Malgré tout | Pioneras de la odontología (1 de 2)

I

Mi infancia y adolescencia no estuvieron marcadas por frecuentes visitas al dentista. Me recuerdo como una niña que no sonreía fácilmente, pero debido a mi seriedad nata. Cuando obligada por la circunstancia (don Víctor el fotógrafo o mi mamá) sonreía, asomaban unos dientitos chiquitos y parejos, perfectos. También recuerdo que frecuentemente había campañas odontológicas: los dentistas (o practicantes) iban a las escuelas primarias a enseñar a los niños una buena técnica de cepillado, la importancia de la higiene bucal y al final nos daban unos mililitros de flúor, hacíamos el enjuague y listo, teníamos asegurada la salud bucal.

Conforme fui creciendo, me di cuenta de que algunos de mis compañeritos sufrían al escuchar la palabra “dentista” por todo el dolor que implicaban sus visitas al consultorio; generalmente iban por caries, muelas picadas y en la adolescencia para corregir sus sonrisas con ortodoncia ―terrible en todos los aspectos, me consta. Atribuyo mi buena salud bucal a las campañas de aplicación de flúor y a mi buen criterio cuando se trataba de golosinas. Fui al dentista para tratar una caries a los 32 años; me sentí ridícula por ser una mujer adulta que iba a atenderse una caries, un problema que asociaba con la infancia y el exceso de dulces, y al mismo tiempo me sentí orgullosa porque era la primera vez que tenía una caries. 

También en la adultez me sometí a ortodoncia porque hasta entonces pude costear el tratamiento, además, sólo tenía un diente encimado y no me acomplejaba, sin embargo, la dentista dijo que la ortodoncia no es sólo por estética sino por funcionalidad. Accedí a esa tortura medieval que duró dos años y medio.

En una de mis visitas escuché a un paciente decirle “me gusta venir contigo porque como eres mujer tus manos son pequeñas y no me lastimas cuando me abres la boca”. La dentista respondió, entre risas, “bueno, también es que las mujeres somos más delicadas en el trato… ¡y limpias!” Hasta entonces no me había percatado de que mi odontóloga era una mujer, o sea, era algo que pasó de mi atención porque no iba a su consultorio por una cuestión de género, sino porque fue el primer lugar que vi cuando una muela del juicio se abría paso en mi encía y el servicio fue tan bueno que sigo acudiendo a su consultorio. Efectivamente, la manipulación no era dolorosa y me sentía muy cómoda mientras me atendía, pero jamás lo relacioné con su género. Sencillamente, me parecía que era una buena dentista, amable y con precios razonables. 

A la dentista no la elegí por ser mujer, como a la ginecóloga.

II

Un día me dio una gran curiosidad saber quién había sido la primera mujer en estudiar odontología y en qué circunstancias lo habría hecho. Mi búsqueda arrojó lo siguiente: 

Pioneras clave en la odontología:

Lucy Hobbs Taylor (EE. UU., 1866)

Margarita Chorné y Salazar (México, 1886)

Madeleine-Françoise Calais (Francia, 1735) 

Nos ocuparemos de la historia de Lucy Hobbs.

Lucy Beaman Hoobs (Nueva York, 1833 – Kansas, 1910), fue la séptima hija de una familia humilde. Se graduó como maestra a los dieciséis años y ejerció durante diez en Michigan. Alojada en casa de unos médicos, Lucy se interesó por esta ciencia; los médicos guiaron su estudio proporcionándole libros y artículos. Sin embargo, tener interés, ambición y ganas de dedicarle la vida a algo no es suficiente, menos en el siglo xix y mucho menos teniendo condición femenina. Seguro esta fue la primera gran lección para Lucy al ser rechazada del Electric Medical College de Cincinnati por ser mujer. No obstante, hubo un rayo de esperanza: el decano de la institución le sugirió formarse como odontóloga. 

Nuevamente su condición femenina impidió que consiguiera un preceptor, pues entonces se estilaba que antes de matricularse los aspirantes debían ser ayudantes de un odontólogo. No desistió y solicitó ser admitida en el Ohio College of Dental Surgery… también la rechazaron, pero su pasión era tan evidente que el rector le ofreció trabajo en su oficina. Continuó su búsqueda de tutor académico consultando a todos los dentistas de Cincinnati y alrededores, pero no la aceptó ninguno. Finalmente fue el Dr. Samuel Wardle, recién graduado en Ohio, quien accedió y la inició en la práctica odontológica.

En 1861 abrió su primera clínica, la cual cerró al poco tiempo debido a la guerra civil. Al año siguiente abrió otra y le sirvió para obtener fama tanto por el trato como por el servicio. En 1865 asistió como invitada al 4th Annual Meeting of Iowa State Dental Society, la cual modificó sus estatutos para admitir mujeres. Lucy fue aceptada unánimemente. La American Dental Association la reclamó como delegada en su reunión anual. Allí diferentes doctores solicitaron a los rectores de los colegios y administrativos de facultades la admisión de Lucy en algún colegio dental amenazando con retirar su apoyo a la asociación si no cedían.

Lucy obtuvo su título de cirujana dentista el 21 de febrero de 1866, fue la primera mujer dentista titulada en Estados Unidos. Dedicó toda su vida a la odontología y desde 1983 la American Association of Women Dentistry concede, anualmente, el “Lucy Hobbs Taylor Award” a la mujer que haya destacado más en el avance, mejora y enriquecimiento de la odontología y en el ámbito cívico, cultural y humanitario.

En sus últimos años de vida, Lucy se dedicó a la política, luchando por mayores derechos para las mujeres en la odontología. Fue una inspiración para muchas mujeres que se dedicaron a este campo.

“La gente se asombró al saber que una joven había olvidado tanto su feminidad como para querer estudiar odontología”, escribió Lucy. 

Me llama la atención que una característica del prestigio de Lucy fue su buen trato, la misma que le elogiaron a mi dentista, además de sus manos pequeñas, o manos de mujer, y que el lado opuesto sea la gente decimonónica pensando que la odontología no era una profesión femenina. ¿Las profesiones tienen género?, ¿dan o quitan feminidad? En mi experiencia, efectivamente, las odontólogas son más cuidadosas en la atención al paciente, y el cuidado al detalle se considera virtud femenina, sin embargo no dudo que haya por ahí algún odontólogo con estas características.

Nancy Hernández García. Tengo una gran curiosidad y amor por el conocimiento. Disfruto mucho de compartir lo que sé y mis descubrimientos. La literatura es mi forma de estar en este mundo.


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Nancy Hernández García
Nancy Hernández García

Maestra en Letras por la UNAM, especialista en la narrativa de José Emilio Pacheco, usuaria constante del humor negro, muy amiga de sus amigos y lectora de poesía en su tiempo libre. @algocomoneblina

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