Entrar al cuarto de mi abuelo Tomás siempre significó adentrarse en un salón de la fama. Sus logros en el boxeo amateur se materializaron en decenas de trofeos que acumulaban el polvo de las décadas en sus repisas de madera, barnizadas por él mismo. Siempre di por sentado su éxito deportivo, de manera que muy pocas veces llegué a preguntarle sobre sus experiencias, sus competencias en el extranjero o las personas con quienes las compartió, algo de lo que me arrepiento profundamente.
En la casa familiar se veía el box con frecuencia. Tanto hombres como mujeres, tanto niños como adultos, llegamos a pasar varias noches sentados junto al abuelo viendo el combate de algún boxeador famoso en la televisión y escuchándolo, en ocasiones, criticar su técnica. No era una actividad frecuente, pero sí significativa para mí: una niña fascinada por los deportes de contacto desde la primera vez que los vio. Al ser de las más entusiastas, no me sorprendió que, después de que el abuelo falleció, mis tíos me hubieran heredado varios carteles de sus peleas impresos a varias tintas sobre papel revolución, los cuales no demoré en enmarcar y colgar en mi cuarto. Así, mi relación con el boxeo siempre tuvo un aire de familia.
En 1987, la escritora estadounidense Joyce Carol Oates publicó un ensayo titulado Del boxeo (On boxing). En este libro, Oates inicia afirmando que no percibe al boxeo como una metáfora de algo más trascendental, si acaso, considera más bien a la vida como una metáfora del boxeo, en la que el rival no es otro más que uno mismo. Según la autora, el boxeo es autorreferencial. La vida es boxeo y el boxeo, boxeo es.
La vida es como el boxeo en muchos e incómodos sentidos. Pero el boxeo sólo se parece al boxeo.
El más trágico de todos los deportes, según Oates, entraña la latente idea de la muerte. Esta característica genera la intensa y aparentemente improbable relación entre este deporte y la literatura. El boxeo, del subgénero dramático «tragedia», desemboca necesariamente en la fatalidad. Es la presencia de un destino ineludible, del cual los protagonistas tienen pleno conocimiento cada vez que suben a la lona. Al igual que la tragedia griega, el boxeo posee una esencia de teatralidad, un público que intuye el desenlace fatídico y unos protagonistas en búsqueda de catarsis. Sin embargo, existe una discrepancia significativa: el boxeo, a diferencia de la tragedia, proviene de la marginalidad, no es un ejemplo del proceder de las clases privilegiadas. Mi abuelo dejó de boxear cuando nació su primera hija, consciente de aquella idea de la muerte que inunda los cuadriláteros y mantiene a la audiencia al filo de la butaca. Una muerte que a veces se hace carne, como la provocada por el último nocaut que recibió el coreano Duk Koo Kim de parte de Ray Mancini en 1982. Hay una curiosidad insana al acercarse a un deporte en el que la muerte es siempre una posibilidad. El boxeo es un gusto que nunca puede ser moderado, pues tiene que brotar por todos los poros del cuerpo para compensar esa oscura presencia. El boxeo es, por naturaleza, excesivo.
Cuando el fan del boxeo grita “¡Mátalo!, ¡mátalo!”, no está revelando ninguna patología o retorcimiento individual y peculiar, sino afirmando su común humanidad y parentesco, por distante que sea, con los miles y miles de espectadores que atestaban los anfiteatros romanos para ver gladiadores luchando a muerte.
Este año, a mis treinta de edad, decidí comenzar a practicar box. Probablemente mi abuelo hubiera estado feliz con esa decisión. O tal vez no. Era un hombre tan construido con el molde de su época como impredecible para recibir los cambios ideológicos propios del paso del tiempo. A veces se adaptaba, a veces no lo suficiente. Hubiera soñado con escuchar sus consejos, con aprender de él cómo pararse en la lona, cómo defenderse y cómo acomodar los brazos. A pesar de ello, he sido absolutamente feliz. He aprendido a construir un espacio de desahogo ante el estrés cotidiano (que es mucho). Desde la infancia he practicado actividad física: futbol, tenis, basquetbol. Todos son deportes en los que cada entrenador me pidió moderar mi fuerza, no excederme, pues tendía a volar pelotas y golpear rivales. Por eso, al llegar al boxeo y escuchar que la fuerza era una cualidad deseable y explotable, comprendí que había llegado a mi lugar.
Para Joyce Carol Oates, la labor de un boxeador se asemeja a la de un escritor: hay arduas horas de preparación para concluir con un producto, que es lo único “público” en el proceso. Este proceso necesariamente implica un dolor físico, psicológico, emocional. Encuentro algo de poético en el movimiento del cuerpo, aunque éste esté orientado a generar violencia. Un jab, el inicio perfecto, es el primer verso, el que sirve para medir la distancia con el rival-lector, conocer el cuerpo y corazón ajeno. Hay sinalefas en los movimientos defensivos, en ese movimiento pendular, en esa «u» que une golpe y golpe. Por otro lado, el upper se me antoja una figura retórica: es el acecho constante del sentido, preparado para emerger y derribar desde lo más profundo. La escritura y el boxeo le permiten a su ejecutor hacerse dueño y partícipe de su territorio. En el boxeo he aprendido a conocer mi capacidad, sentir el contacto del guante con la superficie áspera de un costal, cortar el viento con un gancho, y eso se ha convertido poco a poco en una necesidad.
Que los hombres peleen entre sí para determinar la valía (es decir, la masculinidad) excluye a las mujeres de forma tan absoluta como la experiencia femenina de dar a luz excluye a los hombres.
El boxeo es un deporte tradicionalmente asociado con la masculinidad. Incluso es esa vinculación la que se extiende entre las páginas de Del boxeo. Oates indica que, para muchos, los boxeadores están enojados porque son hombres, y el enojo se convierte en un preámbulo a la dominación. El boxeo surge entre las clases oprimidas a partir de la imposibilidad de enfrentarse al sistema que las oprime: uno se enfrenta a lo que tiene a la mano, como actividad catártica de sustitución. Oates identifica el papel de la mujer en el boxeo como marginal: es la chica con cartel en mano que anuncia cada round, un complemento decorativo y nada más. Es lo marginal dentro de lo marginal. Por lo tanto, también tiene sentido reconocer, como oposición, un componente inherentemente femenino en la transformación de la rabia en arte. Lo femenino, como el boxeo, implica habitar el cuerpo y defenderlo ante una amenaza de conquista.
Las mujeres, cuando observan un combate pugilístico, tienden a identificarse con el boxeador que pierde, o el que está herido; los hombres suelen identificarse con el ganador.
Me imagino entonces como espectadora de un diálogo entre Joyce Carol Oates y mi abuelo. ¿El boxeo puede habitar lo femenino? ¿Lo femenino en el boxeo representa lo marginal dentro de lo marginal? Él, hombre de su época, destacaría los atributos de un buen boxeador técnico, pero poseería el amor necesario para comprender que esa misma pasión puede existir en femenino. Ella, destacada pluma, compartiría su visión de espectadora, ansiosa por analizar esa innegable relación entre la rebelión del cuerpo y la experiencia femenina que por tantas décadas ha sido callada.

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