Álvaro arrojó un manotazo al aire cuando el zumbido de una mosca penetró en sus oídos como si quisiera aventurarse en las profundidades de su oreja. Gruñó exasperado. Un olor repugnantemente dulzón, parecido al de la basura caliente, impregnaba la sala de tal modo que ni siquiera las flores o las decenas de inciensos que su mujer había encendido por toda la casa podían mitigar el hedor. La carne olvidada de Dolores atraía una tormenta de insectos que revoloteaban sobre ella y buscaban refugio en los rincones más cercanos.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí de pie, en la cabecera de la mesa, observando atentamente el cuerpo de su hija. Ni siquiera podía recordar con exactitud el momento en el que se retiraron los vecinos o cuándo fue que su mujer, luego de lavar los platos, besó su mejilla y subió las escaleras con cuidado hasta su habitación. Lo único que ocupaba sus pensamientos en aquel instante era Dolores. Dolores entregada al tiempo y su piel grisácea e hinchada. Dolores y sus párpados gordos, reventados de venas negras. Dolores y sus labios agrietados y entreabiertos, como si en cualquier instante un suspiro fuese a salir de allí aunque, en aquel momento, solo se le salían las moscas.
Álvaro levantó su botella de caña y le dio un sorbo que le empapó el mentón. Era difícil saber el momento exacto en el que las cosas se tornaron de ese modo.
El primer recuerdo que tenía de Dolores fue el instante en el que nació. La niña había sido prácticamente un milagro. El prolapso del cordón umbilical cortó su flujo sanguíneo y su ritmo cardiaco bajó de manera alarmante, lo que provocó que María fuese sometida a una cesárea de emergencia. Cuando la sacaron del vientre tuvieron que aplicarle primeros auxilios hasta que la garganta de la bebé se desgarró en un llanto que liberó la tensión de todos los presentes. Los meses posteriores no fueron sencillos, pero los médicos les habían asegurado que Dolores podía tener una vida normal.
Su hija había sido una gran exploradora. No había cumplido el año y ya podía ponerse de pie sola y desplazarse por los espacios sin tener que sostenerse de los muebles o de sus padres. Le encantaba imitar a María cuando hablaba por teléfono, todo lo nuevo que descubría se lo metía a la boca para probarlo y ya sabía identificar órdenes, personas e incluso animales. A María le asustaba la pronta independencia que Dolores abrazó con tanta naturalidad —la ansiedad le provocaba picazón en los brazos y a veces tenía que ponerse crema sobre los rasguños—, pero era Álvaro quien alentaba los logros de su hija con la seguridad de que, al crecer, se comería al mundo. “Dolores vino aquí con un propósito” le dijo a su mujer una vez, “estoy seguro de que Dios tiene unos grandes planes para ella”.
Una noche, cerca de la cena, Dolores no paró de llorar. Por mucho que trataron de alimentarla, distraerla, sobarle la pancita o tratar de invitarla a tomar una siesta, el llanto no se detuvo. La irritabilidad de la niña solo pudo ser consolada por el agotamiento que la misma implicó. El cansancio la venció pasada la una de la mañana. María quiso llevarla al médico lo más rápido posible pero Álvaro, agotado de tener que lidiar con la ansiedad de su mujer y los lloriqueos de la niña, la convenció de ir al día siguiente, pensando que posiblemente se trataba de una infección en el estómago.
Pero Dolores amaneció muerta en su cuna.
La autopsia reveló una pila botón que ocasionó una perforación en el tracto digestivo, lo que le provocó una hemorragia interna que la mató mientras dormía. Álvaro no podía dejar de mirar la fotografía del objeto redondo y podrido sobre una gasa manchada de coágulos negros y verdosos.
El sonido de una gotera llamó la atención de Álvaro y descubrió un pequeño charco de líquido espeso y oscuro que se extendía, hambriento, debajo de la mesa. Mañana tendrían que volver a trapear. Dejó la botella de caña a un lado de su hija y se dirigió a la cocina para buscar algunas servilletas que usó para cubrir el desastre en el suelo. El cuerpo le pesaba. La rigidez en sus hombros era casi tan molesta como el agudo dolor de cabeza provocado por la peste caliente que sofocaba la casa entera. No tuvo las fuerzas para volver a levantarse. Se quedó allí, de rodillas frente a la mesa, observando el cadáver de Dolores deshacerse poco a poco dentro del capullo de cobijas blancas con las que estaba envuelta. Estiró su mano hasta la botella de caña y le dio otro sorbo.
La muerte tan prematura de su hija fue como una mutilación. María parecía haber envejecido en cuestión de unas cuantas horas, su cabello perdió todo brillo y sus ojos se volvieron opacos, casi nublados por una manta pesada de color blanco. Había gritado tanto desde el momento en el que encontró a Dolores que ya ni siquiera podía hablar sin lastimarse. No miraba a Álvaro y él tampoco se atrevía a hacerlo. No quería encontrarse con los ojos de su mujer en aquel instante. No podría lidiar con todo el dolor que emanaba de ella en silencio. No cuando sabía cuánto lo culpaba incluso si no le había dirigido la palabra desde que les dieron la noticia. Lo que más le pesaba a Álvaro era que sabía que ella, en su mutismo, tenía toda la razón.
La imagen de la pila le había penetrado en la mente de tal manera que, cada vez que cerraba los ojos, podía ver la toxicidad derretida con pedazos de la carne interna de su hija pegados en su superficie metálica. No cabía dentro de sí el hecho de que algo tan diminuto, tan aparentemente inofensivo, podría llevar tanta muerte por dentro.
María se resistió a llorar hasta que estuvieron a solas en la sala de espera, aguardando a que les entregaran el cuerpo de su hija. Álvaro la miró por el rabillo del ojo encogerse hasta volverse pequeña y romper el sepulcral silencio con un doloroso gemido. “Mi niña, mi niña linda”, murmuró con el aire atorado en los pulmones antes de desgarrarse la garganta en un grito que la derribó al suelo. Fue entonces cuando él intercedió y la tomó de los hombros, tratando de levantarla, pero María aventaba golpes al aire y chillaba cosas incomprensibles para alejarlo. No le quedó de otra más que permanecer allí, de pie, esperando a que su mujer despegara la frente del suelo o que viniera alguien más a tratar de ayudarla.
Fue ella quien decidió que la velaran en casa, pero desde entonces su mente se paralizó. Ya no lloraba, en cambio reprimía su dolor enterrándose las uñas en los antebrazos. Parecía que tenía pintadas unas líneas porosas hechas con las crayolas rojas de Dolores.
A Álvaro le parecía haber encontrado, en el fondo de su mente entumecida, el momento en el que la grieta monstruosa del dolor se acentuó hasta que María perdió la cabeza. Fue la noche siguiente luego de que el ataúd de Dolores se instalara en medio de la sala. María entró en la habitación con los pies descalzos y sacudió a Álvaro al tomarlo de uno de sus hombros para despertarlo, aunque ni siquiera estaba dormido. Le susurró que tenía que ver algo, que Dolores estaba ahí, que seguía allí con ellos. Era la primera vez que lo miraba a los ojos desde aquella mañana en el hospital.
María le explicó que, mientras velaba sola el cuerpo de Dolores, sintió el aroma de su talquito acariciando su nariz. Como si de pronto la niña hubiera pasado caminando a su lado. Cuando abrió los ojos encontró a Dolores dormida dentro del cajón, pero la sentía. Sentía que su hija estaba allí, que la estaba escuchando. “Le pedí que me mostrara la calma y me la dio con su presencia. Sigue aquí, Álvaro. Mi niña linda sigue aquí. Tenías razón, ella vino a este mundo con un propósito, y lo acaba de encontrar”.
Álvaro se sentó sobre la cama para observarla mejor y la mujer le mostró los antebrazos limpios. “Me quitó el dolor” le explicó casi temblando, “me quitó los rasguños. Es un milagro, Álvaro. Dolores es una Santa”.
María ni siquiera esperó a que amaneciera cuando ya había sacado a Dolores de la caja y la había acomodado en el centro de la mesa del comedor, arropándola con las cobijas de su cuna para que no fuera a rodarse. Llamó a su madre, a sus hermanas, a sus amigas e incluso a los vecinos más cercanos para que fueran a la casa a pedirle cosas a Dolores, porque su niña era una Santa y las Santas podían cumplir milagros. Muchos se negaron, algunos miraron a María con resignación, pero la curiosidad y la morbosidad hizo que otros más quisieran comprobar las palabras de la madre mutilada. Le pedían a Dolores que interviniera en sus males, sus muertos y sus deseos. El velorio se convirtió en un espacio en donde la gente iba a pedirle favores a la niña Santa y ella, supuestamente, al cabo de algunas horas o un par de días, les cumplía sin falta. La noticia no tardó mucho tiempo en volar por el vecindario.
Dolores curó espantos y enfermedades crónicas que parecían no tener un buen pronóstico, como sucedió con Santiago, hijo de una de las vecinas más allegadas de María, quien tuvo una exitosa operación de su cardiopatía luego de que su madre le rezara a la niña Santa por dos días y una noche. También alivió molestias físicas menores, pues el padre de Rosaura afirmó que su hija había superado con creces el dolor de su ciática luego de dejarle un par de ofrendas a Dolores. Álvaro escuchó que su hija ayudó a tener partos seguros, que consiguió empleos y que incluso cuidó de los hijos de Cristina, quienes estaban por cruzar la frontera.
La gente que la visitaba se iba muy agradecida, le llevaban regalos como flores, dulces, ropita y juguetes. Todos felicitaban a María, tratándola como si hubiera parido uno de los regalos más grandes que Dios creó para este mundo. Las ofrendas crecían casi tanto como las peleas entre Álvaro y María cuando la casa se quedaba vacía por la noche. “¡Ya basta, María!” él le gritó al punto del quiebre, “detén todo este circo, por favor. Ten algo de respeto por tu hija y démosle un descanso digno, ¡mira cómo la tienes! ¡Mira lo que le estás haciendo a su cuerpo!”. Pero ella le pedía que no dijera esas cosas, que no le volviera a quitar a su bebé, no otra vez. Entonces Álvaro se callaba. Se callaba porque la culpa le cerraba la garganta, porque la mirada de María se afilaba con rabia, porque la imagen de la pila podrida le reventaba los pensamientos.
Así pasaron casi quince días y la gente tuvo que dejar de besarle las manos a Dolores porque su piel ya había empezado a desprenderse. A pesar de que María trató de disfrazar el aroma cambiándole las cobijas todos los días y rodeándola de flores e inciensos, algunos de los creyentes tenían arcadas mientras le rezaban a la niña. Por mucho que María espantara a las moscas y a los bichos, ellos encontraban la manera de meterse en la casa, de meterse en Dolores, de comer de la carne pútrida de Dolores. El cadáver negro casi había doblado su tamaño debido a la hinchazón. María sonreía enternecida cuando unos silbidos agudos y fuertes escapaban de la niña de vez en cuando y miraba a su marido con ternura. “Es que tiene gases mi bebé”.
Álvaro dejó la botella vacía a su lado en el suelo y observó el rostro ya irreconocible de su pequeña. De la punta de su naricita se asomaban un par de larvas que se retorcían y se frotaban entre sí con la esperanza de volver a encontrar refugio debajo de la piel. Entonces sintió que el alcohol le dio la valentía que necesitaba para, por fin, darle cabida a las lágrimas silenciosas que rodaron por sus mejillas hasta morir en su mentón. Un lamentable gemido abandonó sus labios y dejó caer su frente y sus brazos sobre la mesa. Extendió una de sus manos hasta que encontró la manita de Dolores y la apretó con más fuerza de la que quiso. La carne blanda de la niña se le escurrió entre los dedos y sintió sus pequeños huesitos contra su piel. Otro gimoteo le quitó el aire. Su niña, su bebé. Él también quería sanar su dolor. También quería sonreír como antes, jugar con Dolores, hacerle peinados chistosos que hicieran reír a María y tomar siestas largas en el sillón con ella a su lado. Necesitaba ser liberado con urgencia. “Mi chiquita” dijo entre sollozos, “regrésate, Dolores. Aunque sea lo último que hagas. Aunque sea el último milagro que cumplas. Cúrame a mí también, bebita”.
Los ebrios balbuceos le llenaron la boca y el cansancio lo adormeció entero. El peso de su propio cuerpo ejerció una presión intensa sobre todo su ser aletargado. Se permitió cerrar los ojos por unos cuantos minutos, abatido por la fatiga.
Hasta que una pulsación extraña lo despertó. Levantó la cabeza y observó el estómago de Dolores hundirse al mismo tiempo que su pecho se infló en una gran bocada de aire. El bulto sobre la mesa se retorció como las larvas y unas flemáticas sibilancias abandonaron los labios de la niña. Dolores sufrió unos leves espasmos. Su rostro se frunció, viscoso, ante el revoloteo de las moscas espantadas y entonces abrió la boca. Un gutural y quebrado sonido salió de su garganta destrozada, prolongándose de tal manera que Álvaro sintió agujas en los oídos. La niña paró un instante para tratar de tomar aire pero algo le inundó los pulmones podridos, ahogando su quejido, ocasionando que la hemorragia negra saliera a borbollones de su boca. Dolores soltó otro burbujeante gemido antes de que su quijada emitiera un crujido y se saliera de su lugar, escurriéndose de la misma manera en la que su carne fétida se le derretía de los huesos.
Entonces todo se quedó en silencio una vez más. El cadáver ya no se movía.
El aroma de la descomposición aumentó y las moscas volaron despavoridas de un lado a otro, pero ni siquiera eso hizo que Álvaro pudiera levantarse o soltar la mano esquelética de su hija. Sentía su cuerpo casi tan rígido como el de Dolores.

Maya Oliva (Xalapa, Ver. 2000) es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por parte de la Universidad Veracruzana. Ha publicado en revistas como Pérgola de humo, Imagisaurio y Tóxicxs. Fue becaria de la FLM Xalapa 2023 y su cuento “Bombón” recibió una mención honorífica en el PNEU 2024.



