Narrativa | A escondidas | Sandra Luján Orsatti

—¿La dejás venir? No tenemos dónde dejarla este fin de semana.

La voz de la hermana de Marcela sonaba cansada. Marcela dudó apenas un segundo.

—Sí, claro. Que venga.

Eran las seis de la tarde de un viernes cuando Abril, su sobrina de quince años, tocó el timbre. Venía con una mochila, auriculares colgando y ese gesto típico de adolescente: distante, pero atenta.

Victoria estaba en la cocina, picando cebolla.

—¿Ya llegó?

—Sí. ¿Mejor que durmamos separadas? —preguntó Marcela, bajito.

Victoria se detuvo. Su mirada fue rápida, sin juicio, pero dolida.

—Hacé lo que necesites —dijo, y siguió cocinando.

Vivían juntas hacía ocho años. Habían pasado de compartir un departamento de estudiantes a construir una rutina sólida, casi silenciosa. Cenas en el balcón, peleas por quién pagaba el gas, viajes cortos en colectivo para cambiar de aire. Nadie en la familia de Marcela lo sabía con certeza, aunque muchas sospechas flotaban entre comentarios y silencios incómodos.

Esa noche, Abril se quedó mirando una foto sobre el aparador: las dos en Mendoza, abrazadas.

—¿Ustedes son…?

Marcela se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Pareja, digo.

Victoria levantó la vista desde la sartén.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó Marcela.

—Nadie. Solo… me pareció. Igual, si no quieren decirme, todo bien.

Hubo un silencio largo. Se escuchaba el burbujeo del aceite.

—Somos pareja —dijo Victoria—. Desde hace bastante.

Abril asintió, sin sorpresa.

—Está bien. No sé por qué no me lo dijeron antes.

—Porque no es tan fácil —murmuró Marcela—. Hay cosas que todavía… nos cuestan.

Abril no respondió. Se sirvió una Coca, se sentó a la mesa.

—¿La tortilla es con cebolla?

—Sí —respondió Victoria—. Como debe ser.

Las tres rieron.

Durante ese fin de semana, todo fue más liviano. Abril habló de su escuela, mostró fotos, criticó a su profesora de biología. Marcela y Victoria se relajaron, cocinaron juntas, se miraron más de lo habitual.

La última noche, Abril las abrazó antes de irse.

—Gracias por todo. Y por confiar.

Victoria la acompañó hasta la puerta. Cuando volvió, Marcela estaba parada junto al ventanal, mirando hacia la calle.

—Nunca lo dije en voz alta —dijo ella—. Ni siquiera a mí misma.

—Ya era hora —respondió Victoria, tomándola de la mano.

Esa noche durmieron en la misma cama, como siempre, pero algo había cambiado. No en ellas. En el mundo que las rodeaba. En esa grieta abierta por una adolescente que, con su naturalidad, había hecho más que años de autocensura.

Desde entonces, la foto en el aparador tiene un marco nuevo.

Y a su lado una compañera que llegó semanas después : las tres, en la plaza, tomando helado, como cualquier familia.


Sandra Orsatti, profesora argentina de Lengua y Literatura. Publicó la antología de cuentos extraños y fantásticos Bruma Marsureña. Participó en las antologías colectivas Aventuras de la imaginación (Editorial Artheli) y Tejido vivo con la Agrupación de Escritores Olavarrienses. Publica también en Writer Avenue, finalista en varias convocatorias nacionales e internacionales.


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