Tres poemas de Hazzel Yen

Qué placer llegar al fondo del lecho
tras la faena del ocio,
sin que el cuerpo se resista a la caída,
hundirse en el blando seno de una nube,
recorrer los campos agrietados por los astros,
pasear por los techos
entre los páramos palpitantes del ensueño.

Llegar hacia aquellas épocas en las que la gente
aún osaba murmurar,
porque temía despertar algo terrible,
hermoso e inmenso,
que cintilaba encima de sus cabezas,
aquello que no necesitaban explicar.

Les bastaba mirar la noche brumosa
y colosal, lacerada de galaxias crepitantes,
para sentirlo, para atiborrarse de su poesía
y extasiarse de su silenciosa incertidumbre.

Hoy, en esta mañana eléctrica y agitada,
cargada de ruido y de certidumbre,
olvidamos el sigilo, el susurro.

Y cuando el cielo, despiadado y endurecido,
lanza una tempestad sobre nosotros,
tememos, callamos,

como en aquellos tiempos.

Volvemos al poema

Porque caemos en la cuenta de que aún no sabemos
nada, del todo.

Las ciudades ya no tienen final
son cualquier punto
cualquier deshuesadero
sus calles son lo que entra en los labios
la impureza de los alimentos
lo que cae de los árboles hacia las cajas
antes de madurar.
En ellas, la vergüenza es un animal moribundo 
Lo que desconocen quienes trafican con osamentas de antiguos dioses 
para justificar el aumento del IVA.

1967

Si una voz, una sola, se desprendiera
de entre las rigurosas columnas de acero,
alguna que se uniera al alarido
del hombre desnudo que espera la bala,
yo también gritaría.

Elevaría mi voz hasta alcanzar el alarido del niño,
aquel cuerpecillo marchito y resquebrajado
en el umbral de una ciudad a la que le han borrado el nombre.

Mi voz sería el clamor de aquella mujer ultrajada entre el cieno.

Por seis puntas, seis penes,
y dos arterias azules que se hinchan hasta reventarse
y salpican de furia a la niña que rompe sus pulmones,
suplicando que liberen a su madre.

Y ya sin voz, muerde el silencio.

Su herida sería la franja
por donde los hombres caerían hacia el vacío
y nacerían nuevamente, ya sin mancha.

Pero no me atrevo.

Aquí, frente a la luminosidad
letárgica que me desconecta,
los miro
mientras todo se derrumba.

Como música de fondo: la voz de Dios,
la risa de un idiota,
misiles despedazando cuerpos.

Una voz metálica murmura 144 mil nombres.

Luego, el presentador de CNN pronostica lluvia
y tempestades para mañana.

Hazzel Yen (Durango, México), es una artista multidisciplinaria de origen mexicano-chino radicada en Estrasburgo, Francia. Su obra transita entre poesía, música, dibujo y creación escénica, explorando el arte como espacio de memoria y transformación. Ha publicado los poemarios Músicas rotas (2010) y Laberintos de sal (2015).

Escritora invitada
Escritora invitada
Artículos: 131

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