Mi madre pesa cuarenta y tres kilos. Lo sé porque la peso cada mañana, antes del desayuno, después de llevarla al baño, mientras ella me mira con esos ojos que ya no me reconocen pero que todavía buscan algo en mi cara. Cuarenta y tres kilos es lo que pesa una mujer que fue profesora de historia durante treinta años, que memorizó las fechas de todas las batallas de todas las guerras, que podía recitar los reyes godos en orden y en reversa. Cuarenta y tres kilos es lo que queda cuando el cerebro decide borrarse a sí mismo.
Me llamo Lucía Bermejo, tengo cincuenta y un años, y mi profesión no tiene nombre. En los formularios oficiales, donde te piden que escribas tu ocupación, yo dejo el espacio en blanco. A veces pongo "sus labores", que es la manera elegante que inventaron los burócratas para decir: esta mujer trabaja gratis.
Dejé mi empleo hace seis años, cuando el neurólogo pronunció una palabra que sonaba a marca de muebles suecos pero que significaba el fin del mundo. Alzheimer. Mi madre tenía sesenta y ocho años, una pensión de novecientos euros y ningún otro hijo que pudiera hacerse cargo. Mi hermano Andrés vive en Berlín, donde trabaja en algo relacionado con finanzas que nunca me ha explicado del todo. Cuando le conté el diagnóstico, hubo un silencio largo al otro lado del teléfono.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó.
—Cuidarla.
—¿Tú sola?
—¿Quién más?
Otro silencio. Andrés carraspeó.
—Yo puedo ayudar económicamente. Un poco. Lo que pueda.
Lo que puede es doscientos euros al mes, que llegan puntuales el día uno y que él considera una generosidad. Quizás lo sea. No tengo manera de saberlo porque hace seis años que no tengo vida propia con la que comparar.
El día tiene exactamente mil cuatrocientos cuarenta minutos. Los he contado. Es lo que haces cuando cada minuto tiene un peso dimensional específico, cuando el tiempo deja de fluir y se convierte en una sustancia densa que hay que atravesar a pie.
A las siete, la despierto. A las siete y media, la cambio. El pañal de adulto es una tecnología que alguien inventó para que la dignidad pudiera empaquetarse y desecharse en bolsas de plástico. A las ocho, el desayuno: papilla de cereales que hay que darle con cuchara porque ha olvidado cómo masticar. A las nueve, las pastillas: cinco por la mañana, tres por la noche, una constelación de químicos que no curan nada pero que ralentizan el derrumbe.
A las diez, la siento junto a la ventana. Le gusta la luz, o al menos le gustaba, o al menos su cuerpo reacciona a la luz de una manera que interpreto como gusto porque necesito creer que algo de ella sigue ahí dentro.
A las once, el fisioterapeuta. Viene tres veces por semana durante cuarenta y cinco minutos que paga la seguridad social. Es un hombre joven que le mueve las piernas con una delicadeza que me hace llorar en la cocina mientras preparo el almuerzo.
Mediodía. Comida. Cuchara. Babero. Limpiar. Repetir.
Tarde. Siesta. Vigilar que respire.
Noche. Cena. Pastillas. Pañal. Cama.
Madrugada. Levantarse cada tres horas porque grita. No sé qué grita ni a quién. Quizás recuerda algo. Quizás tiene pesadillas de sus propios recuerdos mientras se disuelven.
Amanecer. Empezar de nuevo.
Mil cuatrocientos cuarenta minutos.
Antes de esto, yo era oficinista. Trabajaba en una gestoría del centro, tenía un escritorio junto a una ventana, una planta que nunca se moría y una vida que ahora recuerdo como se recuerdan las películas vistas en la infancia: con la certeza de que ocurrió, pero sin poder precisar los detalles.
Tuve un marido. Se llamaba Pedro. Se fue cuando llevaba dos años cuidando a mi madre. No hubo discusión, no hubo drama. Una tarde llegué a casa y había una maleta en el recibidor.
—No puedo más —dijo.
—¿Y crees que yo sí?
No contestó. Se fue. El divorcio llegó por correo seis meses después. Firmé sin leer las condiciones. No tenía tiempo.
A veces me pregunto si lo culpo. La respuesta cambia según el día. Según el nivel de agotamiento. Según si mi madre ha dormido o no, si me ha reconocido o no, si ha dicho mi nombre o me ha llamado por el nombre de su hermana muerta.
Hay siete millones de personas en España dedicadas al cuidado no remunerado de familiares dependientes. Siete millones. Es una cifra que debería ser un escándalo pero que no lo es porque ocurre dentro de las casas, a puerta cerrada, en silencio. El ochenta y cuatro por ciento somos mujeres. No es casualidad. Es el resultado de siglos de un acuerdo tácito que nadie firmó pero que todas heredamos: el cuidado es cosa de mujeres. El sacrificio es cosa de mujeres. La invisibilidad es cosa de mujeres.
Cuando digo que no tengo profesión, miento. Mi profesión es enfermera, cocinera, limpiadora, psicóloga, fisioterapeuta, administrativa, gestora. Mi profesión es todas las profesiones que serían necesarias para mantener a un ser humano con vida si ese ser humano no tuviera la suerte de tener una hija que puede sacrificarse gratis.
He calculado lo que costaría pagar por los servicios que presto. Veinticuatro horas de atención, siete días a la semana. Según las tarifas del mercado, unos cuatro mil euros mensuales. Cuarenta y ocho mil euros al año. Doscientos ochenta y ocho mil euros en seis años.
Ese es el valor de lo que el Estado se ahorra porque yo existo.
Ese es el valor de lo que nadie me paga.
Mi madre fue una mujer severa. No cruel, pero tampoco cálida. Creía en la disciplina, en el esfuerzo, en que las cosas se ganan y no se regalan. Cuando yo sacaba un ocho en un examen, preguntaba por qué no había sido un diez. Cuando le conté que quería estudiar Bellas Artes, me miró como si hubiera confesado un crimen.
—Las artistas mueren de hambre —dijo—. Estudia algo útil.
Estudié contabilidad. Fui útil durante veintiocho años. Y ahora soy útil de otra manera: manteniéndola viva para que pueda seguir olvidando que existo.
No sé si la quiero. Es una pregunta que me hago a las tres de la madrugada, cuando llevo cuarenta minutos limpiando heces del colchón y ella me llama puta porque su cerebro enfermo ha decidido que soy una desconocida que ha entrado en su casa.
El amor filial, he descubierto, no es un sentimiento. Es una obligación que se disfraza de sentimiento para hacerla más tolerable.
Ayer vino Andrés de visita. Tres días. Su primera vez en dos años. Trajo un jamón ibérico y una botella de vino que costaba más que lo que yo gasto en comida en una semana.
—Tiene buen aspecto —dijo, mirando a nuestra madre.
No supe si reír o gritar. Tiene buen aspecto porque yo la peino cada día. Porque le hidrato la piel para que no se agriete. Porque la visto con ropa limpia que lavo a mano porque la lavadora la asusta. Tiene buen aspecto porque mi aspecto ha pagado el precio.
Me miré en el espejo después de que él se fuera. Tengo sesenta años en un cuerpo de cincuenta y uno. Tengo ojeras que el maquillaje no cubre y manos secas de tanto desinfectante. Tengo la espalda de una mujer que levanta cuarenta y tres kilos varias veces al día.
Andrés volverá a Berlín mañana. Dirá que ha sido muy duro ver a mamá así. Quizás llore en el avión. Y luego retomará su vida, sus reuniones, sus cenas en restaurantes, su existencia de persona que no tiene que contar los minutos.
Y yo seguiré aquí. Contando.
A veces fantaseo con el final. No el mío, el de ella. No es un deseo de muerte; es un deseo de conclusión. De que esta historia tenga un punto final para poder empezar otra. Tengo cincuenta y un años. Si mi madre vive otros cinco, tendré cincuenta y seis. Si vive diez, sesenta y uno. ¿Qué queda de una vida que se ha pasado entera esperando a que otra vida termine?
Me avergüenza pensarlo. Me avergüenza más no poder dejar de pensarlo.
El otro día encontré un folleto sobre residencias. Precios, servicios, fotografías de ancianos sonrientes en jardines luminosos. Lo guardé en un cajón y no lo he vuelto a abrir. Dos mil quinientos euros al mes. La pensión de mi madre es novecientos. La diferencia tendría que pagarla yo, con un dinero que no tengo porque dejé de trabajar para cuidarla.
El sistema está diseñado para que no haya salida. Para que el cuidado sea un laberinto del que solo se escapa cuando alguien muere.
Esta mañana, mientras le daba el desayuno, mi madre me miró. No con la mirada vacía de siempre, sino con algo que parecía reconocimiento. Duró tres segundos. Quizás menos.
—Lucía —dijo.
—Sí, mamá. Soy yo.
—¿Estás bien?
Se me cayó la cuchara. No me había preguntado eso en cuatro años.
—Estoy bien, mamá.
Asintió. Y luego volvió a irse, a ese lugar interior donde ya no puedo seguirla.
Pero durante tres segundos estuvo aquí. Durante tres segundos me vio.
Y ahora no sé si eso hace las cosas más fáciles o más difíciles.
Mil cuatrocientos cuarenta minutos. Mañana volveré a contarlos. Y pasado mañana. Y todos los días hasta que uno de los dos deje de contar.
Mientras tanto, sigo aquí. Invisible. Necesaria. Olvidada.
Sosteniendo un peso que nadie ve.
Cuarenta y tres kilos de madre.
Y todo el peso del mundo encima.

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