Allí estaba Johann, el que sonido era y en música se convertía. Allí estaba él, solo, aguardando lo único certero. Entre penumbras repetía su cadencia: “Si, La, Ut, Sol”. Su ronca voz la percibía su esposa desde fuera de la habitación. “Aún quiere componer”, pensó. El reloj marcó la media noche, hora maldita que indicaba…
