Regreso en un auto con dos jóvenes profesores que apenas y conozco. Es tarde y estoy cansado. Luego de un largo día dando clases, hablando, escuchando y atendiendo a tantos alumnos, reconozco que no soy el mejor conversador. De repente, uno de aquellos maestros, quien conduce el auto, suelta como si nada: “Pero, seguro no los haces leer Aura, ¿verdad?”. Al inicio no sé qué contestar, ¿qué se contesta ante ese tipo de preguntas? No advierto, a primera vista, un afán por molestar, sino más bien la impertinencia de quien desea la camaradería del extraño con una burla en común. Digo cualquier cosa y salgo al paso.
Pasan los días y medito sobre lo ocurrido. ¿Qué tiene de malo leer Aura en la preparatoria?, me pregunto. Él no lo sabe (¿cómo podría saberlo?), pero aquella lectura que fue el epítome de la lección escolar, aburrida y tediosa, ni siquiera aparecía como una vaga referencia en la mente de mis alumnos. Fui yo el primero de quien oyeron ese título y ese autor, a pesar de que ya casi terminan la preparatoria. Antes era sólo una categoría vacía, sin significado, una extraña combinación de palabras que ni siquiera creían posibles. Lo sé, porque también lo fue para mí durante mucho tiempo.
“Aura y Las batallas en el desierto son esas novelas que a uno le dejan leer en la secundaria”, he oído decir mil veces. Lo cierto es que, al igual que mis alumnos, durante mi pubertad yo nunca tuve que leer estas novelas tan “ampliamente conocidas”. Sólo cuando las busqué, años más tarde, por voluntad propia o por mera casualidad, fue que también me enteré de esta opinión generalizada.
Ocurre que, como en tantas otras cosas, muchos creen tener una opinión válida e informada sobre lo que deberían leer los adolescentes en secundaria y preparatoria. Confieso que a veces me gustaría tener la seguridad de esas personas, porque a pesar de tener algunos años como lector y unos pocos menos como profesor, no me siento capaz de dar con la respuesta correcta, la lista definitiva e infalible de lecturas que funcionarían en un salón de clases.
En su mayoría, las personas que se acercan a recomendar, o que opinan públicamente sobre este tema, no tienen otro fundamento que su experiencia personalísima, cuando no subestiman las capacidades de un adolescente. No hay un argumento “científico”, “didáctico” o “sociológico” que avale su opinión, sino solamente la intuición que da el empirismo. Y en principio esto no parece del todo mal, porque al final la literatura nunca ha sido una ciencia, ni mucho menos una materia que se acople correctamente a los estrechos moldes de una disciplina y sus métodos. Sin embargo, los problemas vienen cuando llevamos mucho de nosotros mismos a un salón de clases, y, quizá mucho peor, cuando lo llevamos y ni siquiera somos conscientes de que lo hacemos.
Hace algún tiempo un joven profesor compartió en redes sociales la lista de lecturas que revisaría en su curso de Literatura Mexicana e Iberoamericana a nivel bachillerato. Se trataba, en su mayoría, de escritoras y escritores mexicanos y argentinos que publicaron desde inicios de los años 2000 a la fecha. Los amigos y conocidos del profesor aplaudían la lista de nombres y hasta envidiaban a sus alumnos por tener la oportunidad de ver estas obras en un salón de clases. Pocos, creo yo, se detuvieron a pensar que no se trataba de algún curso especializado a nivel licenciatura o posgrado, sino quizá del primer y único acercamiento que los jóvenes adolescentes de preparatoria tendrían con la literatura de Latinoamérica, el cual oficialmente debe abarcar mucho más de lo que se propuso este docente.
Como en cualquier lista, la elección de ciertos nombres y títulos excluye a otros. Pero, en el caso de los niveles de educación básica y media superior, no funciona del mismo modo. No se puede “excluir” algo que ni siquiera existe en el imaginario de un lector. En realidad, la lista se transforma en el único parámetro y punto de comparación, la extensión completa del mundo literario y única cartografía mediante la cual tantear nuevas exploraciones a sus fronteras.
Muchos, al igual que este profesor entusiasta de las novedades, son de la idea de terminar con el terrible canon, que tantos males ha traído durante años a la literatura en español, para ello encuentran como solución obvia la sustitución y, en consecuencia, la construcción de un nuevo imaginario, formado éste por “nombres recientes”, “voces excluidas” y “nuevas propuestas”. Al hacerlo, volvemos a la misma encrucijada: ¿recientes en comparación con qué?, ¿excluidas respecto a qué?, ¿nuevo en oposición a qué? La panorámica se queda incompleta. Eso sin considerar que, quizá sin saberlo, no han escapado del temible canon, porque desde el momento en que han llevado a un autor, a una obra o a un género literario a un salón de clases, dentro de un estrecho plan de estudios obligatorio, en una institución con horario escolar, están construyendo un nuevo y reluciente canon, contra el cual más de un estudiante buscará revelarse, tal como ellos lo hicieron.
Sin lugar a dudas, la hegemonía del campo literario ha sido un fenómeno que silenciosamente ha moldeado la forma en que leemos y que pocas veces se ha señalado de manera explícita. Es cierto que cada generación ha ostentado los nombres y títulos imprescindibles para la literatura, los “clásicos” que debían revisarse en un salón de clases y, en consecuencia, todos los alumnos debían conocer. Incluso hoy es casi imposible escapar de esta práctica. La nueva política anti-canon sólo ha logrado intercambiar algunos lugares, pero siempre desde la misma perspectiva de dominio y exclusión de ciertos grupos sobre otros.
Decir no a las obras “canónicas” de la literatura mexicana e iberoamericana no sólo implica arrebatar una hegemonía que, es verdad, quizá no debió durar tanto tiempo en las aulas; sino, en este caso, también supone perder parte de nuestra memoria y cultura colectivas. Los límites de nuestra experiencia individual nos impiden ver que eso que creemos canónico, obsoleto, institucionalizado, hegemónico y contrario a nuestros actuales valores ni siquiera existe en la mente de los nuevos lectores, porque como docentes les hemos quitado su derecho a conocerlo.
Más que la sustitución y la negación, creo yo que deberíamos optar por una política de la inclusión, ensanchar la panorámica, obligar a coexistir obras y autores improbables, marcar contrastes y diferencias, pero también permitir a los alumnos construir un juicio propio. Hay que tomar consciencia de nuestras decisiones y conocer a fondo sus consecuencias, porque a partir de ellas un grupo nuevo de lectores establecerá un vínculo con algo tan complejo y multiforme como la literatura.
He de decir que siempre es grata la sorpresa que da encontrarse con opiniones nuevas sobre textos que creíamos agotados. Una mente libre de prejuicios no ve en las novelas, cuentos, poemas y ensayos las tensiones de grupos de poder, los problemas de dominio, los conflictos de interés o los estrechos marcos interpretativos de una teoría literaria. “Se trata de un narrador obsesivo, describe todo, hasta el más absoluto detalle, como si estuviera loco”, opinó un alumno sobre Aura de Carlos Fuentes. Él no lo sabía, pero estaba describiendo a la perfección la estética de la nueva novela francesa de la cual se nutrió Fuentes durante los años sesenta, un aspecto poco trabajado por la crítica especializada. “Carlitos no tiene la culpa, él es un niño y no hizo nada malo. Los culpables son los adultos; en realidad él sería la víctima”, dijo con total confianza una alumna sobre Las batallas en el desierto y yo cobré conciencia de que no recuerdo una sola lectura crítica propuesta desde este horizonte interpretativo.
Pero es verdad que también es necesario incluir un poco del presente en nuestras discusiones. Revisar una semana los cuentos fantásticos de Jorge Luis Borges y otra clase los de Mariana Enriquez. Leer Vrbe, de Maples Arce, pero también problematizar nuestra relación con la naturaleza a partir de Persona no humana, de Beatriz Pérez Pereda. Provechoso, también, es leer clásicos como El laberinto de la soledad y libros no tan conocidos como el Itinerario contemplativo de Francisco Monterde o Destierro de Jaime Torres Bodet. Analizar y discutir no desde la imposición de una lista sino desde la propuesta, de las innovaciones introducidas, del contexto coyuntural, de la trascendencia de una estética. Dar argumentos claros de por qué leemos esto que leemos.
Lindo peligrosamente el lugar común, pero hay veces que resulta más que apropiado: quien olvida el pasado un día se levantará creyendo firmemente que ha descubierto el mar Mediterráneo.
Tlalpan, febrero de 2026

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