El tiempo lo transforma todo como ha transformado esto que escribo. El pasado 25 de abril, en la presentación en línea del primer número de Palabrerías (segunda época), una revista digital mexicana de corazón veracruzano, el director Lu Mejía evocó la desaparecida La Peste, otra revista del país que gozó de 39 saludables números de 2011 a 2020. Me agradó que la mencionara, y no porque esté aludiendo a mis colaboraciones —aunque asumo que será lo que se piense—, sino porque en verdad la extraño. Extrañar: tratar como a un extraño. ¿La extraño, porque trato a la revista, quiero decir, a mi recuerdo de ella como algo extraño?
No deja de extrañarme esta contradicción entre el verbo y el sustantivo. Es que el texto debió haber comenzado diferente. En 2017 escribí un ensayo biográfico sobre William Chester Minor (1834-1920) debido a que Daniel Sánchez Poitevin, el editor en jefe de La Peste, me lo encargó para el número 29, dedicado a la tragedia (mi texto, por cierto, está bellamente ilustrado por la artista salvadoreña Jennifer Teresa Dahbura, a quien le agradezco su aportación, ya que hiló muy fino lo que no sé si supe expresar). Mientras preparaba la colaboración, me enteré de que se filmaría una biopic de Minor, porque la biografía que Simon Winchester escribió al respecto era todo un best-seller en el mundo angloparlante. Antes de entregarlo, me deshice de la engorrosa nota al pie en la que puntualizaba que el libro se adaptaría para la pantalla grande. Desde entonces la película se estrenó. Para quien desee verla, me reservo mi opinión, porque no deseo extenderme más en mí.
Me pregunto por qué Robert Louis Stevenson ambienta la trama de Jekyll y Hyde, la ficción epónima del doble de la literatura moderna, en la fecha indeterminada “18—”. Quizá Stevenson no aclaró el año para conferir misterio a la historia o quizá no lo hizo porque no quería que se leyera como una alegoría de su tiempo. Lo cierto es que el texto no precisa más que unos cuantos personajes para transmitir el ajetreo de la metrópoli decimonónica y el crimen a la hora del día —y de la noche. Me pregunto si Minor llegó a leer The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde y pensó en sí mismo. Cuando se publicó, en 1886, Minor pasaba de los cincuenta y llevaba 14 años confinado en el asilo criminal en Broadmoor, ubicado en la ciudad de Crowthorne en el condado de Berkshire, Inglaterra. Pese a que no puedo comprobarlo —y no me interesa hacerlo—, quiero creer que leer a Stevenson lo hizo acordarse de su vida.
La nouvelle de Stevenson fue un éxito inmediato. Aunque el argumento es conocido, no está de más recordar que gira alrededor de las pesquisas del abogado Utterson sobre un tal Hyde, quien sospecha que algo tiene que ver con Jekyll. Y así poco a poco se va develando la identidad cambiante de su amigo. Pero también quiero creer que Stevenson pudo haberse inspirado en Minor. No es absurdo suponer que si la historia de Jekyll y Hyde se difundió a fines del siglo XIX, Stevenson, lector empedernido como era, pudo haber leído la “Tragedia de Lambert”. La prensa calificó así el asesinato que Minor cometió el 7 de febrero de 1872 en aquel distrito de Londres, un barrio de la clase obrera célebre por sus prostitutas.
Resulta que Minor alucinó que George Merrett, un fogonero y padre de una prole numerosa, se metió a su morada a vigilarlo al pie de la cama. Agobiado y armado, Minor corrió a la calle. Era de noche y el destino no estaba de buen humor. Merrett había ido a trabajar a la hora de siempre para apoyar a Eliza, su esposa embarazada, y a sus seis hijos, pero Minor se encontró con él y empezó a perseguirlo. No mucho después Minor lo mató de un solo tiro al cuello. El hecho se volvió un escándalo, porque los tabloides alegaban que los delitos a mano armada jamás habían ocurrido en Lambert, al contrario de cuán comunes eran en Estados Unidos. No sin cierta ironía, el perpetrador venía de allí.
Como se sabe, Hyde comete toda sarta de fechorías. Pero el deceso de Merrett no es violencia gratuita ni ocurrió porque sí, por lo menos no desde la perspectiva de Minor. Según sus declaraciones, estaba genuinamente convencido de que Merrett se metió a vigilarlo mientras dormía. Además, su casera testimonió que preguntaba sin cesar si hospedaba irlandeses, instándola a echarlos, pues abundaban en Lambert. Corre la leyenda de que Minor le marcó la cara a uno de ellos con un hierro al rojo vivo por haber desertado el Union Army y el irlandés empezó a hostigarlo en sueños. ¿Minor confundió a Merrett con el tránsfuga que supuestamente marcó o quizá la ensoñación lo llevó a otro rumbo? El caso es que ejerció como cirujano del ejército durante la Guerra Civil estadounidense y que se aficionó a las prostitutas una vez que terminó el conflicto. Lo que explica por qué se mudaría a Lambert. Entonces lo comisionaron a servir en Nueva York, donde acaso fue feliz. Pasó la mayor parte de su tiempo libre frecuentando a las sexoservidoras. Su actitud despertó sospechas y lo internaron en unos asilos. Pero no mostró mejoras y lo liberaron. Se le permitió recrearse como mejor conviniera. De modo que se fue a combatir a sus fantasmas a Londres.
Winchester (1999: 196) afirma que la vida de Minor se desarrolla como una lenta tragedia. Presa de su mente, Minor zozobra entre la realidad y la alucinación, en aquel mundo que la mayoría de nosotros no puede ver, lo que me evoca el momento en que Gabriel Conroy, el protagonista de “The Dead”, presencia las formas del más allá:
His soul had approached that region where dwell the vast hosts of the dead. He was conscious of, but could not apprehend, their wayward and flickering existence. His own identity was fading out into a grey impalpable world: the solid world itself, which these dead had one time reared and lived in, was dissolving and dwindling. (Joyce 2004: 412)
Así como hay algo de razón en el caos que Hyde provoca, algo parecido ocurre con Minor. Su transgresión no es resultado del azar sino de su condición. Por ello no se le imputó el asesinato. Se resolvió recluirlo en el asilo de Broadmoor hasta que se le otorgara el “Placer de Su Majestad”, según dictaba la sentencia legal del Reino Unido para ciertos oficiales del ejército. Tenía treinta y siete años. Permanecería allí otros treinta y ocho.
Al contrario de lo que Stevenson relata, el infortunio hace emerger la otra cara de Minor, a Jekyll y no a Hyde. Es decir, el encierro no lo atormentó. Por ser pensionado del ejército y su buen comportamiento se le asigna un par de celdas interconectadas del bloque dos, un espacio reservado para los internos sin epilepsia, tendencias suicidas y sin inclinaciones de dañar a los otros. Minor convierte el calabozo en su santuario privado y lo vuelve un paraíso para bibliófilos, puesto que la vastedad de su biblioteca se compone de libros raros que les compra a los anticuarios famosos de la época como Bernard Quarich. En eso lo visita Eliza, la viuda de Merrett, que a la postre lo perdona. Como Minor y su madrastra acuerdan mantener a la familia venida a menos, Eliza lo visita por años para llevarle los volúmenes que los libreros no podían entregarle de manera directa.
¿Qué es lo que afectaba a Minor? En aquel entonces no estaba diagnosticada su condición (Berrios et al., 2003: 113), aunque se ha especulado que probablemente era esquizofrénico. No nos corresponde, me parece, juzgarlo por sus actos, lo que se antoja fácil de hacer a la distancia. Lo que no podemos negar es que era bibliófilo y que tenía una indiscutible inclinación por el arte.
Precisamente la palabra “arte” es la que cambia su vida. En 1884, dos años antes de que Stevenson publicó su nouvelle, James Murray, editor en jefe del Oxford English Dictionary, dictó una conferencia sobre la dificultad de trabajar con palabras como “arte” en comparación con otras de uso más acotado o limitado. Se concibió este diccionario para reemplazar los lexicones previos y se procedió más o menos como lo hizo Samuel Johnson, que entonces era muy conocido —y todavía lo es— por hacer un diccionario cuyas entradas léxicas se ilustran con citas de la literatura. Por supuesto, Murray deseaba mejorar el método de Johnson, de tal manera que se propuso registrar el carácter vivo de la lengua por medio de un criterio diacrónico —es decir, que ocurre a lo largo del tiempo— en oposición a uno sincrónico —que, en contraste, se manifiesta en tal o cual época. Este proceso lingüístico se conoce como lematización. Se refiere a cómo una palabra se vuelve un lema, o sea, la palabra que precede a un artículo del diccionario.
A pesar de contar con un generoso cuerpo de lexicógrafos y expertos, Murray no podría concretar un proyecto de tal ambición (y dimensión) sin voluntarios. Aun cuando ofrece proporcionar el material si el interesado no cuenta con él, al principio no se recibieron muchas colaboraciones. Minor, por cierto, contribuye con al menos 27 entradas sobre “art” que encontró en los Discourses de Sir Joshua Reynolds. En cambio, otros voluntarios aportaron dos entradas cuando mucho. Si Jekyll se transforma en Hyde con pociones y polvos, Minor pone en práctica una técnica inusitada y así busca incansablemente la mayor cantidad posible de entradas para el diccionario. Antes las alucinaciones lo transformaron y ahora lo hacía el arte.
Hijo de misioneros, Minor sintió fascinación por los idiomas desde chico, aunada a su voracidad lectora. La vocación de su padre lo atrajo a los libros a temprana edad. Su don de lenguas, pues, es anterior a su ingreso en la Escuela Médica de Yale, donde se recibió como cirujano. Minor envía tal cantidad de entradas que, según Murray, su sola aportación abarcaría cuatro siglos del diccionario. Evidentemente se conocieron. Murray fue a verlo varias veces al asilo de Broadmoor. Entablaron una cálida e interrumpida amistad, que no acabó cuando Murray se enteró de que Minor era recluso de un nosocomio. Aun así, ninguno llegó a ver la concreción del panléxico.
Todas estas ambivalencias nos hacen pensar en la dualidad de Minor y, por extensión, en Jekyll y Hyde. Sobre todo subrayan su condición. El otrora cirujano del ejército trababa la entrada de las celdas por las noches, temeroso de que lo envenenaran al dormir. Años más tarde terminó por castrarse con un cuchillo para libros intonsos para no masturbarse más, lo que hacía bastante. Mientras se desangra peligrosamente le avisa con tranquilidad al guardia que precisa atención médica urgente. Por disposición de Churchill lo regresan a su tierra natal y reingresa en St. Elizabeth’s, uno de los asilos donde lo confinaron años atrás. Se le diagnostica con demencia precoz, que a la postre se redefiniría como esquizofrenia. Le permitieron pasar sus últimos días en la casa de su hermano Alfred, quien heredó las compañías productoras de porcelana de sus padres. Minor murió a los 85 años de una bronconeumonía.
Ignoro si Stevenson se inspiró en Minor, pero me gusta imaginar que pudo haberlo hecho. Antes del desenlace, Jekyll le dice a Utterson que el ser humano “is not truly one, but two” (Stevenson 1998: 520). ¿Alguna vez Minor se sintió así, habitado por dos personas? No lo sé. Lo que sé, lo que creo saber, es que acaso se transformó y vivió dos vidas o en dos mundos. Transformé este ensayo en otro, porque el extraño caso de William Chester Minor no es una mera tragedia. También es memoria, como lo es lo que ahora escribo.
Referencias
Berrios, German E. et al. “Schizophrenia: A Conceptual History”, International Journal of Psychology and Psychological Therapy, vol. 3, núm. 2 (2003), 111-140.
Joyce, James. “The Dead”, A Portrait of The Young Artist as a Young Man y Dubliners. Intr. y notas. Kevin J. H. Dettmar, Barnes & Noble Classics, 2004, 373-412.
Stevenson, Robert Louis. Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, The Complete Short Stories, ed. e intr. Charles Neider, Da Capo Press, 463-538, 1998.
Winchester, Simon. The Professor and the Madman. A Tale of Murder, Insanity, and the Making of the Oxford English Dictionary, Harper Perennial, 1999.

Julio María Fernández Meza (Veracruz, 1985) es un escritor, crítico literario y docente mexicano. Es Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México y Candidato a Investigador Nacional por la SEHCITI. Ha publicado textos en medios nacionales e internacionales y ha obtenido distinciones de creación y de crítica literaria.


