[Cuatro poemas del libro Cadena de custodia (VII Premio Internacional de Poesía Vicente Rodríguez Nietzsche)]
EFECTO MARIPOSA
A los estudiantes caídos
Primero fue el silencio palpitando en los televisores,
la declaración oficial del ministro de defensa
argumentando bajo juramento que la tierra es plana
y que Dios es la patria abofeteada.
Luego fue el miedo, el llanto de la madre
al reconocer el cuerpo del hijo bajo el filo de los hospitales.
Luego fueron los gritos,
hombres y mujeres arrastrando la noche,
tropezando con el vértigo de las ambulancias.
Luego fueron las úlceras de una calle cualquiera,
el animal desvencijado,
una palabra ahogada entre el olor de su propia sangre.
Luego fue la caída, el aliento inmóvil,
el disparo directo a la cabeza. La escopeta calibre 12
midiendo con la lengua una retina hecha de preguntas.
Luego fueron las nubes lacrimógenas
que ascendían al cielo igual que los santos,
purificando las oraciones de rigor.
Luego fue la poesía y sus despedidas,
el vocablo lanzado desde el sueño, los tambores,
niños y niñas caminando sobre el agua,
resucitando el milagro de los puños cerrados.
Luego fue el día buscando sus afanes,
la sed de las alcantarillas,
los periódicos levantando la voz,
un raro aire que recorría la ciudad
de esquina a esquina, de corazón a corazón.
Luego fue el colegio y sus cicatrices,
las conversaciones de pasillo, la primera comunión,
la respiración del sol y el más largo de los viajes.
Luego fueron las canicas mapeando la tierra,
la gravedad del primer llanto,
el sudor de la mujer parturienta,
el amor igual a un hoyo negro devorándolo todo.
OLLA COMUNITARIA
A veces, el diablo asciende desde el mismo infierno
y se sienta sobre el asfalto para comer de nuestro plato.
Nunca dice nada, solo fuma un Pielroja
mientras afila su bigote con sus uñas sudorosas.
Cuando estallan las granadas, intenta gritar, sí,
pero un agua salada que desciende de los cielos le tapa la boca.
VELATÓN
Que los muertos enciendan una luz por cada uno de nosotros.
EN EL BOSQUE
Son tiempos extraños. Las nubes
como pozos grises sobre un cielo testigo de los proyectiles.
La ciudad fría.
El hambre de las voces
reflejada en los bellos charcos de la lluvia.
Ve a visitar a tu abuela enferma.
Ya no tenemos medicinas y hay poco en la alacena,
pero estos pasteles, un limón
y esta bolsita de miel le harán bien.
La niña toma su pequeña chaqueta roja
y guarda las cosas en su maleta.
No vayas por la avenida principal. Los lobos asechan.
Los árboles son escasos. Hay mucho ruido en las calles.
Las casas pálidas con sus ojos que ya no parpadean.
La niña hace zigzag entre las cuadras; evita la muchedumbre.
Las pocas tiendas de abarrotes
se apresuran a cerrar sus puertas. Al cruzar la esquina
se topa con una jauría de lobos sedientos.
Señorita. Alto ahí. Documentos.
Quítese esa caperuza.
Uno de los lobos la mira con detenimiento.
La niña saca su tarjeta de identidad.
Mi comandante, es menor de edad.
El lobo principal la vuelve a mirar,
la olfatea.
¡Abra la maleta! ¿Qué lleva ahí?
Voy a visitar a mi abuela, vive al otro lado del barrio.
Hace días que está enferma
y no tenemos cómo llevarle un médico.
Hasta el viento es sospechoso.
Le hacen una requisa exhaustiva,
pero no encuentran nada ilícito,
excepto un libro que los lobos inspeccionan minuciosos.
Déjenla seguir.
No son inusuales estos tiempos,
solo son circulares.
Los periódicos abundan
con sus notas diciendo siempre lo mismo.
Este país se queja demasiado,
dice un cazador desde su trinchera.
La época de lluvias se ha prolongado más de lo habitual.
La niña salta de una calle a otra,
esquiva las piedras regadas por el suelo.
Las campanas de una iglesia.
La tierra.
La casa de la abuela es pequeña como una naranja.
La anciana está en cama,
aquejada por la fiebre. La niña invade la cocina,
prepara un agua de panela
a la que le inyecta un poco de miel y limón.
La sirve en un pocillo sobre un plato desvencijado.
Coloca allí uno de los pasteles.
La mujer sonríe.
Apenas prueba el pastel,
pero el agua de panela desaparece del pocillo.
Abuela,
tienes unos ojos grandes,
iguales a las semillas de durazno.
Son para verte crecer hija mía.
Abuela,
tus orejas son tiernas como las caracolas del mar.
Ya he escuchado demasiado, contesta,
pero el corazón
nunca se cansa de jugar con la música.
Abuela,
tus labios están resecos. La anciana se levanta,
se acerca a la niña, la toma de las manos
y le dice mirándola a los ojos:
No olvides que a tu madre la desaparecieron,
pero luchó por sus ideas
y por tus derechos hasta el último momento.
La niña corre
bajo la luz de escarcha
que se disuelve en el bosque de piedra.
La ciudad tiembla.
Gases lacrimógenos.
Lobos y cazadores crecen junto con sus garras.
Cruza el barrio y llega hasta la gran avenida.
Miles de hombres y mujeres sobre el asfalto.
Los tambores.
La música.
Las consignas
como pájaros profundos de puños cerrados.
La niña se coloca su capucha roja:
Existe la luz.

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