Narrativa | Cinco fragmentos Pelusianos, por Martha Elisa Camacho Alcázar

En el año de los Santos Dioses del 2156, durante la catalogación de los fondos del antiguo monasterio de San Jerónimo de las Aguas, fueron hallados cinco fragmentos atribuidos a la enigmática Pelusa de la Fuente. Aunque durante siglos se creyó que se trataba de una alegoría, estudios recientes sugieren que la autora fue, en efecto, un gato doméstico. Dichos fragmentos fueron recopilados por la Inteligencia Humana que, de forma elemental y por demás primitiva, hízose cargo de la manutención vital del felino, de ahí que no conserven más orden que el aleatorio y la mera belleza de acumular palabras por hacerlo, en un sentido que alguna vez conocimos como ‘poesía’ y agrupamos bajo ‘minificción’ o algo así, de acuerdo con la Inteligencia Humana autora. Cada uno contiene alusiones a la obra de personas de su entorno, son una muestra curiosa de filosofía arcana y, con seguridad, pruebas de naturaleza afectiva. Los presentamos para su análisis hasta el último bit, como un tesoro curioso de pretéritas épocas, cuando la Humanidad se cernía en desorden sobre nuestro hoy ordenado mundo.

(…) Pelusa no es un gato. Es una estudiante cuidadosa de mecánica de fluidos, atenta al flujo laminar —a punto estuve de poner liminal… y tal vez así lo sea— del filtro de agua. Vigila muy de cerca el llenado, filtración y goteo; controla con su patita la llave y cuánto inclino yo la jarra de llenado para producir ruido y burbujas en la superficie del vital líquido. Genera ecuaciones de turbulencia, cuantifica el caos y me mira, dudando de mi propia solución. Desaprueba mi física y plantea la siguiente incógnita con elegancia, curiosidad y acierto. Lleva meses observando el experimento. Aún no determina cuál puede ser mi utilidad.

Ocúrreseme entonces que los humanos somos de una ineficiencia preternatural tan profunda que parece formar parte de la estructura misma del Universo, qerj kfdnfjhm9456i76ñh68h.765o´.ñ{f{vñqewod4o5k,f87hk,q´w+qret,kgo74jh,6´3wgj´w5069iun563´50lq2ýkgi6’0pekcbkor90568745’0¿2 djfy658’101pc507659n6añlñlf’oekfdvlhn.yú´t7jn.ñ (Oh, Pelusa sobre el teclado y la disertación ¿se arruina? Dejémosle así…)

que no puede ser resuelta por ningún tratado, por ninguna convicción, y solamente la caridad de los dioses reinantes más la fe pueden darnos alguna esperanza. Y después de un maullido y un bostezo concluyo: hay felicidades naturales y las hay asombrosas, y hay felicidades que son ambas, que debemos aceptar como un don, callar y no cuestionar de dónde vienen.

(…) Sábese también que las ballenas no existen y los cetáceos son un mito creado por los extintos activistas para invadir los océanos, hacernos sentir responsables de las aguas saladas que no podemos beber y del mundo en el que hemos quedado. Y, sin embargo, es algo que Pelusa sabía hace mucho, mucho tiempo; escuchaba cada una de nuestras conversaciones sobre yubartas, sobre inteligencias que las hacían hablar, sobre gente con la capacidad de comunicarse con ellas y escuchar sus infinitos y míticos cantos. Solamente nos desaprobaba, nos miraba y  sonreía desde su interior. Pelusa atendía tales relatos con paciencia. Después nos observaba, considerando con cuidado religioso nuestra necesidad de inventar explicaciones grandiosas para cosas que quizá no comprendemos, ya fuera la turbulencia del agua o las cosmologías humanas durante el acto de lamer con parsimonia su pelaje entero. 

Y en ambos casos llega a la misma conclusión; los fenómenos son interesantes, los humanos, desconcertantes.

(…) Posa su patita Pelusa sobre el dibujo que puede sonar ahora o puede mirarse demasiado simplista de esta nahuálida postapocalíptica dictada, creada por el magnífico alumno del santo —tres veces santísimo sea su nombre— Leibowitz y piensa, ¿En qué momento pensamos que nuestra monja Jerónima guiada por sus Primeros Sueños sería capaz de guiarla a su vez a través del desierto radioactivo? ¿En qué momento pensamos que podíamos llegar a las estrellas vía las miras de una monstrua enamorada?  Y Pelusa escarba entonces bajo la sábana, tratando de encontrar al ratón de trapo, sabiendo que son pensamientos inútiles, que no llegaremos a las estrellas más allá de nuestra propia esperanza. Concluye entonces; el día ha ido rápido, lleno de sombras, ceniza y acaloradas tristezas. No hay mejor remedio que la siesta.

(…) Hablaba de Madronado o de Nebro en vez de Nervo, o se confundía entre constancia, consonancia, parálisis y diálisis, y de repente no sabía cuál era la palabra correcta. 

Y, sin embargo, cuando el texto no era suyo, la corrección era impecable. El cuadro pintado era indiscernible de la obra entera. Se podía ver belleza, se la podía leer en cada letra. No había ni un solo símbolo fuera de su sitio. ¿Por qué le ocurría esto? Para Pelusa, la conclusión era sencilla. Pensaba demasiado rápido, a una velocidad que no permitía que sus dedos respondieran. ¿Y era eso lo que la volvía alien, lejana, inentendible? No lo sabemos, pero era muy divertido leerla. Nos reíamos mucho. Y cuando yo reía, Pelusa podía dormir tranquila; la conclusión de esta cosmogonía era simple como lo son todas. El desorden es necesario para confortar al orden y mantener la risa pese a cualquier llanto.

(…) En el culmen más bajo de todas estas filosofías, Pelusa deplora cuando lloro, me muerde, intenta romper el equilibrio, estasis enfermiza y delirante. No le gusta que yo piense en él, lo detesta. Aunque yo nunca lo he hablado, jamás tocamos ese tema. Directamente puedo percibir su disgusto. Lo expresa en bufidos, en maullidos molestos, lo expresa en pequeñas mordidas, lo expresa en su patita sobre mi cara. Cosas existen que no vale la pena estar reciclando y una de ellas es el amor no correspondido. Por supuesto, ahora que ambas escribimos y que ella se ocupa en clasificar todas sus filosofías mientras contempla a los pajaritos desde la ventana, llega a la conclusión que tal vez mi mente puede ser sanada, aunque mi corazón no fue salvado. Y eso me da un poco de chance o de perdón o de esperanza o tal vez incluso de reconstrucción. Entonces me mira, suspira, se ríe por dentro y se duerme otra vez.

La lluvia de la tarde nos acompaña a ambas.

Martha Elisa Camacho Alcázar (Zacapu, Michoacán, octubre 26 de 1963). Premio Nacional de Cuento ‘Efraín Huerta’ 1990. Algunas menciones honoríficas que  no me acuerdo. Cuentos publicados en Asimov Ciencia Ficción en Español y en varias antologías del género, así como en las revistas Espejo Humeante, Fanzine Delfos Colectivero, Anapoyesis, y miembro activo del Gran Colisionador de Textos Especulativos desde 2021 y de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México desde 2019. Miembro del Club Star Trek México Base Aztlán, USS Carroll, USS Erasmus, Capitán.

Escritora invitada
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