Cuento | Una tú, una yo, por Carlos Omar de la Cruz Moreno

Hizo todo lo posible por alcanzar el cerrojo de la puerta… no lo logró y las llamas abrasaron su cuerpo. Al principio no sintió nada, como si en vez de ser él quien se consumía por el fuego, tan sólo fuera un espectador en una de esas sucias salas de sesión continua. Luego, el dolor se posesionó con tal brutalidad que Josemi tardó menos de un minuto en perder la conciencia y poco más en morir.

Los titulares de los diarios, la televisión y todos los medios de difusión se colmaron con aquel desafortunado incendio de una nave industrial, enfatizando la lamentable muerte de un guardia de seguridad, un anónimo individuo cuyo nombre dio la vuelta al territorio nacional, a quien se mostró como una víctima más de la explotación laboral. Mira que morir encerrado, sin la menor posibilidad de escapar. También le tocó lo suyo a los servicios de emergencia, cuya intervención fue falta de diligencia, no por voluntad, sino por el tráfico de la zona, aunque claro, con el propósito de encontrar culpables, a los reporteros no les importaron esos detalles.  

Dana despertó a causa de una arcada. Sin darle oportunidad de incorporarse por completo, el vómito se esparció, manchando su ropa, la cama y el piso. El ácido olor invadió el sucio y descuidado cuarto del motel y el dolor de cabeza se hizo más intenso, sin ir más allá de su nuca. Con los ojos cerrados se desplomó en la cama y permaneció así por varias horas.

La tarde caía cuando por fin Dana se levantó. La pantalla de su celular permanecía oscura. Tras varios intentos de encenderlo, se convenció de que no tenía carga. Lo enchufó y con impaciencia dejó correr algunos minutos. Con premura, caminaba entre la ventana y el umbral de la puerta. La calle, desierta y silenciosa, no ofrecía nada de interés. Sin apenas alcanzar el 15% de carga —como el necio de su padre siempre le repetía—, encendió el celular, se sorprendió al descubrir que habían transcurrido un par de días ¡Dos días sumida en la inconciencia! Con gesto de asco miró la cama, seguro que hasta se habría meado encima… Un intenso vértigo amenazó con hacerla caer; en un intento de calmarse, quiso respirar profundamente y el dolor en la espalda le recordó que estuvo a punto de sucumbir por culpa del humo.

Tambaleante, se metió al baño. El espejo le devolvió la imagen de un rostro maltratado. Un gran hematoma adornaba su mejilla derecha matizándose con la negrura de las ojeras. Se bañó y salió. Codujo su coche por la nacional 634. Era un largo recorrido, pero aquel motel perdido en la carretera le ofrecía muchas opciones de escape. Aminoró la velocidad al acercarse al centro y se estacionó. Desde ahí caminó sin un rumbo definido. Siempre le gustó perderse de noche por las calles de la ciudad. No conocía Bilbao, pero le resultó grato, además, aunque las luces de neón eran escasas, la aliviaron un poco, recordándole buenos tiempos. Descubrió, con cierta alegría, que su estómago clamaba por alimento “si hay hambre, hay vida”, pensó y se metió en un pequeño bar poco concurrido. Se sentó en un extremo de la barra y tras beberse de un par de tragos, una helada botellita de Mahou, devoró algunos embutidos, tortilla y frituras. Para la segundo botella, estaba completamente saciada y fue entonces cuando volvió abruptamente a la realidad.

Un periódico, con evidentes muestras de haber pasado por muchas manos, mostraba una foto de quien en vida fuera un responsable y ejemplar guardia de seguridad, cuyo trágico final en un incendio accidental dejó a una madre rota. Según narraba un entusiasta reportero, el fallo eléctrico de la nave fue la causa y la empresa terminó el proceso legal con una jugosa indemnización. Dana sonrió. Buscó en su celular las noticias del día del incidente, todas señalaban información similar. Se pidió un gin tonic y lo bebió sin dejar de sonreír.            

Los medios de comunicación, tras la resolución legal, se olvidaron de Josemi, su muerte en aquel incendio, irónicamente, fue una llamarada utilizada con fines comerciales. Dana se había planteado mudarse a Portugal. Lisboa le parecía poseedora de cierto aire decante que a ella le atraía. Luego lo pensó mejor. Ya antes había tenido que dejar todo atrás y fue así que se trasladó a Bilbao. Y como no había ningún rastro que la ligara con el “accidente”, ¿para qué marcharse? Este era también un buen lugar, no volvería al motel, ni a ese ni a ninguno de aquellos en que se alojó durante el último mes. Se buscaría un departamento cercano al río para pasear al atardecer, incluso hasta podría inscribirse en la Universidad de Deusto. Después de todo, ella no mató a aquel hombre, ¡claro que no! Dana tan sólo lo drogó y vertió agua en la caja de fusibles, lo demás ya fue cosa del destino. Se rió atrayendo la mirada del camarero y algunas personas más. Dejó un billete en la barra y salió del lugar. Después de todo, se podía decir que ella y Josemi estaban a mano, considerando que él la violó un año antes.


Carlos Omar De la Cruz Moreno. Nació el 08 de noviembre de 1976. Doctorado en ciencias veterinarias por la Universidad Complutense de Madrid, profesor universitario de profesión y escritor de textos científicos. Vivió algunos años en España, retornando a su ciudad natal: Tepic, en Nayarit. México. Amante de los viajes, el café, el rock y los libros (especialmente de terror y ciencia ficción). Musico amateur y, a finales de 2020 comenzó a escribir historias, la mayoría para sus hijos, incursionando en diversos géneros como fantasía, thriller y policiaco.

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