Héctor Justino Hernández, Tu cuerpo es la casa que habitamos, México, Reservoir Books / Penguin Random House, México, 2026, 200 pp.
Ayer por la tarde, en esos momentos de ocio que la mayoría tenemos, me encontraba viendo reels por Instagram y curiosamente me topé con el de un perfil llamado “rarosyfelices” (me gustó el nombre), donde mencionaba algo interesante: “Leer no es sólo descifrar signos en una página; es una intervención neuroquímica en tiempo real”. Según este perfil mencionaba que la lectura hace posible desplazar el sistema nervioso del estrés a la calma… Yo agregaría que no sólo desplaza al sistema nervioso, desplaza al cuerpo mismo a través de sus múltiples pasajes. Esta idea me llevó a pensar en cómo concebimos la idea del cuerpo en la actualidad: ¿un saco de piel?, ¿un costal de emociones?, ¿un territorio apolítico o político?, ¿una prisión de la consciencia?, o tal vez un hogar que necesita habitarse.
De acuerdo con algunas lecturas, el cuerpo dentro de la literatura homoerótica contemporánea ha estado inmerso en revisiones y críticas constantes, disputando represiones, violencias y marginaciones sexogenéricas, las cuales han ayudado a visibilizar asuntos sociales e intelectuales. Sin embargo, la enunciación de estas disidencias se pudo lograr gracias a la legitimación de su discurso artístico, el cual problematizó al cuerpo, no sólo como objeto de deseo, sino también un lugar en cuestión para ocupar, morar y vivir. Por ejemplo, en 1940, García Lorca en su poema Poeta en Nueva York, ya daba cuenta de un cuerpo adulto habitado por un niño interior, que esquivaba hoteles con sabia máscara, mientras era arrastrado por un fuego ilimitado de pasión bajo el torso del narrador. Más adelante, en 1980, José Donoso en su libro Este domingo invitaba de alguna forma a otra lectura del cuerpo algo “contraproducente”, como él le decía, pues en ese imaginario revivía pasajes familiares con rumbo a la casa de la abuela del protagonista, justo cuando su papá lo obligaba a subir al auto para ir a visitarla. En la infancia del narrador, no se suele rondar el espacio vehicular a su antojo, más bien lo hace en una disposición silenciosa, y cautelosa, con tal de ganarse la aprobación, y, sobre todo, los ojos del padre mediante una sonrisa, y así recordarle su existencia.
Así como Lorca y Donoso, Héctor Justino Hernández hace una labor prodigiosa, con una mirada íntima y sensible en su libro Tu cuerpo es la casa que habitamos, donde nos muestra que el cuerpo no sólo se habita desde lo endógeno u orgánico, la carne o los huesos, se habita también desde lo sensorial: se siente, se expresa, se sana, se hiere, se comunica, o se calla, y desde lo objetal: una habitación, una caricia, una carta, unos labios. El cuerpo ficcional del autor es una casa llena de emociones, memorias e incontables identidades, pues no sólo nos lleva a dimensionar la residencia del cuerpo en sus diferentes rincones y dimensiones, también nos circunscriben en que existe una posibilidad de habitarlo desde la otredad: amistades, familiares, objetos, música, olores o el primer amor; todas las subjetividades posibles e imposibles se vuelven tímidas ventanas que invitan a quien lee sus páginas a adentrarse al mundo de un joven que está por terminar la preparatoria, atrapado en momentos intensos de descubrimientos, pérdidas y transiciones ambientados en la quisquillosa y ficcional ciudad de Xalapa.
Justino, como me gusta decirle, entreteje el trasfondo identitario desde cuatro hilares corporales que pude notar en esta lectura: 1) el primero es la identidad corporal a través del objeto visual y sonoro: es decir, para alguien que creció con referencias como Hey Arnold!, Harry Potter, videojuegos como Age of Mythology, o artistas como David Bowie o Foster the People, sabe que la narrativa de cada persona deriva de los rasgos característicos de aquello que nos permea; llegamos a admirar, empatizar o familiarizarnos con la personalidad o rasgos de algunos personajes mediante la estética, intereses, emociones, como un posible sentido de pertenencia y proyección. Sin embargo, para el chico de la novela, lo identitario también recae en otro tipo de objetos inconcebibles como un bóxer blanco, que el protagonista hurga dentro del baño de su amigo íntimo Daniel sin que él se percate del ultraje, únicamente para habitarlo en la intimidad.
2) El segundo es la identidad corporal a través del otro: no sólo su amigo Daniel se vuelve un espejo insistente en la conformación de su yo del personaje como ese despertar homoerótico juvenil; su mejor amiga Carmen, y hasta su tía, quien se hace cargo de él después de la pérdida de sus padres, se convierten en catalizadores y posibles espacios “seguros” donde el protagonista puede explorar su ser sin el peso del juicio social. En esos mutismos y abandonos indescifrables de los personajes, la triada se convierte en un refugio que él nombra “hogar”. Su tía, por un lado, le hereda el gusto melancólico por los libros y la música, y por el otro, Carmen es su cómplice y testigo de su día a día, la persona con la que comparte crisis existenciales, dudas sobre el futuro, y obviamente, su atracción por Daniel, que a su vez descubre y explora su deseo en un refugio erótico.
3) El tercero se trata de la identidad corporal a través de los espacios, caminos y calles de Xalapa: la geografía urbana se vuelve un hogar que también habita el personaje; la ciudad deja de ser un simple escenario y se convierte en la vida interior, el deseo y rareza del joven. Es interesante cómo Justino emplea y moldea el ir y devenir del personaje mientras recorre las calles como Ávila Camacho o Clavijero, en Xalapa; moviéndose a través de las baldosas “de un verde mohoso” de Los Lagos, los cuales reflejan no sólo el sentir del chico, sino el clima melancólico por el que él se simboliza en ese limbo emocional. Esos lugares los habita de manera inestable y asimétrica dándole un tono nostálgico a la novela.
Y finalmente, 4) el cuarto, y el más poderoso creo, es la identidad corporal a través de la soledad: la orfandad y el aislamiento no sólo lo confunden, sino que lo fuerzan a reinventarse, a cicatrizarse, a crear una nueva identidad. Lejos de pensar que la soledad puede ser considerada algo negativo, en este caso, ese aislamiento le permite procesar su orientación sexual, sus deseos y expectativas, desde citas a ciegas o comentarios dejados en Metroflog. Esa integración identitaria chocante y constante no es, para nada, un proceso cómodo, mucho menos sencillo. Su propia corporalidad se volverá el único abrigo con el que puede contar, ya sea como hogar físico o como hogar para habitar.
A modo de cierre, la novela, entonces, nos plantea el tema del olvido como única forma de nitidez posible para el protagonista: enumerar los sucesos de la vida hace más fácil rescatar la memoria, menciona el joven. El autor una vez nos más invita a ingresar y nos deja habitar este relato para no solo pensarlo como un cuerpo literario, sino también para abrazarlo como un tumultuoso epicentro de tragedias donde los recuerdos que yacen colgados en nuestra interioridad constantemente se caen tras la anemia de las frágiles paredes que forjan nuestro ser; y nos hace entender que, al final, no queda de otra que volver a acomodarlos para darle forma a esto que llamo HOGAR. Por algo lo menciona: “Tu cuerpo es la casa que habitamos, el oscuro templo que nos resguarda”, pues a veces, y concuerdo con Justino, la duda ante el olvido y el abandono, a veces, “termina por convertirse en la mejor manera de quedarse”.

Russel Manzo Vázquez: es un narrador mexicano. Licenciado en Lengua Inglesa por la Universidad Veracruzana. Maestro en Ciencias Sociales y Humanísticas por el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica. Ha participado en revistas como Círculo de Poesía y LiminaR: Estudios Sociales y Humanísticos. Becario del Festival Interfaz issste-cultura “Los signos de rotación”. Becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Chiapas. Publicó el libro de cuentos La curiosidad mató al macho (2018).



