Crónica desde la cantina más vieja de Durango
Entro al Belmont como a las cinco de la tarde y lo primero que me pega es el frío. Afuera son treinta y ocho grados de sol seco sobre el centro de Durango, pero adentro la temperatura baja de golpe, como si el lugar guardara su propio clima desde hace décadas. Huele a desinfectante de pino, a cerveza derramada que ya se secó en la madera y, debajo de eso, a algo más viejo, algo que no se limpia: el olor acumulado de setenta años de gente sudando, fumando, llorando borracha a las tres de la tarde. Me siento en la barra. El cantinero destapa una caguama, la pone enfrente y se va sin decir nada. Así empieza todo en las cantinas viejas. Nadie te da la bienvenida, nadie te pregunta si es tu primera vez, nadie te explica la carta porque no hay carta. Estás adentro y ya.
Bruno Martínez 214-sur, centro de Durango, a media cuadra del Teatro Ricardo Castro. El Belmont abrió en 1952 y desde entonces no ha cerrado un solo día. Ocho de la mañana a medianoche. Ocho de la mañana. Hay gente que desayuna aquí con cerveza, y no voy a ser yo quien la juzgue.
La barra es de madera oscura, gruesa, con la superficie hundida en los lugares donde se han recargado más codos. Tiene esa pátina que no se consigue con barniz sino con uso: miles de antebrazos, miles de vasos puestos y levantados, miles de puños cerrados y abiertos. Detrás, las botellas se apilan sin orden aparente contra un espejo manchado que ya no refleja bien y que duplica la penumbra en vez de aclararla. Hay un televisor encendido con el volumen bajo. Nadie lo está viendo. Suena una cumbia que sale de alguna bocina que no ubico, y la música se mezcla con el ruido de la calle que se cuela cada vez que alguien abre la puerta.
Antes de la segunda caguama ya están los cacahuates con chile y limón. No los pedí. Esos llegan solos, cortesía de la casa, y raspan la garganta lo justo para que le des otro trago a la cheve. Después vienen las habas, después el caldillo de carne seca en su tazón de peltre abollado y caliente, y si te quedas lo suficiente, chicharrón prensado con su montaña de tortillas. Nadie pregunta si quieres más. Te van subiendo la apuesta y tú vas aceptando, y así te pueden dar las nueve sin que te enteres.
Lo que uno acaba encontrando en el Belmont, sin proponérselo, son los muertos. A la izquierda de la barra, medio tapada por el reflejo del televisor, hay una foto en blanco y negro donde un hombre de sombrero mira hacia abajo con cara de estar corrigiendo algo en su cabeza. Es Emilio Fernández, “el Indio”, el director de la época de oro del cine mexicano. Se sentaba solo, pedía tequila, sacaba sus páginas y no le dirigía la palabra a nadie. Durango fue set de filmación durante décadas, llena de gringos rodando westerns en la sierra, y cuando se apagaban las cámaras la gente del cine bajaba al centro y terminaba aquí. Más allá, sobre una repisa que ya no tiene nivel, hay otra foto: un tipo con los puños vendados y la mirada fija de quien acaba de ganar o de perder, no se distingue. El Maestrito López. Kid Mares. El Tun Tun Torres. Boxeadores que fueron campeones del mundo y que después de los rounds venían a sentarse en esta misma barra con los nudillos todavía hinchados. Las fotos están ahí desde hace tanto que ya forman parte de la pared, como las grietas del aplanado.
Pero el nombre que más pesa en este lugar nunca salió en una película ni subió a un ring. Se llamaba Juan Antonio Hernández y todo Durango le decía El Camote. Empezó a trabajar aquí en 1964, jovencito, y se quedó detrás de esa barra casi sesenta años. Los que lo conocieron dicen que tenía un modo de servir que no se enseña: agarraba el vaso, lo ponía en su lugar, lo llenaba sin mirar y al mismo tiempo ya estaba escuchando lo que le estuviera diciendo el de enfrente. Las manos en una cosa y la atención en otra. Dicen que nunca apuraba a nadie, que podías estar dos horas con la misma cerveza tibia y no te decía nada, pero que si pedías la siguiente te la tenía lista antes de que terminaras la frase. Sesenta años haciendo eso. Hay que hacer la cuenta de cuántas cervezas sirvió, cuántos divorcios escuchó a media voz, cuántos tipos hundidos a los que les puso la primera copa de la noche y de la mañana siguiente. El Camote decía que el cantinero tiene que ser medio psicólogo, porque a la cantina nadie viene nada más a beber: vienen a desahogar algo. Cincuenta y siete años de escuchar eso todos los días le dan a uno un doctorado que no expide ninguna universidad.
No lo conocí. Llegué cinco años tarde, y eso me jode.
Al Camote lo mataron en marzo de 2021, a los ochenta y uno, en su propia casa, en el barrio de Analco. Le partieron la cabeza con un objeto contundente. La fiscalía agarró a tres personas, entre ellas una mujer que lo visitaba seguido. Todo apunta a que fue por dinero. Un viejo que se pasó la vida entera atendiendo borracheras ajenas, poniendo la última copa a desconocidos, escuchando lo peor de la gente sin abrir la boca y lo matan en su casa por unos pesos. No hay nada bonito que sacar de ahí. No hay lección. Solo un viejo muerto por un puñado de monedas.
Lo despidieron como se tenía que hacer. Antes del entierro, el cortejo se detuvo en el Belmont y metieron el féretro a la barra que había sido suya medio siglo. Le pusieron encima un caballito de anís y dos claveles. Sonó Marco Antonio Solís, que era lo que le gustaba. Sus amigos brindaron con mezcal y lo despidieron con un aplauso largo. Después lo sacaron, y la cantina se quedó vacía un rato, con el olor a flores todavía encima de las mesas.
Cuando yo fui, atendía otro. Más joven, sin apodo, sin las anécdotas. Le calculé unos treinta y tantos. Tenía la misma economía de movimientos —destapar, servir, retirarse— pero le faltaba la memoria del lugar, esas capas de tiempo que se van acumulando en alguien que pasa décadas en el mismo metro cuadrado. Te mira, te sirve, no se mete. Le pregunté si había conocido al Camote y se detuvo un segundo con la mano en la barra, como si estuviera midiendo cuánto soltar. Me dijo que sí, de chavo, y que era cabrón para trabajar. No dijo más. En las cantinas la gente no suelta la información fácil; hay que ganársela a tragos y yo apenas iba en la segunda.
Pagué, dejé propina y salí al sol duro del centro de Durango. La luz me pegó en la cara como un reclamo. Adentro del Belmont todavía era 1964, o 1985, o 2003, todos los años al mismo tiempo, apilados en la penumbra; afuera era un lunes cualquiera de un año que el Camote no llegó a ver. Mañana a las ocho de la mañana va a entrar alguien a pedir la primera del día y se la van a servir sin preguntas, igual que se la sirvieron al Indio, a los boxeadores y a los miles de durangueños que nunca van a salir en ninguna crónica. El Camote los atendió a casi todos. Ahora atiende otro. Y la barra sigue ahí, abierta desde 1952 hasta que el cuerpo aguante.

Víctor David Manzo Ozeda (Scardavino) es escritor mexicano. Su obra —narrativa, poesía, ensayo y teatro— ha aparecido en más de ciento cincuenta revistas y antologías internacionales. Fue seleccionado en el certamen iberoamericano Ventosa–Arrufat / Fundación Poniatowska y aparece en Variantes (Universidad de Yale, 2026). Vive en Durango, México.
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