien? —preguntó su amiga. 

El silencio se extendió en la mesa. El sonido de las copas y el murmullo se interrumpieron con la pregunta y la atención se plasmó en la anfitriona.

Lorena sostenía con fuerza el tenedor con su mano izquierda, no como se sostiene un cubierto, sino como quien sostiene una navaja antes de clavarla. Los cuatro dientes del tenedor apuntaban hacia el dorso de su otra mano, la derecha, que descansaba sobre el mantel. Sus ojos petrificados se enfocaban en su mano izquierda, tensionada, situada frente a sus ojos como si no la pudiera controlar. La mano izquierda era su dominante, era la mano con la que escribía, dibujaba y pensaba. En ese momento, con todos sentados alrededor de la mesa, los ojos de Lorena estaban enfocados en su mano dominante. La miraba con pavor. 

Lorena se clavó el tenedor en el dorso de la mano derecha apoyada sobre el mantel en tres movimientos. Al tercer movimiento penetró en la piel. La mesa se llenó de gritos, sobresaltos y copas tiradas. Los presentes se abalanzaron para detener a Lorena en su acto de auto-acribillamiento; ella misma detuvo el impulso de su mano izquierda con su otra mano magullada pero aún fuerte. Lorena ahorcó a su mano victimaria ejerciendo presión sobre la muñeca. Los dedos que habían permanecido enroscados alrededor del arco del tenedor se desengarrotaron. El ruido metálico del cubierto se escuchó impertinente al caer sobre el plato de porcelana. Lorena miraba a su mano izquierda con el miedo de quien mira a su agresor.

El mismo ruido frío y metálico le crispó el cuello en la sala de urgencias, pero esta vez era la médica colocando las tijeras quirúrgicas sobre la bandeja de metal. Hubo que desinfectar y coser la herida pues los dientes del tenedor penetraron tanto que rozaron las venas dorsales de la mano derecha.

Para cuando llegó la primera sesión de terapia, Lorena contemplaba su mano lastimada como a una niña dañada. En cuanto a su otra mano, la izquierda, la perpetuadora del odio, no soportaba ni siquiera sostenerla sobre su regazo. 

—Me repugna sentirla atada a mi cuerpo —confesó al psiquiatra.

—¿Por qué? —le preguntó.

—No confío en ella. Me contamina. ¡Quiero cortarla!

Lorena dejó de usar su mano izquierda paulatinamente. Decía que solo así podía desobedecerla. Nunca antes se había rebelado contra nada, ni en su adolescencia había faltado a una regla. Era irónico que ahora debía rebelarse contra una parte fundamental de su cuerpo, a quien creía una aliada. Había que combatirla con indiferencia, evitar otra traición. Con su mano derecha volvió a aprender a escribir, a comer y a peinarse. La izquierda, en cambio, permanecía inutilizada, la llevaba escondida en un bolsillo o envuelta en una mascada. 

Una tarde de camino a casa, cruzó por la cebra de una calle y una mujer mayor le regaló una cálida sonrisa mientras pasaba junto a ella, inmediatamente Lorena le devolvió la sonrisa con amabilidad. Frente a la puerta de su casa, Lorena escarbó en su bolsa en busca de sus llaves, pero no estaban. Revisó los bolsillos de los pantalones sin éxito. Metió la mano en el abrigo y fue ahí que las encontró. Las llaves estaban junto a una cartera. Sacó la cartera de su bolsillo mientras entraba. Era roja y gastada con aroma a lavanda, Lorena nunca usaría un perfume así. La abrió y reconoció el rostro de la identificación: era la mujer con la que acababa de cruzarse en el paso peatonal.

Tiró la cartera al piso y corrió a la cocina. Se envolvió la mano izquierda con trapos de cocina, vendas y bolsas, desde el codo hasta la punta de los dedos. Inmovilizó la mano con una cuchara grande de madera para bloquear sus movimientos. Tomó la decisión de que no volvería a utilizarla, nunca, ni en defensa propia. Había que, primero paralizarla, después dañarla y finalmente amputarla.

A la mañana siguiente y tras la larga jornada de sueño comprendió lo imposible de su postura al despertar. Lorena tenía la cabeza recostada sobre su mano izquierda y con las yemas de los dedos rozaba su pelo. A los pies de la cama encontró las vendas y los trapos rotos, y la cuchara de madera partida en dos por el mango. Observó su mano izquierda para ver si había algo distinto, una cicatriz o alguna señal de autonomía, pero seguía igual. 

Entró al baño y abrió el grifo con la mano derecha, sin siquiera mover un dedo de la izquierda. Se enfocó en los puntos cicatrizados donde los dientes del tenedor habían penetrado. Esperó varios segundos a que el agua saliera caliente. Entonces la izquierda se adelantó, se desenganchó de sus piernas y cerró el grifo. 

Con firmeza, Lorena fue a la cocina. Encendió la tetera con agua y aguardó hasta que hirviera.

Después de un rato, el chillido agudo indicó que el agua estaba lista. Lorena llevó la tetera hacia el fregadero, colocó su mano culpable, la izquierda, sobre la tarja. Gotas de agua hirviendo comenzaron a caer sobre los dedos. Pero la mano hizo un movimiento abrupto contra la tetera y la inclinó sobre la cara de la mujer echando toda el agua hirviendo sobre sí misma. Sintió el calor atravesarle la boca y metérsele hasta los orificios de la nariz. La piel se abrió de inmediato y brotes de sangre se le abultaron entre los pliegues de los labios y la barbilla.

El grito de dolor llegó después. Solo entonces Lorena comprendió su condena. La mano izquierda había quedado intacta.

Santiago Rafael trabajó como reportera de espectáculos en la Ciudad de México, y como creadora de contenido en una Organización no Gubernamental. Al poco tiempo descubrió que lo suyo era el mundo de las letras y se dedicó a estudiar la maestría y el doctorado en Literatura y
Estudios Visuales. Ahora se dedica a dar clases de español y vive en el este de Escocia con
su pareja y dos gatos.

Escritora invitada
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