Existe en varios pueblos de Aragón una costumbre que tal vez sea única en el mundo, la de los tambores del Viernes Santo. Se tocan tambores en Alcañiz y en Híjar. Pero en ningún sitio con una fuerza tan misteriosa e irresistible como en Calanda
—Mi último suspiro, Luis Buñuel
Un mar de túnicas moradas comenzó a latir cuando se alzó el mediodía en Calanda, un sueño de adolescencia. Fueron los tambores del Viernes Santo, una tradición mística labrada en el cuero de la memoria de Luis Buñuel.
Desde la pubertad mostré una inherente fascinación por el surrealismo. El cine de Buñuel me encontró y no me soltó. A través de Los olvidados, Un perro andaluz o El ángel exterminador (des)conocí el mundo. Las imágenes que se reflejaron en los ojos saltones del cineasta poeta me trazaron en 2025 el camino hasta Calanda, ese pueblo diminuto en la provincia de Teruel (que, dicho sea de paso, sí existe) en el que nació un 22 de febrero de 1900. Moví cielo, mar y tierra, e incluso las ruinas de Belchite, para lograr vivir un Viernes Santo en Calanda y explorar los entresijos de aquella extraña sinergia entre la literatura y el cine que definió la obra de Buñuel. Una obra de contrastes hecha por una vida de contrastes.
"Cuando los soldados de Napoleón entraron en Zaragoza, en la VIL ZARAGOZA, no encontraron más que viento por las desiertas calles. Solo en un charco croaban los ojos de Luis Buñuel. Los soldados de Napoleón los remataron a bayonetazos".
—Palacio de hielo, Luis Buñuel
Poca gente sabe que Luis Buñuel se aferró a la idea de ser escritor antes de decidir que su camino estaba en el cine. Escribió relatos, poemas surrealistas e incluso teatro, todo aquello construido con el pincel de las greguerías de su maestro Ramón Gómez de la Serna. Su primitivo sueño de ser escritor, al servicio de la revolución surrealista, posee un valor enorme que la historia de la literatura no le ha querido dar.
Para Buñuel, la escritura era el trabajo ideal, pues dependía enteramente de él, mientras que hacer cine involucraba una ingente cantidad de colaboradores. Lo curioso es que cuando escribió guiones casi siempre recurrió a coautores, como se puede ver a lo largo de una filmografía que comienza con la colaboración de Salvador Dalí. Contraste. Asimismo, a pesar de ese afán renovador que le inculcó el surrealismo, esa búsqueda incesante de novedad, realizó alrededor de dieciocho adaptaciones literarias al cine, que incluyen obras tan representativas de la tradición española como Tristana y Nazarín, de Benito Pérez Galdós. A esta última, Buñuel le incorporó en su desenlace el sonido atronador de los tambores de Calanda. Contraste absoluto.
El tambor, alma trastornada, es el protagonista de la llamada “Rompida de la hora”. Esta tradición consiste en que miles de personas ataviadas con túnicas moradas se reúnen en la plaza principal de Calanda al mediodía para comenzar a tocar tambores al unísono, luego prosiguen con varios ritmos diferentes, y después van caminando por las calles del pueblo mientras continúan tocando durante veintiséis horas continuas. Lo experimenté durante sólo una hora y me pareció tan hipnótico que me resultaba fácil perder el equilibrio. Me hice consciente de mi propio cuerpo, de mi propio latido y de lo desgastada que se hallaba mi noción del espacio y el tiempo ante una amenaza de sonoridad tan grande. El surrealismo, decía André Breton en su primer manifiesto, es un automatismo psíquico puro que pretende expresar el funcionamiento real del pensamiento. Los tambores de Calanda son el surrealismo: una brújula que (des)orienta, un pulso que se ensaña con el tímpano. Se encuentran por las calles dos grupos de tamborileros que tocan a dos ritmos distintos y termina por imponerse el grupo más apto. Biología. El tambor está vivo. No sólo habla, sino que construye sílabas, palabras, poemas, cadáveres exquisitos. Para Buñuel, a semejanza de su admirado Ramón Gómez de la Serna, los objetos tenían psicología, una voz que pocos están dispuestos a escuchar.
"Seguramente lo inanimado nos dará amplios temas. Es cierto, que muchas veces se hizo hablar algún objeto desprovisto de vida, pero siempre lo hacen como un ser humano o superan en lirismos al mejor poeta. Existe la expresión lírica o filosófica pero no la psicológica innata a ellos: esa tremenda y complicada psicología aún tan sin estudiar".
—Tragedias inadvertidas como temas de un teatro novísimo, Luis Buñuel
Hay varias teorías sobre el nacimiento de esta tradición. Algunos dicen que representa el estruendo que cimbró la tierra tras la muerte de Jesucristo, aunque otros más le atribuyen un origen histórico: unos pastores habrían avisado con tambores a los pobladores de Calanda la aproximación de un ataque árabe que buscaba aprovechar la distracción provocada por el Viernes Santo. La religión opuesta a la historia. El anticlericalismo de Buñuel, motivado por el más profundo temor a Dios, encontró una de sus principales motivaciones en una celebración religiosa. Al hablar de contrastes, pienso entonces en la pregunta que me hizo el Dr. José María Villarías (cuyo fallecimiento apenas el año pasado debería lamentarse por cualquier rincón del mundo), durante la defensa de mi tesis en torno a las obras literarias de Ramón Gómez de la Serna y Luis Buñuel: “Si es conocida la misoginia de Ramón Gómez de la Serna, ¿se le debe seguir leyendo?”. Mi respuesta también lanzó una crítica a la perspectiva vital de Luis Buñuel, aquel hombre cuyo inculcado temor a Dios terminó por definir gran parte de su vida: “Y Luis Buñuel era tremendamente homofóbico, visible por ejemplo en su relación con Federico García Lorca… Considero que se debe continuar leyendo a estos autores, que no concuerdan con nuestros valores, sin pasar por alto sus acciones, nombrándolas y sometiéndolas a la crítica”. Él concordó. Si hay algo que le agradeceré eternamente al Dr. Villarías es haberme planteado esa pregunta. La rebeldía y el tradicionalismo constituyen aquella irrepetible fuente de contraste que fue Luis Buñuel.
La sordera que acompañó la vejez de Buñuel, un contraste más, le impidió volver a mimetizar los tambores de Calanda con los latidos de su corazón. Lo pienso y el hecho me resulta una tremenda injusticia de la vida. A pesar de todo, los tambores han permanecido sin él en la Semana Santa de Calanda como un oxímoron: la tradición de la eterna sorpresa.
Para cerrar esta columna, comparto un soneto que le escribí al pueblo de Calanda, en mi visita de aquel Viernes Santo, 18 de abril de 2025:
Entre milagros y melocotones
encuentra un pueblo su mayor sentido
y en tambores habita su latido
que anda, golpe a golpe, entre sus pasiones.
La vida desconoce su sonido
pero Calanda le da corazones
en cada brazo de sus mil peones
para que olvide ya cuánto ha sufrido.
Quiso en Calanda dejar un legado
el que con la navaja cortó un ojo:
se oye hablar como francés exaltado.
Cuando el cuero golpea con despojo
en el Viernes Santo hasta el más cansado
pide a la muerte vivir a su antojo.

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