Microrrelatos | Diccionario breve del idioma japonés | María Gorodentseva

…En Japón entendían las cosas del espíritu.
Cuando algo les salía mal se arrancaban las entrañas…

Sylvia Plath, La campana de cristal

Shinrin-yoku

(lit. “baño de bosque”: la práctica de pasear por el bosque para mejorar la salud mental)

Un día, Takashi, un agente inmobiliario mortalmente cansado, decidió aprovechar una práctica popular y salió a caminar por el bosque. Todos a su alrededor afirmaban que unas horas en la naturaleza aliviarían el estrés y calmarían sus nervios, lo cual era justo lo que necesitaba. Sin embargo, él no tuvo en cuenta que no todos los bosques son aptos para “bañarse”.

Muy temprano, Takashi subió a un autobús y se dirigió a un sombrío bosque cerca del monte Fuji. Lleno de esperanza, se adentró en el “Mar de Árboles” —el bosque de Aokigahara— y, sin darse cuenta, se ahogó.

Kodokushi

(lit. “muerte solitaria”: un fenómeno en el que los fluidos que se escapan de un cadáver dejan la silueta de una persona en el suelo)

Cuando sus hijos eran pequeños, Akiko Sakimoto siempre corría de un lado para otro: preparaba para ellos el desayuno y la cena, los recogía del colegio y los llevaba a la piscina y a las actividades extraescolares.

Cuando los niños crecieron, sus antiguas actividades —natación, dibujo y coro— dejaron de interesarles. Empezaron a disfrutar de las reuniones con sus amigos en casa, jugando videojuegos y, a veces, incluso tomando. Akiko Sakimoto nunca se opuso. Simplemente salía del departamento y se sentaba pacientemente en un banco del parque cercano, esperando a que los amigos de sus hijos se fueran.

Cuando los hombres —sus hijos, ya adultos— se mudaron de casa y se casaron, Akiko Sakimoto se regocijaba en silencio de su felicidad conyugal. Nunca los visitaba, por miedo a enfadar a las nueras con un comentario inoportuno o avergonzar a los hijos con su apariencia humilde.

—¿Cuándo fue la última vez que la llamaron? —preguntó el hijo mayor, mirando la silueta oscura arraigada en el futón—. No sabía que es tan pequeña...

Sus hermanos permanecieron cabizbajos, sin encontrar las palabras para responder.

Ikigai

(lit. “la razón de ser”: aquello por lo que una persona vive y en lo que encuentra alegría y satisfacción)

—¡Ya es hora, ya es hora! —casi cantaba el viejo Hiroshi, mirando el reloj de pared—. ¡Ya es hora, ya es hora!

Se acercó al espejo y se alisó con cuidado el pelo ralo y grasiento de su cabeza casi calva. Se fajó la camisa de color azul claro, que se había soltado del cinturón, por dentro del pantalón. Luego se rascó la entrepierna y sonrió satisfecho.

Cerca de la puerta principal, en la mesita de madera había cinco teléfonos móviles. Con destreza, como si fueran cartas y él un mago, los agarró y los metió en un bolso.

Por los smartphones y los pasajes de ida y vuelta a Pekín había pagado una fortuna, pero había valido la pena. En Japón es imposible conseguir los móviles silenciosos: todos los dispositivos intentan delatarte con un clic fuerte al tomar una foto. “¡Qué bueno que, por lo menos en el extranjero, todavía se respete la privacidad de uno!”, se lamentaba a menudo.

—¡Ya es hora, ya es hora! —canturreó de nuevo Hiroshi.

La jornada escolar casi terminaba, y él todavía tenía que llegar a la estación de tren. Por sus años de experiencia, sabía lo importante que era encontrar el sitio perfecto en el vagón para “la caza”: apoyarse en la barandilla a la izquierda de la puerta de entrada.

—¡Ya es hora, ya es hora! —se guiñó un ojo al espejo.

El corazón de Hiroshi latía alegremente. Imaginó con lujuria cómo pasaría el resto de la tarde hurgando con el lente bajo las faldas de chicas desprevenidas y tomando fotos de sus bragas blancas con sus silenciosos smartphones chinos.

—¡Ya es hora, ya es hora!

Hikikomori

(lit. “estar en aislamiento”: reclusión social y física voluntaria)

—¡Tres, dos, uno... ¡Ahora! —ordenó el ingeniero jefe de demolición, y el edificio residencial de ocho plantas en el oeste de Osaka se derrumbó como un castillo de naipes.

Un par de minutos después, el polvo se asentó y los técnicos vieron un enorme vacío donde recientemente se alzaba una casa. Aunque la llamaban así más por costumbre: todos los habitantes habían sido reubicados hacía nueve meses. Los hombres intercambiaron miradas alegres y se dieron palmaditas en los hombros. Esa noche irían a un bar o a un karaoke para celebrar el trabajo bien hecho.

Cuando todos los trabajadores se marcharon, el ingeniero jefe sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. Dio unas caladas y arrojó las cenizas a los escombros.

—Cenizas a las cenizas, polvo al polvo —dijo casi en un susurro, una frase que había oído en alguna película extranjera—. Que todo lo que yace bajo estos derribos encuentre la paz…

Luego apagó el cigarrillo con la punta del zapato y caminó lentamente hacia el coche.

... Que en paz descansen las radios viejas y los gruesos volúmenes de manga con páginas amarillentas. Las puertas shoji rotas y los tatamis podridos. Los kotatsu inservibles y los juegos de té que se regalaron en aniversarios y bodas, los álbumes de fotos llenos de recuerdos y los rollos de seda de colores que nunca llegaron a ser cosidos para hacer kimonos. 

Que en paz descanse Keiko, una mujer de cuarenta años, que se negó a salir de su habitación ni siquiera bajo amenaza de muerte. Y sus padres ancianos que no pudieran dejarla sola...


María Gorodentseva (1994, Moscú). Escritora y traductora. Cuenta con varias publicaciones en revistas digitales y en antologías de cuentos, tanto extranjeras como nacionales.


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