Narrativa | Algo te habita | Edgar Quiroz

No es fácil para ti, Humberto. No puedes evitar que perforen tus venas, que tomen tu sangre para determinar que ya no eres tú. Hay algo siniestro que controla tu vida ahora: muchos lo llaman castigo, otros le temen por ignorancia. Nadie lo entiende, pero es una maldición incomprendida. Un ente que solo puede dominarse con la rutina exacta de las horas. Da miedo, sí, por la sombra siniestra que arrastra. Es el otro jinete bíblico, teñido del rojo más vivo. Te arrebata la identidad, la patria, todo. ¿Te reconoces, Humberto? Ahora eres la sangre, la autocompasión, la soledad definitiva. Eres la muerte encarnada, el diablo asomado entre la libido.

Porque dejaste de ser lo que eras cuando te tomaron por sorpresa. Sí, ese día en el que fuiste poseído por el mismo demonio.

Nunca supiste cómo ni cuándo ocurrió. Solo te citaron en la zona más antigua de la ciudad, donde las casas coloniales aún resisten tras tantas tragedias. Debiste desconfiar: hasta las desgracias más íntimas se entreven en esos escenarios. A cada monstruo le viene bien un castillo tenebroso. Abrieron la puerta y, con una amabilidad sobrehumana, el dueño te ofreció un café oscuro que aceptaste por cortesía. Debiste sospechar de aquel recibimiento tan familiar para un encuentro casual. “No eres de aquí, ¿verdad?”, te dijo. “No”, respondiste, y con esa palabra tu sentencia quedó sellada. Debiste huir cuando la temperatura de la casa descendió y la noche cayó a las tres de la tarde. Pero no lo hiciste. Entraste. El pasillo que conducía a las habitaciones era angosto, y las puertas, blancas y aparentemente selladas, carecían de pomos o cerraduras. Quizá era un efecto de la penumbra. Él abrió la puerta de su cuarto, que parecía estar a un kilómetro de distancia. “No enciendas la luz, por favor. No me gusta”, susurró al entrar. “No pasa nada”, respondiste, aceptando el ritual sin cuestionarlo. Hiciste lo habitual en esas ocasiones: quitarte la camiseta con lentitud provocativa, los pantalones, quedando en boxers y calcetines blancos. Lo miraste con curiosidad: no se parecía a sus fotos. Era más atractivo, aunque algo en su boca torcida, una mueca entre el cinismo y el erotismo, te inquietó. Tal vez era la oscuridad.

La misa negra comenzó en una cama blanda. El aroma a palo santo envolvía el aire, y las palabras del deseo actuaron como dagas que abren pechos. Él se jactaba de ser «el hombre más hombre», y le creíste porque anhelabas afecto, un instante de reconocimiento mutuo. El espejo de la habitación reflejó lo que fuiste antes de dejar de ser humano. La luz tenue se apagó, y te convertiste en carne viva, en dientes desgarrando piel. Bestias dispuestas a matar, pulmones inflamados por alientos abrasadores. La habitación era el infierno, y un cuerpo extraño, cubierto de racimos de carne morada, te devoraba en silencio. No es tu culpa: los demonios adoptan formas horribles para habitarnos y robarnos la inocencia. No hubo conjuros durante la masacre, solo gruñidos animales, suspiros de bocas venenosas y la promesa de una vida juntos. Porque vivir en soledad es una maldición; nadie soporta su propia compañía eternamente. Necesitamos imponer nuestra presencia a otros para aligerar el peso existencial.

Le creíste, y en ese momento firmaste tu tragedia. Le abriste paso a la maldición en tu sangre. Pobre Humberto: tenías miedo, y aun así aceptaste al monstruo. Estabas solo. Necesitabas sentirte escuchado, amado aunque fuera un momento. La vida cambia en un minuto; dejamos de ser dueños de nuestro cuerpo. No pudiste evitar que el exceso de carne te abriera como un cordero sacrificial para Satanás. Anhelabas palabras de consuelo, un abrazo ante la incertidumbre del señor oscuro... Solo despertaste en una habitación con espejos rotos, un altar siniestro con una cabeza de macho cabrío y la soledad grabada en tus palmas. Él no estaba. Nunca estuvo.

No fue un sueño, aunque intentes convencerte para calmar la culpa y el miedo por los bufidos de aquel ente carnoso. Él desgarró tus vísceras, quebró tus huesos y dejó en ti el sello de pertenencia al Diablo. Dios te abandonó en un fluido. Saliste de la casa a las 3:15. Fueron minutos que duraron horas, días, años. El tiempo se detuvo en tu sangre sin que lo supieras. Caminaste con la seguridad de un guerrero victorioso: “No pasa nada. Confiemos en nuestros pensamientos; no atraigamos tragedias”. Te repetías para mitigar la culpa de no haber cuidado tu cuerpo.

Llegaste a casa. Aún no pasaba nada. Los mismos cuadros de familiares honorables y de buenas costumbres. Debías ser como ellos, los grandes hombres que te dieron apellido, los que construyeron esa casa con sudor. Hombres de los que el mundo debería enorgullecerse. Ningún otro tipo valía. Pensaste que todos, sin excepción, eran pájaros en jaulas, no libres, sino adornos en paredes agrietadas. Hombres que prefirieron ser jaulas antes que volar. ¡Te creías superior! Por saber quién eras... sin darte cuenta de que algo ya te habitaba. No un parásito, sino otro tú, el niño que temía perderse en la multitud.

Tus noches jamás fueron iguales. Llevabas dentro el germen de algo ajeno creciendo, ocupándote. Ya no eras tú, algo más hacía arder tu piel, mientras tu esqueleto ansiaba convertirse en polvo de panteones. Pasaron semanas y todo volvió a la normalidad. Pensaste en una infección cualquiera, pero recordabas el rito, la cabeza de macho cabrío, tu cuerpo expuesto a la oscuridad. No quisiste admitir que aquello quería salir, ser nombrado con todas sus letras. Reconocerlo sería rendirte, aceptar que “ellos”, los de las fotos, tenían razón. Que fueron más hombres que tú.

Creíste que todo pasaría. Así somos, esperamos que el miedo se justifique para evitar enfrentar las caras de la muerte. Pero no fue así. Llegaron pesadillas, cansancio crónico, enfermedades semanales... Lo atribuiste al estrés. Era más fácil decir “estoy estresado” que admitir “tengo aquello que temo”.

Se te acabó el tiempo. Tu cuerpo gritaba que algo se encarnaba en ti. Pobre Humberto, antes robusto, fuerte y alegre, te redujiste a las ruinas de un hombre abandonado. Dejaste de ser Humberto para ser el despojo de un cuerpo castigado por la sed de amor. Sentías lástima de ti mismo. “Debí cuidarme”, era tu mantra. Pero era tarde. De noche, te miraste al espejo y viste lo que temías, la soledad del enfermo, la sentencia de morir como un apestado. Eras las manos piadosas de un moribundo, los ojos tiernos de una abuela despidiéndose, la resignación ante una tumba convertida en hogar.

“Vamos al médico”, te decían. Pero ¿cómo ir? Si ya no eras tuyo. “No puedo, mamá. No soy tu hijo. Soy la boca de otro ser, sangre envenenada. Mi voz es el eco de algo que me quema”. Tu madre te vio caer. Años de cariño se redujeron a un hijo destruido por su humanidad. Sin saber cómo actuar, te levantó con fuerza desesperada. “Vamos al hospital”. Te llevaron a urgencias. La vida se te escapaba mientras analizaban tu sangre con escrúpulo casi religioso. Fuiste millones de nombres perdidos en la bruma del miedo, pero también risas, amor, amistad... el hijo que nadie rescató de una enfermedad sin nombre.


Edgar Eduardo Quiroz García (Estado de México, 1998). Escritor e investigador. Cursa la maestría en Teoría literaria en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha publicado poemas en Cardenal Revista y Revista Kametsa, también es parte de la antología Poetas jóvenes de la UAM. Adicional a esto, es community senior y creador de contenido digital.


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