El balón de futbol choca con el muro de ladrillos tan fuerte que, si pudiéramos verlo en cámara lenta, veríamos al esférico perder su forma, al mismo tiempo que, una capa de polvo se desprende y rodea al objeto fugazmente. El rebote lo recibe una rodilla raspada, sin sangre, tampoco cicatrizada, tostada por el sol y poblada de moretones. El movimiento es el mismo, el balón obedece el curso que la pierna derecha le marca. Cuando rebota sobre el piso caliente la tierra ayuda a maquillar la herida. Poco a poco las piernas y la ropa van cambiando de color.
Julián, te dije que le ayudaras a Luci a regar las plantas. Cada golpe contra el muro es preciso, siempre dentro del mismo margen, como si el objetivo fuera hacer un boquete en la pared de tanto atinarle a los mismos ladrillos flacos y descoloridos. Julián, no lo voy a repetir otra vez. Hay una pausa. El balón no vuelve al muro, un rebote lo lleva a la rodilla y permanece ahí en suspenso. Despacio, como si fuera algo que puede quebrase, la pierna lo deja caer sobre las agujetas azules, haciendo una cuna, el zapato descosido lo sostiene por unos segundos hasta empujarlo con fuerza hacia el cielo. El esférico se eleva y brilla, casi tanto como si fuera el sol de un pequeño sistema solar. Ring, ring. ¡Yo contesto! Ring, Ring. El balón cae y rebota sobre la tierra caliente, las partículas de polvo flotan suspendidas en el aire. Al mismo tiempo, las agujetas azules desabrochadas se agitan como los muñecos tubulares llenos de aire que se mueven sin control en las gasolineras y las tiendas de remate. Ring, ring. Bueno. Bueno. ¡Es papá! ¿Qué están haciendo? Mamá está lavando, Daniela está con Lore, yo voy a ayudar a Luci a regar las plantas. ¿Y donde está Morena? En la escuela. Unas sandalias rojas chorreando agua se acercan con prisa a las patas de la mesita de noche que sostiene el teléfono. ¿Ya mero vas a venir? No sé todavía. El olor a jabón en polvo se esparce como vapor en la habitación. Las sandalias se detienen justo a un lado de los cordones sueltos. Hola, viejo, ¿cómo estás? Las agujetas se arrastran sobre las huellas que dejaron las sandalias mojadas sobre el piso. Otro par de zapatos pequeños se asoma a la habitación, en el marco de la puerta se levantan de puntitas ¿Es papá? Sí, está hablando con mamá, ¿vas a saludarlo? No. Los pequeños zapatos se van dando saltitos.
Las agujetas azules cruzan el patio. Empanizadas de polvo comienzan a chocar con los escalones de cemento. Uno. Dos. Tres. Un perro ladra del otro lado de la barda. Cuatro. Cinco. Seis. Una delgada nube oculta el sol. Gotas de sudor caen sobre el cemento, poco a poco los escalones tienen tantos lunares como Julián. Siete. Ocho. Nueve. Las agujetas ya no son azules, son más bien cafés y un poco más gruesas de tanta tierra que tienen pegada. Diez. Once. Doce. Luci, es papá, por si quieres ir a saludarlo. Un par de chancletas mojadas se abren paso entre las macetas de colores. Yo termino de regarlas. Gracias, Julito, amárrate esas agujetas. Las agujetas se quedan quietas, como una persona que no sabe nadar cuando mira el mar. Clap. Clap. Clap. Las chancletas bajan las escaleras. Las agujetas se arrastran de nuevo hasta la cubeta blanca. El agua que no cae sobre la tierra de las plantas moja los zapatos y sirve para que el azul de los cordones pueda verse de nuevo.

Stephanie Alcantar. Doctora en Literatura y Lenguas Romances por la Universidad de Cincinnati, donde se desempeña como catedrática de lengua y cultura en el campus de Clermont. Entre otros, ha publicado El orden del infinito (2012; Premio de Ensayo Pilar Alanis) Teoría del olvido (2011; Mantis) y Coreografía del miedo (2015; Tierra Adentro).


