¿Qué tienen en común Neil Gaiman, Alice Munro, Juan José Arreola, Simone de Beauvoir, Octavio Paz y Pablo Neruda? Ellos —y muchos otros escritores— han cometido actos de violencia sexual, intelectual, económica y/o han sido cómplices del silencio o la revictimización de mujeres y/o infancias. En tiempos como los nuestros, en los que la polarización entre la cultura de la cancelación y el llamamiento a separar al arte del artista son constantes, considero relevante plantearnos las posibilidades teóricas que hay. Ambas posturas parten de un supuesto muy distinto: en la cancelación, el receptor ostenta el poder para juzgar a un artista y determinar la validez de su obra en contraste con sus actos; en la separación de la obra del artista, se aboga por la apreciación del arte por el arte mismo, aislado del sujeto creador y, como consecuencia, del contexto en el que nace la obra.
Mencionaré algunos eventos, circunstancias y herramientas teóricas que servirán para proponer un ángulo a este dilema.
Teoría literaria: autor-texto-lector
a) La envestidura del texto
En 1960, Hans-Georg Gadamer proponía que la actualización o concretización de un texto se daba mediante la “fusión de horizontes”. Para él, los horizontes eran, en breve, los contextos: predisposiciones, cultura y tradición. Proponía que cada elemento de lo que el llamaba la tríada de concretización —autor, texto y lector— poseía un horizonte específico: el autor escribe de acuerdo con el contexto que le ha formado a lo largo de los años; a su vez, el texto posee su propio horizonte, constituido por el contexto histórico, social, cultural y los prejuicios —literarios, morales etc.— que existen en la sociedad; finalmente, el lector se aproxima al texto con su propio horizonte. Por ejemplo, Neruda nació en 1904; su libro Confieso que he vivido salió publicado en 1974; sin embargo, la concretización o actualización de la obra sigue sucediendo; apenas en 2018, Mark Eisner habla del pasaje de Confieso… en el que Neruda narra haber violado a una empleada doméstica. Tuvieron que pasar 44 años para que el horizonte del autor, el texto y los lectores difirieran lo suficiente entre ellos y pudiéramos reconocer la atrocidad del poeta.
b) La muerte del autor
Roland Barthes escribió en 1968 “La muerte del autor”, en la cual propone que la escritura “es la destrucción de toda voz, de todo origen”: lo que dice un texto no necesariamente lo dice quien lo escribe ni el narrador ni el personaje, sino que estas voces se desdibujan para dar paso a una más importante, la voz del lector. Sí, se trata de ignorar la intención del autor, pero, también, darle un espacio vital a la realización de quien lee, con lo que se acerca al fundamento principal de la teoría de la recepción. Dice Barthes:
De esta manera se desvela el sentido total de la escritura: un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, un cuestionamiento; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura.
c) Del cuasi-omnipotente lector
Ahora, ¿por qué es importante recalcar la posición del lector frente al texto? Un año antes de que Barthes señalara la muerte del autor y la relevancia de quien lee, Hans Robert Jauss, uno de los pilares en la estética de la recepción, habló de esa misma importancia, de cómo los planes de los lectores podían afectar de una u otra manera la interpretación o realización de un texto: “El lector empieza a entender la nueva obra o extranjera [o desconocida] en la medida en que, recibiendo las orientaciones previas . . . que acompañan al texto, construye el horizonte de expectativas intraliterario”.
Así, pareciera que tenemos dos argumentos teóricos a favor de la separación entre la obra y el creador: la intencionalidad del autor y los acercamientos biográficos parecen superados, con lo que el poder se concentra en los lectores: ¿qué pasa si yo, como lector, quiero separar conscientemente la obra del creador?
Por otro lado, en 1970, Wolfgang Iser proponía que había una estructura en los intersticios de cada texto que delimitaba las posibilidades de interpretación y significación. Es decir, no se puede entender o interpretar nada que el texto no te posibilite para entender o interpretar. En 1976, Iser mismo retomaría los horizontes de expectativas de Jauss —que él retomó de la hermenéutica de Gadamer— y ampliaría el umbral de planes que el lector podía introducir en la lectura:
la obra literaria no es exclusivamente idéntica ni con el texto ni con su concretización, debido a que aquélla gana vida sólo en la concretización y ésta, a su vez, no es totalmente libre de los planes que el lector introduce en ella, aun cuando tales planes sean activados bajo las condiciones del texto. Allí, pues, donde el texto y el lector convergen, se halla el lugar de la obra literaria y éste tiene forzosamente un carácter virtual.
Los prejuicios o predisposiciones son tan amplias que pueden incorporar una multitud de cosas extraliterarias. Cabe recordar también que la obra no es un circuito cerrado, pues alimenta a la cultura, a la sociedad y, a la vez, se alimenta de estas para su concretización. Una muestra de ello es, precisamente, que siguen existiendo aproximaciones biográficas a textos literarios.
d) De la transtextualidad
Seis y once años después respectivamente, en sus trabajos Palimpsestos (1982) y Umbrales (1987), Génette propuso una explicación y cierta terminología para los textos que rodean a otros; es decir, analiza las relaciones parentales entre obras para determinar influencias, derivaciones, menciones, etc. Como Génette señala, “el texto raramente se presenta desnudo, sin el refuerzo y el acompañamiento de un cierto número de producciones . . . [que] lo rodean y lo prolongan precisamente . . . por darle presencia, por asegurar su existencia en el mundo, su ‘recepción’ y su consumación”. En Palimpsestos, Génette habla de varias relaciones de transtextualidad, entre las cuales se encuentran los peritextos: se sitúan alrededor del texto, como prólogos, introducciones, y demás. Si en algún prólogo de un libro de Munro mencionaran que ignoró a su hija cuando le confesó que su padrastro la abusaba, ese prólogo sería un peritexto.
En breve, estas informaciones de transtextualidad también pueden formar parte de las predisposiciones del lector al acercarse a un texto.
La aproximación desde la sociología
Así como el texto no se presenta desnudo ante nosotros, nosotros no nos presentamos desnudos ante él; tenemos predisposiciones, prejuicios, aprendizajes y una infinidad de cargas culturales que nos sugieren cómo aproximarnos a la obra —“yo soy yo y mi circunstancia”, Ortega y Gasset dixit—. Ahora bien, ¿podemos obligarnos a olvidar que un hombre abusó de al menos cinco mujeres para aproximarnos a su obra sin ninguna clase de escrúpulo? No. Al menos desde el punto de vista teórico, al conocer esta información, cabe la posibilidad de que modifique la forma en la cual entendemos el texto. Separar la obra del autor sería, a su vez, negar que todo lo que es o fue esa persona le permitió escribir su obra, su contexto, su propio horizonte.
El arte y la sociedad no son rubros separados, sino que se encuentran intercomunicadas y una permite la existencia de la otra tal como es. Haber creado obras grandiosas no exime de las violencias que alguien haya cometido; las violencias que alguien ha cometido no restan valor a su obra. Ambas, de alguna manera, se explican entre ellas, sin ser estricta y exclusivamente causa la una de la otra. En ese sentido, a las únicas personas a las cuales les beneficia que se separen las obras de los crímenes es a quienes los perpetran y causa una ilusión de igualdad entre quienes solapan sus acciones. Como menciona Freire, “casi siempre . . . los oprimidos, en vez de buscar su liberación, tienden a convertirse en opresores o subopresores . . . Su ideal es ser humanos, pero, para ellos, ‘ser humanos’ es volverse un opresor. Este es su modelo de humanidad”.
En lo tocante a Freire y en general a la pedagogía, no se trata de negar la grandeza de una obra escrita por un abusador, sino de darle mayor peso a la mediación lectora —entendido como sugiere Vygotsky: el fomento a la lectura y el acompañamiento para el aprendizaje sociocrítico— para no enviar un mensaje equivocado y no promover que la violencia es excusable si tienes cierto capital económico, cultural o simbólico —acumulación de capital económico, cultural y social que se convierte en prestigio y poder legitimado, según Bourdieu—.
La batalla entre la cancelación y la separación de la obra y el artista por la que se aboga actualmente parece jugarse más allá del ámbito estrictamente teórico de la literatura, incluso si quienes promueven el distanciamiento entre creador y obra mencionan la muerte del autor. Desde mi punto de vista, este dilema entra más bien en el ámbito político, cultural y moral. ¿Cómo me ayudo a ignorar en aras de obtener un beneficio, ya sea intelectual, económico o de conciencia —real o imaginado—? No se trata tampoco de apelar a la culpa, sino de invitar a la reflexión de las maneras en que afrontamos una situación moral con tal de hacer nuestra existencia más transitable. No es cuestión de señalarnos, porque en el fondo somos accidentes y sirvientes de una maquinaria mucho más grande que nosotros, como han señalado Freire, Grasmci, Bauman, entre otros teóricos, sociólogos y filósofos —tampoco soy partidario de la inacción, a veces es necesario actuar distinto para aligerarnos la existencia en un sentido diferente al hedonista—.
Más allá de separar la obra del artista, quizá valdría la pena preguntarnos, en el caso de los creadores vivos, si queremos darle publicidad y dinero a una persona que ha abusado de otras cuando contamos con más posibilidades. ¿Qué pasa si compramos ese libro de segunda manoo lo leemos en PDF si no queremos negarnos su obra? Ignorar le funciona más al que esgrime el capital —cultural, social o económico— que a quienes apoyan a dichos individuos o empresas. Ellos siguen prevaleciendo en nuestros hábitos de consumo porque nosotros se los permitimos mediante la ilusión de estar obteniendo algo a cambio. Es decir, ayudamos a perpetuar un status quo a quien lo que menos le interesa somos nosotros.
En ese sentido, me parece que el capitalismo voraz y la sociedad líquida han tenido al menos dos victorias enormes en nosotros. En primer lugar, nos ha cercenado la empatía mediante la alienación enorme en la que vivimos pese a la posibilidad más sencilla que nunca de conectarnos con el otro. El ruido mediático nos ha insensibilizado de tal manera que las noticias se han vuelto silencio. Nos ha hecho creernos indefensos como sociedad; como señala Seligson en Indefensión, pero hablando acerca del individuo, en el cual las personas sometidas a opresión tienden a volverse pasivas, desesperanzadas, resignadas; aunque el oprimido tenga una posibilidad de escape, no lo intenta. No entro a detalle en cuestionar por qué estamos más dispuestos a creerle a los violentadores y a dudar de las víctimas, sean una, cinco, veinte o cien, porque ya hay aproximaciones feministas interesantes que hablan al respecto y están a una googleada de distancia. Mi postura personal es, como las feministas han propuesto, que prefiero haber creído a una posible víctima, tragarme mis palabras y pedir disculpas o resarcirme, que creerle a alguien que posiblemente haya violado o violentado a otra persona.
En segunda instancia, nos ha guiado para responsabilizar a la persona de a pie por los males del mundo, como señala Freire en su Pedagogía del oprimido: nos enfrenta como estrategia para perpetuar el orden. En realidad, solo somos una pequeña parte de este enorme engranaje que no solo posibilita, sino que premia la normalización de la violencia y el enfrentamiento entre oprimidos e, incluso, la inmovilidad por miedo a perder el nivel de vida y privilegios —muchos, pocos, reales o imaginarios—, esos que los hacen ser quienes son —ver The wretched of the earth, de Frantz Fanon y El sentido práctico de Bourdieu—; es decir, difícilmente alguien tomará una decisión moral que vaya en contra de su propio capital simbólico y de la sociedad que lo valida. Eso haría tambalear su identidad, ante sí y ante los otros.
A lo largo de esta diatriba he buscado explicar mi postura mediante una serie de referencias teóricas en cuanto a la literatura y la sociología. Desde mi punto de vista, ningún objeto o tesoro cultural debería ponerse por encima del dolor de una persona, aunque entiendo las condiciones sociales que nos han llevado a la deshumanización del otro. Así, no demonizo la lectura de obras escritas por violentadores; pero en el ámbito privado cuando una obra publicada por alguien así llama mi atención, hago el siguiente ejercicio: me pregunto si quien escribió el libro está con vida y puede obtener regalías; si la respuesta es sí, me cuestiono si realmente me estaría perdiendo de algo al no leer esa obra; si la respuesta es sí y realmente quiero leer el texto, acudo a un PDF, un ebook o a un libro de segunda mano.
Creo que tiene cierto valor reflexivo y es un ejercicio crítico importante entender y asumir las consecuencias de las decisiones que tomamos, porque eso nos acerca un poco más a la libertad. Como menciona Freire:
Los oprimidos, habiendo internalizado la imagen del opresor y adoptado sus directrices, tienen miedo de la libertad. La libertad requeriría expulsar esta imagen y reemplazarla con autonomía y responsabilidad. La libertad se adquiere por conquista, no por regalo. Debe ser perseguida constantemente y responsablemente. La libertad no es un ideal localizado afuera del humano ni es una idea que se convierte en mito. Es más bien la condición indispensable para la búsqueda de la compleción humana.
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